12 de septiembre de 2017

Entre paréntesis RNE

Recursos para la elaboración de programas contra el acoso escolar en los centros educativos


El punto de inflexión

José Antonio Luengo

¿Cumplir años le hace a uno estar más sensible con lo que pasa y le pasa en la vida? ¿Le hace estar más atento? ¿Más curioso, tal vez? Pues no lo sé, la verdad. Lo cierto es que transita uno por un momento en que casi cualquier cosa le hace pensar en un buen número de cosas e ideas sobre lo que podría decirse de lo visto o escuchado; de lo leído o vivido. Puede que tenga que ver con la emergencia de cierta suerte de estela, traza, huella  o depósito que van dejando las experiencias que uno vive o vivió… Sin desdeñar las que sabe o conoce de gente cercana, de lo que extrae de una conversación, de una lectura o una película, de algo que le cuentan o percibe casi desde lejos. Creo que sí. Tal vez cumplir años, partiendo ya de un buen número de años[1], te hace merodear en torno a un escenario mental curioso y parlanchín que escruta tu mente, la refresca y, a menudo, la eleva y nutre. La remueve y mueve; a otros planos, desde otras miradas. Diferentes. Y distantes. Divergentes también

Que me perdonen los más jóvenes. Que me perdonen, por favor. Nada más lejos de mi intención que argumentar que para pensar de manera diferente tienes que ponerte a cumplir años como un poseso, casi como si te fuese la vida en ello… Que no, que no es eso. Pienso, no obstante, que ver pasar la vida, superados ya ciertos hitos, ciertos jalones, te hace centrar la atención con más facilidad en el lado lúcido de los hechos, aquel que descubre siempre la mirada secreta de ciertos porqués. Alumbra una especie de lupa que ve con más certeza lo peculiar de cada cosa, de cada escena, de lo que pasa y vemos. Y con más tranquilidad ve también lo relativo que resulta casi todo. Lo cierto, dudoso y falso que hay en cada idea, cada afirmación, en todo hecho, en cada una de las acciones que esculpen nuestra vida y la de quienes están a nuestro lado, más o menos cerca, más o menos integrados, y presentes, en nuestro corazón y mente. Y alma.

Debe ser eso que llaman madurar. Así suena bien. Utilizamos este término para referirnos al proceso que permite crecer, evolucionar, florecer, fructificar…Y se utiliza mucho cuando hablamos de infancia y crecimiento, de desarrollo humano en general. También, y mucho, cuando hablamos de ciertas edades, más avanzadas. Hombres y mujeres maduros. Esos que se encuentran en un estado de casi completa evolución personal, cercanos más bien a que la flor, esa que floreció, acabe por desprenderse poco a poco, cumplida ya su función. O funciones. Bueno, no son incompatibles, ni mucho menos, estas acepciones o lados del concepto.

Así las cosas, no estimo equivocado afirmar que, en edad madura, pongamos desde los cuarenta en adelante (es un suponer), se han visto y experimentado muchas cosas ya. Y la vida, en general, te ha situado, sin perjuicio de los terribles avatares que en ocasiones vuelcan tu existencia, en un estado de cierta estabilidad. Estabilidad de pensamiento, al menos. Vapuleado el espinazo en no pocas ocasiones, curtida el alma por sinsabores, desencuentros, decepciones y tristezas. Pero, y esto es especialmente importante, sazonada también por mil y un momentos mágicos, vividos hace tiempo o hace nada, hoy incluso. Momentos que han iluminado nuestros ojos, han hecho crecer esperanzas, ilusiones y alegrías. Momentos que han granado nuestra vida, la han hecho florecer, pintado y coloreado. Y salpicado de millones de mariposas en el estómago, de sueños diurnos, de sonrisas de corazón abierto. Cuántos buenos momentos. Valdría la pena tenerlos registrados, como quien registra sus posesiones, como quien anota sus movimientos de cuenta corriente. Como quien hace la lista de la compra. Cada día, cada semana…

Y esto, pienso, es algo que debemos, que podemos aprovechar. Antes o después. Antes o después de momentos críticos, esos que te sitúan en cierta encrucijada, en cierto cruce de caminos, de opciones, de perspectivas. Porque la experiencia te debe permitir estar mejor. Y no peor. Porque lo vivido tiene que haberte enseñado. Y tú, claro, debes haber aprendido. A leer las cosas de otra manera, a sopesar, a responder antes que reaccionar sin más.

