2 de mayo de 2013

Corro, ¿luego huyo? (2)

Corro, ¿luego huyo? (2)
José Antonio Luengo

Vengo de correr ahora mismo. Me acabo de duchar, impaciente por ponerme a escribir sobre el mismo hecho de correr, de salir corriendo, de ponerte las zapatillas, el pantalón corto y la camiseta y marcharte, irte, por ahí. Solo. Sin música. Escuchando y escuchándote. Sin más. Lo que surge.

Me siento, ahora, recién duchado, con un vinito al lado, deseoso de poner orden a las cosas que han venido a mi mente, las ideas surgidas, el recorrido mental vivido. Una hora. Diez kilómetros más o menos. Sin forzar demasiado. Las piernas van solas, especialmente cuando la mente fluye rápida, ágil, sencilla, juguetona. Hoy se movía así. Dejándote ir, como quien hace otra cosa, como quien mira hacia el infinito, como quien se sienta frente al mar y, simplemente, está. Sin más. Qué más da dónde. Está. Físicamente ahí. Mentalmente, ¡véte a saber!


Hace unos meses escribí la primera parte (*) de este breve relato sobre las complejas relaciones entre el acto de correr, habitualmente, y alguna derivada suya, relacionada al parecer con la necesidad de huir o escaparse de cosas, personas, ideas, miedos, desesperanzas... Hoy escribo otra vez, curioso incluso por ver cómo voy a explicar lo que intento contar. Lo surgido mientras corría, una tarde estupenda para hacerlo, sin frío ni calor, sin viento que sortear; sin grandes cuitas en la cabeza. Las normales, las de todo el mundo, entiendo.

Tengo una amiga de Cádiz, exalumna, andaluza por los cuatro costados. Suele contarme sus cosas, de vez en cuando. No todo le va bien en este momento. Pero me habla con tranquilidad. Sin miedo. Sin miedos. Se sienta y habla, mirando a los ojos. Con el corazón abierto. Un corazón grande, enorme, que busca su espacio, y lucha por ello. Espacio para estar, construirse cada día, con la verdad por delante, sin telarañas ni rebabas. Franca, desea crecer, con esfuerzo, y dudas; claro, con dudas e incertidumbres. Y desasosiegos. Busca en su interior y cuenta, habla, de lo que no le gusta de sí. Aquéllo que elimiaría, si pudiera, de su mente, más que de su corazón. Porque éste, el corazón, es limpio como pocos. Imagino que ya ha llegado a odiarme. Porque siempre, siempre, le pido, le imploro, casi, que, en los momentos malos, corra. Que se calce, vista y corra. Que se cuelgue los cascos de música y salga a trotar, poco a poco. Muy poco a poco al principio. Casi sin sentir. Andar rápido casi. Salir, notar tu corazón acelerado. Sentir el sudor en tu piel. El esfuerzo, la disciplina al principio. El hábito, la tranquilidad, la ilusión, las ganas y el deseo, luego.

Correr para pensar, pensarte, le digo. Incluso repensarte. Encontrarte vivo ahí, al lado de quien corre, que, claro, eres tú mismo. Correr, le digo también, es una conversación contigo misma. Que no se da en otro escenario, con tanta intensidad y claridad, como en este. Corre, le repito mil veces. Mil veces le digo, mil la miro, mil la abrazo. Para que corra. Para que vaya. Para que se vaya. Para que se escape. Para que surque mil y un mares mientras suena, ordenado, su corazón. Mientras sueña. Mientras fluye, explícita y lúcida, su mente. Mientras se mece, curiosa y divertida, el alma.

