23 de agosto de 2012

Corro… luego ¿huyo?


Corro… luego ¿huyo?

José Antonio Luengo

 Me encanta correr. No recuerdo cuándo se produjo ese momento en el que la actividad se hace casi imprescindible. Adictiva. Siendo niño, adolescente o  joven, hacer deporte, el que fuera, formaba parte de esas cosas que controlan un poco tu vida y la configuran poco a poco. Era, por otro lado, bastante normal en la época o épocas de las que hablo. Estar en la calle, y, en ella, los juegos y deportes colectivos, más o menos organizados, eran formas de diversión, claro, fundamentales; pero, también, delicados y sutiles caminos que, poco a poco, te hacían conocer algún que otro deporte, ordinariamente de grupo, pero no solo, que muchos de nuestras generaciones, más chicos que chicas desgraciadamente, acabamos practicando con bastante asiduidad. Podía ser el fútbol, por supuesto, el baloncesto; pero también el tenis o el atletismo. La calle nos transportaba. A otro universo. Te hacía huir un poco. Porque divertirse, reír, jugar es huir un poco.


El caso es que, sin enrollarme en pasados ya pasados, hacer deporte ha formado parte de mi manera de estar en la vida, de saborearla, en sus ratos libres, con amigos o en solitario, compitiendo o simplemente haciendo, por la satisfacción poderosa de moverse, correr, saltar, reír,  enfadarse, desenfadarse… Y caerse, y ganar; y perder. E irse a casa, a veces, con cara de pocos amigos. Radiante en otras. Abrazándote a tus amigos, con la ropa descolocada, o  hecha un siete. Despeinados, las rodillas sucias y los chorretes de sudor seco en la cara. Unas veces dan y otras las toman.

Moverse, de un lado a otro, no parar. Con los bocadillos en una bolsa. O sin bocadillos. Al campo de fútbol. Echando a pies para hacer los equipos. Rompiendo zapatillas, pantalones… Todo un estilo. Eran otros tiempos. En los que, también, subirse a los árboles, escaparse con las bicis, desear que no llegara nunca el momento en que un hermano tuyo, o tu madre, normalmente ella, te llamara para ir a cenar… Y a dormir. Qué aburrido, por favor.

El caso es que no recuerdo, decía, cuando empecé a correr como actividad especial. La verdad es que da un poco igual. Pero ocurrió. Me da el aire. Coges las zapatillas, te pones en pantalones cortos, una camiseta y a la calle. A veces buscas la compañía de tu MP3 o aparato parecido. A veces, no. Depende de lo que necesites. De lo que te pida el cuerpo. En ocasiones necesitas dejar la mente en blanco. Y la música no siempre acompaña.  Correr te distrae, te atrae. Te atrapa. Captura tu mente. Riza tus silencios. Conecta tus vidas. Las que tienes y deseaste. Las que eres y dejas de ser. Las que no crees ser pero eres. Te lleva a mil sitios. Los que tú quieres. Y los que no. Los que vienen, simplemente. Los que se han ido, los que quieres que vuelvan, los malos, los buenos, los gordos, los flacos, los amargos, los ágiles, los torpes, los lúcidos, los pequeños, los grandes. Los que te abren. Y los que te cierran. Los que suben y bajan; también los que suben… Y no bajan. Y los que se van, para siempre.

Correr te transporta. Tu pensamiento ya no es tu pensamiento, tu alma no es tu alma. Los ves, los miras. Estás fuera. Te alejas, te acercas. Te resultan familiares. Piensas, intentas pensar. ¿Son míos?, te preguntas. ¿Quién es ese? ¿Soy yo? No,  te respondes, Y sigues corriendo. Y pensando. Y tu mente piensa que no eres tú quien piensas, que no eres tú ese que corres. Que no eres tú ese que oye su corazón mientras sus pies golpean acompasadamente el suelo. Porque oyes un corazón, notas su intensidad, creciente, acompasada, pero creciente. Pero no es el tuyo. A veces sí. Y paras de pensar y ves que eres tú el que corre, el que se mueve, el que se está moviendo. Porque dejas de pensar. Y el cuerpo, tu cuerpo te dice, soy yo, ¿no me reconoces? ¿Dónde has estado? ¿Es que no sabes que estás corriendo? Deja ya de pensar y escucha tu corazón, es decir, el mío. ¡Escúchale y siente qué haces, por dónde vas, cuánto te falta!  Y los pensamientos terminan por volver, en un ir y venir; porque es un ir y venir. Tu cuerpo, tu mente, tu reloj interior y tu alma. Conectados, pero mientras piensas. Casi que es otro el que corre. 

Dicen que quien corre no hace sino huir. Huir. De algo, de alguien, de sí mismo a veces. Me parece que tiene razón quienes así se expresan. Correr te permite huir, a veces. Buscas huir y corres. Porque romper con la rutina del día, calzarse las zapatillas y salir, llueva o truene, tiene algo de huir. ¿O no? Podemos decir que no. Miramos hacia otro lado y ya está. No huyo, simplemente corro. Pues vale, muy bien. Si así te sientes a gusto. No huyes. Yo creo que sí. Creo que huyo cada vez que corro. Incluso cuando sueño que corro. Todavía más si sueño que estoy corriendo. 

Huyo de mí, de lo que soy, de lo que seré mañana, de lo que fui ayer y antes de ayer. Huyo de mi yo bueno, prudente; y también de mi yo burlón, arrogante, estúpido. Que también está en mí, mal que me pese. Huyo porque me permite ir a otro sitio, habitar otro cuerpo, otra mente, incluso otra alma. Me voy, me escapo, huyo. Digo adiós. Y me escapo. Y, como por arte de magia, estoy otra vez sin ser yo del todo. El corazón, el mío, bombea y bombea. Salta, rítmicamente. Se viene arriba. Y te lleva a tu otro yo. A tus otros yo.  Esos que existen mientras corres, mientas te deslizas, ligero, entre respiraciones acompasadas, con los ojos mirando al frente, y envuelto en idas y venidas, imágenes, ideas, locuras, razones y sinrazones. Piensas en ti mientras otro te transporta. Huyes, mientras otro te lleva. Usas tu cuerpo como una suerte de vagón que te permite ver paisajes irreales, expansivos, sueltos, resueltos. Paisajes que te acompañan. Los ves y forman parte de ti, de ese que vuela con las piernas y el corazón de otro.

Huir, corriendo, está bien. ¿Por qué va a estar mal? Huir no es de cobardes. Porque, cuando corres, huyes para volver más fuerte. Y vuelves más fuerte.Te escapas. Ese otro que ha corrido contigo, esos otros que te han acompañado, te han hecho más fuerte. Y no es de cobardes porque, sobre todo, cuando corres sabes que vuelves, que vas a volver. Huyes sin hacer daño. Sin herir. Huyes solo. Sin que nadie sepa que lo estás haciendo. Huyes de ti, para acercarte al yo que quieres ser. Ese que te haga huir menos. Buscar menos en otros, en esos otros que piensan mientras tú corres, mientras les prestas el corazón, y tus músculos. Y también tu propia mente. Y, especialmente, tu alma. Esta, el alma, es el argumento por el que huyes, con el que huyes, y con el que te construyes, un poco más cada día.




El peligro no está en huir, como dice la canción, sino en no saber a dónde ir. Corro, luego huyo, un poco. O mucho, a veces

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