La vida de un ser humano está sembrada de hitos, de jalones que suelen marcar un antes y un después de éstos. Más o menos significativo en tu vida, pero significativos al fin y al cabo. Ejemplos hay muchos, empezando por el propio nacimiento. Y, con él, el primer susto morrocotudo. La vida parece que se nos va. Acostumbrados a vivir en un mundo acuático, la vida se nos presenta en forma de aire a respirar, así a las bravas. Y la sensación de apnea acaba por permitirnos romper a llorar, sobresaltados por la experiencia de lo nuevo y, claro, en principio, amenazador. Vienen mil momentos críticos con posterioridad. Ser capaces de desplazarnos, primero reptando, gateando luego, de forma bípeda al final. La base de sustentación amplia, piernas abiertas, brazos más abiertos aún. La boca abierta, también, y los ojos, claro. Allá vamos. Y también, por supuesto, los primeros golpes, las primeras costaladas. Y el oportuno llanto, de susto, de alarma, de sobresalto inconsolable… Vendrán luego otros, como la primera separación duradera de los brazos de nuestros padres, el nacimiento de un hermano y el sufrimiento de sentirse desplazado, destronado. Vendrán más tarde otros, otros muchos, como tu cuerpo adolescente en plena efervescencia, o el primer amor, el correspondido y el despechado; o salir de tu casa, para siempre; sentir en tu cogote la necesidad de cuadrar ingresos y gastos  por primera vez, la vida en pareja, y, luego, también, la rutina de vivir en pareja… El nacimiento de un hijo, sus primeros pasos, sus brazos abiertos, sus piernas abiertas, sus ojos como platos. Y sus primeras caídas y golpes. Sus enfermedades y los sobresaltos que connlevan. Y también su vida, su pequeña vida a todo ritmo, capturando la existencia a borbotones, absorbiéndola. Y, a veces, desgraciadamente, hitos ligados a la enfermedad, y lo que queda después. La desaparición de los que queremos. La sensación de quedarnos sin suelo, sin raíces.

Momentos que siembran nuestro camino en la existencia. Y que nos cambian. Nos tumban, en ocasiones, nos impulsan en otras. ¿No merece la pena aprender?¿Y estar mejor? No es inteligente volver la vista atrás para encontrar, con más facilidad, el camino que te haga todo más amable? ¿Y sencillo? ¿Intentar, tal vez, estar bien allá donde uno acabe estando? La vida nos coloca ante situaciones que, en su esencia, pueden actuar de motor de cambio y evolución. De cambio hacia espacios más luminosos, y sosegados. La vida nos sitúa, antes o después, ante señales, ante hechos y circunstancias que pueden cambiar tu vida. Que la cambian, de hecho. Puntos de inflexión, podríamos llamarlos. Escenarios de curvatura, experiencias de cambios de rumbo, de dirección, de sentido, a veces.

Puntos de inflexión. Un antes y un después, decimos. A determinada altura de la vida, que puede ser siendo uno joven, que conste, uno se enfrenta o enfrentará, tiene que hacerlo, con un reto singular en la vida. Un punto de inflexión personal, no transferible, aunque sí visible a los demás. Un hito que te permitirá  alcanzar lugares no transitados hasta ese momento o, más bien, perderse en oscuras grutas del destino, del pasado y del propio futuro, ominosas, aburridas, incluso despreciativas. Me refiero a ese momento en que uno se da cuenta de que, coincidiendo con que el paso del tiempo, éste, el tiempo, y las experiencias vividas, le han ido haciendo más conocedor de las claves que mueven muchas cosas, del statu quo de las mismas, de su ir, venir y devenir en el agitado ritmo de la vida. Las cosas mismas van apareciendo más entendibles y, por tanto, más claras ante sus ojos y en su mente. Ese momento, que no es un instante (aunque a veces puede parecer que lo sea) sino, más bien, un proceso, representa, a mi juicio, un momento clave para decidir, de modo consciente, dónde quiere situarse ante y como respuesta a las cosas que ve y vive, que experimenta y siente, con qué mirada, con que opción y perspectiva, con qué actitud. Con qué corazón, también.