Huir, corriendo, está bien, decía hace unos meses. ¿Por qué va a estar mal? Huir no es de cobardes. Porque, cuando corres, huyes para volver más fuerte. Y vuelves más fuerte.Te escapas. Ese otro que ha corrido contigo, esos otros que te han acompañado, te han hecho más fuerte. Y no es de cobardes porque, sobre todo, cuando corres sabes que vuelves, que vas a volver. Huyes sin hacer daño. Sin herir. Huyes solo. Sin que nadie sepa que lo estás haciendo. Huyes de ti, para acercarte al yo que quieres ser. Ese que te haga huir menos. Buscar menos en otros, en esos otros que piensan mientras tú corres, mientras les prestas el corazón, y tus músculos. Y también tu propia mente. Y, especialmente, tu alma. Esta, el alma, es el argumento por el que huyes, con el que huyes, y con el que te construyes, un poco más cada día.

Correr te hace mejor, creo. Cada día. Porque hermana esfuerzo y disciplina, coraje y convencimiento. Porque nutre el cuerpo. Y la mente. E ilumina el alma. Aire fresco en tus pulmones, en tus venas, en forma de oxígeno vivo que corre y recorre nuestro organismo. Se lanza, brioso, valiente, por nuestro interior. Correr hace incompatible la existencia y la ansiedad. Estar y sufrir. El estrés huye, asustado, inundado casi por el flujo de hormonas que alivian nuestra mente, la tornan ágil, optimista, esponjada, mullida. Y cómoda, por tanto. Nuestra. La reconocemos. Es nuestra. Y nos gusta.

Correr te hace mejor porque abre la mente. Como se abren las ventanas por la mañana, tras una larga y tensa noche de insomio. La torna expansiva, transparente. Fresca y clara. Sin reticencias ni reservas. Y así, despierta nuestra alma, nuestra capacidad para ver en nuestro interior, como si de una película se tratara, es capaz de señalar, con sencillez, nuestros puntos más oscuros. Detalla y localiza nuestros miedos y defectos más significativos. Encuentra nuestro peor lado, el espacio desagradable que habita nuestro interior más sensible. El que habilita y despliega nuestros fallos, los errores que nos definen. Correr te ayuda a mostrarte, a verte, en tu lado menos amable. Hay que querer hacerlo, sí, claro. Porque correr, también, puede protegerte; sabe hacerlo. Correr y no pensar. Ir sin más. Está bien. Pero yo busco ese espacio gris, propio, mío, intrasferible, mientras corro. Mientras corro me veo, la aldo y selecciono aquello que pretendo mejorar. Mis miserias, que las tengo. Mis errores, que los tengo, y cometo. Y no pocas veces, por desgracia. Me veo y veo, al lado. Y escucho el diálogo interior que yo mismo provoco. Un diálogo entre dos, que somos el mismo. Más sincero. Claro. Ese que me permite decir y escuchar, de modo explícito, lo que ordinariamente escondo, o camuflo. O simplemente, soterro. Como si no existiera; para otro día. Otro día será. 

Hoy sí miro, sí quiero. Correr, sin embargo, me permite encarar, arrostrar, hacer frente. Sin miedo. Y con el ánimo de salir, de una vez, de la angostura, de la estrechez de actitudes y conductas que forman parte de mi peor yo. Las veo y escapo, mientras corro y salto al otro lado. Al lado soleado, respetuoso, flexible, elástico, maleable... El lado cariñoso e indulgente. Sonriente y amable. El lado que permite estar de otra manera en la adversidad, en el conflicto, en el dolor. También en el desacuerdo, incluso en el desamor... El que no prejuzga, el que no juzga. El que sonríe y siente paz. 

Hay una condición, ya la he comentado. Hay que querer entrar ahí. Mientras corres. Y siempre dejarte llevar. Cuando te quieres dar cuenta, casi has terminado... De correr

:)

(*) 




3 comentarios:

  1. es precioso todo lo que escribes, jose antonio. me siento como nuevo despues de leer tus reflexiones. gracias, y no cambies nunca. un fan.

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    1. Leer lo que escribes me sonroja. Mil gracias!

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    2. y que no pienses que es por hacerte la pelota sin mas, es que tal como lo siento te lo expreso. Que sigas bien, jose antonio, un abrazo!!!

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