Mirar las cosas, apreciarlas, sentir que están ahí. Las cosas, las personas, las situaciones. Están ahí,  surgen y se despliegan. Y las vemos, o escuchamos. O nos las cuentan, o las leemos. Y nuestra mente bulle, se agita. Busca expresarse, juzgar, valorar. En ocasiones prejuzgar. Evaluar. No nos contentamos con analizar. Necesitamos diagnosticar, evaluar, tasar.

Tal vez, solo tal vez, sea preciso parar. Y volver la vista atrás. Y girarla otra vez hacia el objeto de nuestra mirada. Y pensar. Pensar. Esperar. Comprender. Antes de respirar, incluso. Por supuesto, antes de juzgar (si es que hay que juzgar, que lo dudo) Y ser flexible. Flexible en la observación; en la lectura e interpretación de las cosas. De lo que ocurre y por qué ocurre. De lo que surge y por qué surge. La vida vista desde el lado más amable, lejos de la captura de los hechos como si mi juicio sobre ellos fuese imprescindible. Huir, como alma que lleva el diablo, de la actitud gruñona, intolerante,  malhumorada. Sonreír, calmar, calmarse: Dulcificar la óptica, la observación, la mirada crítica. Templar el ánimo. Y dar la mano, Tender la mano. Escuchar antes que hablar. Pedir opinión antes que darla siempre. Templar el tono, también. Y el gesto. Y la postura. Opinar, sí. Claro. Pero con la humildad como alimento, como nutriente básico de de ésta. La humildad que la vida va sembrando en cada experiencia. En silencio. A veces pisoteada, más o menos conscientemente.

El punto de inflexión definitivo. La vida desde el lado más amable y flexible. Y, por tanto, más cercana al momento feliz, espontáneo, afable, casi inocente. Tal vez sea la mejor manera de situarse, de mirar el presente, nuestro presente, lo que nos llega y estimula, incluso lo que  incomoda, lo difícil, lo que no encaja, lo diferente, lo divergente. Alejarse de por vida de lo amargo, de lo que nos consume y genera odio. Éste, el odio, lejos. Muy lejos. La comprensión, cerca muy cerca. El aliento al que se equivoca. Paciencia cuando tardo, cuando me lío, cuando tardan, cuando se lían... La escucha amable, la sonrisa próxima. Lejos los cascarrabias, el enojo fácil, la riña por todo. Muy lejos. Y sensible con tus equivocaciones. Que surgen y van a surgir. Estas van a seguir enseñándote. Que, entre otras cosas, no eres quien crees ser. A pesar de lo que crees conocerte. Que puedes meter la pata de manera insondable. Y que, si es así, si ocurre, vuelve la mirada hacia con quien has sido injusto, a quien no has tratado bien, a quien has faltado al respeto. Y sé lo más humilde que puedas. 

Pero no dejemos de indignarnos, por supuesto, con la la injusticia, con los injustos. Y actuar; eso, ¡siempre!






[1] Porque lo que es cumplir años, sumarlos a las espaldas o espalditas, lo hacen todos, todos los que formamos el aquí y ahora de los vivitos y coleando. Los cumplen los muy pequeños, los pequeños, los adolescentes, los jóvenes y los menos jóvenes. Y no en todos esos momentos de la vida se tienen tantas ansias por contar, recrear, recrearte… Al principio, y luego incluso, toca vivir. E ir formando esa huella.; la que luego te hará pensar, o decir, o escribir, o, simplemente, recordar.

6 de septiembre de 2017

Equivocarse

José Antonio Luengo


Hoy, hace nada, una media hora más o menos, me he equivocado. Y mucho. Lo peor no es cometer un error, sino cometerlo siendo mezquino. Poco inteligente. Falto de sensatez. Lo peor es cometer un error sabiendo que lo estás cometiendo y no saber parar. Y el efecto que provoca. Siendo egoísta, puedes pensar y centrarte en cómo quedas ante esa persona con la que te has equivocado, con la que has estado desacertado, incluso ridículo. Pensar en las consecuencias que provocas en ti mismo. Y eso, también, es un error. En cadena. Esa mirada egocéntrica que analiza como un escáner lo que surge, lo que ocurre en ti, la vergüenza, el bochorno, la mancha, la merma en tu auto-complacencia. Pero, realmente, ¡qué importa eso ahora! Lo verdaderamente importante es intentar comprender el efecto que provocas en la otra persona, en quien ha sido receptor, azotado por la incomprensión, y por tu torpeza. Y no basta con pedir perdón. No creo que baste. Es necesario, pero no suficiente. La confianza se resiente. Y se resquebrajan los hilos, más o menos poderosos, que hasta ese momento cosían las miradas, incluso la sonrisa. Queda mirar de frente, admitir la equivocación y respetar el silencio. El que, sin duda, surge entre quienes aun se miran. Antes de despedirse. Queda también saber que nunca sabes cuando vas a recibir la mejor lección.

Equivocarse es un fenómeno complejo. Y una experiencia compleja también. Cuando nos equivocamos, erramos, fallamos, tropezamos. Solemos identificarlo también con términos como columpiarse, colarse. O desbarrar. O meter la pata. Equivocarse forma parte de la vida. El error, propio o ajeno, nos acompaña desde que tenemos uso de razón. Antes seguramente también. Pero, claro, sin razón, el error es menos error. Forma parte de la construcción de nuestra naturaleza. De las probaturas y ensayos con los que incorporamos la existencia. En un entorno progresivamente descifrable. En sus paradojas, contradicciones y, en ocasiones, sinrazón. De hecho, de muy pequeños, nos oponemos con frecuencia a la idea predominante, a la opinión general, al sentido común. Pero, al fin y al cabo, somos niños pequeños.
                                                                                 
No siempre es fácil saber, en esa época de la vida, la posición y valor exactos de las cosas, de los hechos, de las acciones, de las ideas. O el valor real de las enseñanzas, de las certezas que se nos muestran, de las miradas que se nos trasladan, Y que confirman, poco a poco, que conviene equivocarse menos. Cometer menos errores. Que interesa acertar más. Y hacer sonreír siempre, cumplir expectativas, asentir. Y entrar. Por el aro. Por los aros.

Nos equivocamos siendo niños pequeños
De niños, con poco uso de razón por cuestión de edad, se entiende el error. Se explica. Incluso se elogia. Del error se aprende, el error guía. Caerse para levantar la mirada. Y mirar mejor la próxima vez. Y forma parte de la responsabilidad de los adultos, claro, guiar a los pequeños por la senda de la razón, adquirirla, capturarla. Como quien encuentra un tesoro. Ese, el tesoro, ahondará en el difícil arte de acomodarse, desenvolverse, y cambiar, no demasiado, la realidad que nos da cobijo y marca nuestra presencia.

Nos equivocamos también siendo un poco mayores
Luego, por supuesto, seguimos equivocándonos. Solo faltaría. Resulta curioso, no obstante, cómo la llegada del citado uso de razón coincide con una época de marcada estabilidad, en términos generales, en el desarrollo del niño. Cumplen sus siete u ocho años y parece que desaparecen. Que se volatilizan. En sentido figurado, por supuesto. Están, claro, pero parece que no. Van al cole, son cada vez más autónomos, colaboran y ayudan en casa... Se muestran cariñosos. Hasta ven la televisión con nosotros. Les llevamos al cine y les vemos saltar de alegría. Compramos las entradas y ahí están, pegados a nosotros, deseosos de entrar, llamándonos papi o mami con una sonrisa de oreja a oreja que ilumina los corazones. Comiéndonos a besos. Sonrientes. Papi esto, mami aquello ¿Me compras palomitas? Es la época de la familia en sentido más intenso. Todos juntos a todos los sitios. Con hijos pequeños. Con niños y niñas pequeños. Esos que ya no se ponen enfermos, curtidos ya en mil batallas con familias de virus que, hace no demasiado, inundaban sus mucosas, provocando toses interminables, fiebre y noches y noches sin dormir… Momentos plácidos en general para la educación y la convivencia. La que se vive en cada casa y la que se cuece y desarrolla en las escuelas. Se introducen en nuestros poros y hacen más grande nuestra vida. La llenan de magia, no hay duda. Y, en el día a día, reconocen su existencia en el discurso de la nuestra, con nuestros ritmos, prioridades (ellos mismos, entre otras), esperanzas y desesperanzas. Pero parece que no están.

Nos equivocamos siendo adolescentes
No tardarán mucho en reaparecer. Nuestros niños reaparecen, casi de un día para otro, y lo hacen en forma de adolescentes. Casi no les conocemos. Ya no se sientan con nosotros a ver la tele, ni nos piden que les expliquemos alguna cosa. Toman posesión de su dormitorio como de un santuario. El orden de antaño deviene en caos. El flujo hormonal, casi cómo un río en mil ríos dentro de su cuerpo, o mejor, una potente corriente, termina por hacerles sobresalir cambiados. Muy cambiados. Chicos y chicas. Testosterona y estrógenos representan la forma química de la rebeldía, del carácter huidizo, de la búsqueda de la identidad en sentido estricto. Y el error, la equivocación reaparecen también. Vuelven. Renace explosiva la naturaleza. Se hace notar. Con sus ideas, emociones, valores, dudas y certidumbres. Con dolor también. Y alegría. Y riesgo y búsqueda. Permanente búsqueda. En este escenario, la equivocación se torna de nuevo más visible. Más evidente. A veces insoportable para el mundo adulto. Que la entiende alarmante, desproporcionada. Lábil. Desvencijada. Su espacio, el de los adolescentes, se torna quebradizo. Y raro, para los no adolescentes. Muy raro. Y magnifican sus resbalones. Definiéndolos en términos de problema y no de crecimiento y búsqueda. Aparece el inefable adolescente.

¿Quién dijo que esto iba a ser fácil? Pero los adultos ya no somos tan indulgentes. Del error se aprende, oye, pero acierta más, por favor. Equivocarse no sale ya gratis, ni provoca sonrisas cómplices. Sin embargo, seamos justos. En la adolescencia, equivocarse es, también, crecer. Y no otra cosa. Especialmente. Es hacer. Es andar. Es moverse, probar, estar, exponer, exponerse, sufrir. Es arriesgarse. Envalentonarse. Y también correr y, en cierta medida, acertar. Porque acierta el que rompe con moldes que ya no le sirven. Con patrones para niños. El que busca con intensidad, aunque ceda, en ocasiones, caído, empujado, por las circunstancias. Y por la inexperiencia. Y, a veces, por la falta de tino y autocontrol, sí. Los adultos llevamos mal las equivocaciones de nuestros adolescentes. Llevamos mal sus errores, sus meteduras de pata, su incansable sensación de omnisciencia, de omnipotencia. Pero, si lo pensamos bien, ¿cómo no van a equivocarse? Su cerebro y capacidad cognitiva les permite atisbar que existe el futuro, no solo el presente. Y están creciendo. Sometidos a una presión intrapsíquica y externa no siempre fácil de integrar y gestionar. Su capacidad para pensar en abstracto les hace convulsionar cognitivamente. Para ellos todo es cuestionable. Nada es rígido. No tiene por qué existir un porqué a cada cosa, a cada situación, a cada experiencia. Encapsulados en su cerebro dominado por los circuitos emocionales, se lanzan a tumba abierta por las laderas de la experiencia, armados con su ilusión por recorrer, por estar, por conocer y tocar. Acuciados por la necesidad de hacer, en ocasiones, lo contrario de lo que otros estiman como lo correcto o pertinente. Pero ¿cómo comprender el mundo, su mundo, sin esa actitud? ¿Cómo abonar su crecimiento e identidad sin rebeldía, sin el placer de hacer y pulsar?

La equivocación, su equivocación, cuando existe, es comprensible. Y necesaria. Les permitirá conocer y conocerse. Expandirse. Y desembocar. Como el Guadiana, en el mar. El Guadiana lo hace en el Golfo de Cádiz, nada menos, entre España y Portugal. Todo un lujo para la vista. Los adolescentes desembocan en la juventud, y, enseguida, en el mundo adulto. Que es como desembocar en el mar. Palabras mayores. Y aparecemos como adultos, curtidos en algunas batallas. Pensamos que muchas. ¡Inocentes! ¡Lo que nos queda por vivir! Un mar de experiencias nos espera. Vapuleado por los vientos y las corrientes. A todas horas. A cada instante. Aquí o allá.

Y nos equivocamos siendo adultos
Los adultos también nos equivocamos. A estas alturas del partido casi deberíamos decir que, en efecto, metemos la pata. ¿Pero es que no hemos aprendido ya? Parece que no. Errar, fallar, columpiarse. A pesar del paso del tiempo, la edad adulta se convierte en un escenario idóneo para la equivocación. Siempre encontraremos excusas para justificar nuestros fallos. Eso sí lo hemos aprendido bien. Buscar argumentos que expliquen el porqué de nuestros errores. Somos especialmente hábiles en ese modo de respuesta a las circunstancias incómodas con las que nos topamos. Teóricamente deberíamos encontrarnos en condiciones para equivocarnos menos, salvar mejor las situaciones confusas, leer e interpretar mejor lo que pasa y nos pasa. Teóricamente. Tal vez sean las condiciones, a veces complejas, en las que nos desenvolvemos. O la inestabilidad y miedos que nos atenazan. O la intensidad y rapidez con la que pasan las que discurren los acontecimientos en los que somos protagonistas. Quizá sea la inseguridad que en ocasiones nos atenaza. O el miedo mismo a fallar. Tal vez sea esto. Tener miedo a fallar te hace fallar más frecuentemente. O que nos importa poco equivocarnos. Cierta indulgencia con nosotros mismos y un sentido de la autocomplacencia potente nos preservan del malestar que, lógicamente, debería seguir a nuestro fallo. Cuando nos damos cuenta de él, claro.
Equivocarse es fácil. No siempre es fácil ser conscientes del error. Y no siempre, cuando lo percibimos, aprendemos de él. Se supone que para meter menos la pata en el futuro. Como adultos deberíamos ser más conscientes de nuestros errores, intentar preverlos, gestionarlos y, sobre todo, responder adecuadamente a sus consecuencias. Podemos equivocarnos en mil ámbitos de nuestra experiencia. Pero me preocupa especialmente el error en el terreno de lo personal, ese espacio en el que la comunicación se convierte en vehículo híbrido de la relación. La mirada, las palabras, las percepciones y expectativas. La escucha, el discurso, la presencia o la ausencia. El silencio, a veces. Andar juntos sin hablar. También.

No llevo bien equivocarme con las personas. Me refiero a fallar yo. No ser sensible, no reparar en cosas importantes, no acertar con las palabras. No llevo bien fallar en la mirada, en la atención, en la dedicación. Soy exigente con mi comportamiento, la verdad. Suelo equivocarme muchas veces pero procuro no hacerlo. Insisto en reflexionar sobre la mejor manera de comprender a quien me acompaña. Sentir lo que siente. Comprender su punto de vista. Sus emociones. Pero no siempre acierto. Y no me gusta. No me gusto. A estas alturas, no entiendo la equivocación como un aprendizaje sino como una metedura de pata. Que te aleja de la paz y el sosiego.

Meter la pata con alguien conocido, con un compañero de trabajo, con amigos o familiares. Equivocarme con alguien a quien se quiere o se ha querido especialmente. Me provoca un gran dolor. Y no suelo encontrar justificación. Mi reacción suele ser rápida. Pedir disculpas, a la mayor brevedad, cuando reparo en lo que estoy haciendo, en lo que he hecho; o reconducir mi conducta, si hay tiempo, antes de culminar el error. Casi empezar de nuevo. Porque pedir perdón, creo, no es suficiente. Entiendo exigible acertar antes. Me exijo acertar antes. Antes del resbalón hay tiempo. Casi siempre. 

No siempre tenemos un buen día, es cierto. Y también lo es que no siempre podemos acertar. Que la perfección no existe. Y menos en el cara a cara, cargado habitualmente de tantas trazas emocionales. Pero no es suficiente. Hace poco me he equivocado. Con alguien especial. Y no encuentro justificación suficiente. La hallaría si quisiera. Seguro. Pero ¿de qué me serviría? A mi edad no pretendo acallar mi conciencia con explicaciones autocomplacientes. Prefiero reconocer el error y, especialmente, no volver a cometerlo. Con nadie. Porque equivocarse con las personas no es cualquier cosa. Ni mucho menos.

Siempre hay tiempo. 
Un tiempo antes, décimas, milésimas de segundo, que te harán de tu reacción una respuesta. Y por tanto, alejarte del error. La equivocación como aprendizaje tiene otros escenarios, creo. Perdonarse es otra cosa. Fenómeno complejo también. Pero imprescindible para seguir viviendo. Ya, ya sé, que equivocarse es humano.

Hoy me he equivocado. Mucho. Y me han dado una insuperable lección. ¿Podrás perdonarme?, he expresado hace un poco. Sí, me han respondido. Una lección que me llevo en el corazón. Una más. Y van...

27 de julio de 2017

Cuando te sonríe la vida...

José Antonio Luengo



Se trata de una expresión usada. La vida te ha sonreído, decimos a veces. Y sonreímos al decirlo. Se trata de un juego en bucle. Un experiencia de guiño y sonrojo. De magia y constatación. De que algo, de modo especial, ha ido bien, va bien, o va a ir bien. Muy bien. Es un hecho, no una simple percepción. Ni sensación. Es algo tangible, atado, fijado. No es gaseoso ni volátil. No. Se ve, se siente vivo. Palpitando. Como el corazón, el tuyo o el mío, que palpita al notar eso. Que la vida te ha sonreído.

Es también una metáfora. La figura expresiva y expresada de un momento, de un día. De una vez. O de un vida entera.  Es el retrato de un espectáculo personal. La instantánea de que algo ha cambiado. Y mucho. La sensación de que flotamos, de que floto, de que flotas… Es la referencia a una evidencia. Una evidencia que nos traslada a alguna nube. En lo personal, en el trabajo, en el amor. En cualquier célula del tejido que sostiene nuestras almas. Y nuestras vidas. Nuestra experiencia y relaciones, sueños y pensamientos, certezas e incertidumbres, movimientos y tropiezos.

Puede tener que ver con la suerte. Si es que la suerte existe. Que creo que sí. Aunque también se busca, se trabaja, se abraza. Con el tesón, la ilusión, el esfuerzo, la sonrisa y el coraje.  Puede tener que ver con la suerte. La que nos sorprende una mañana y nos despierta con un beso. Y un abrazo. La que nos lleva el desayuno a la cama, ése, el que nos gusta además. Esto es también una metáfora, claro. Porque esa suerte de la que hablo no es una persona. Sino, más bien, un estado de ánimo. Que te hace oler a azahar sin pasar junto a un naranjo en flor. Un estado. Eso es. Un estado que permite ver de otro modo la vida. Escuchar donde nadie es capaz de oír nada. Ver donde nadie ve, besar a quien nadie es capaz de besar. Dar un abrazo y no terminar nunca de hacerlo. Fundidos los cuerpos como si estuvieran hechos para eso. Casi para ese abrazo. Ese abrazo interminable. De ojos que se cierran. De olores y sensaciones que te inundan. Los sentidos. Todos. Todos a la vez.

El caso es que, a veces, igual sin saber por qué, la vida te sonríe. Y la suerte te ilumina. Se desbordan tus lágrimas. Tu cuerpo se agita,  y el corazón, siempre inquieto, explota. Y el alma se conmueve. Y mueve. Lo mueve todo. Y se mueve también. Hasta el infinito, y más allá. Todo lo que somos se torna suave, delicado, sedoso. Y poderoso al mismo tiempo. Y vuela. Se escapa, a mil sitios. Y en mil sitios explota. De bienestar. De ilusión. La luz anega tus entrañas. Y los ojos, tus ojos, disparan destellos incandescentes. De esa luz interior que te desborda. Y de mil emociones. Todo parece haberse colocado para saludarte y darte los buenos días. Acompañarte, y decirte: eres tú, y me importas. Mucho me importas. A veces la vida te sonríe. Y en ese momento, en ese instante, ese día, eres quien siempre deseaste ser. Y sientes como siempre quisiste sentir. Y eso, vaya, no es cualquier cosa.

El secreto tal vez sea mirar bien. Y mejor. Porque la vida, a muchos de nosotros, nos sonríe mucho más de lo que somos capaces de percibir. Cada día nos sonríe. Mucho más. Muchas más veces. Nos sonríe cada mañana cuando nos hace ver que merece la pena estar aquí, con quien estamos, con quien compartimos cada momento. Esos a los que acariciamos. O podemos acariciar. A los que besamos. O podemos besar. Esos a los que amamos, o podemos amar. A los que abrazamos, o podemos abrazar. Esos con quien compartimos el trabajo, o podemos compartirlo. Esos, amigos y amigas, a quienes conocemos, casi, como a nosotros mismos. O a los que podemos conocer. Porque la vida nos sonríe, o puede sonreír a cada momento. Hay que identificarlo, sentirlo, pero, sobre todo, quererlo, estar por ello. Ponerlo en valor. Abrirse a ello. No volveremos a vivir ni un solo momento de los que hemos vivido hasta el momento presente. Y merecería la pena saborearlos más. Desperdiciar algo así es como de locos. De desnortados.

Hemos amado. Y amamos. Luego la vida nos sonríe. Nos da lo mejor que tiene. La esencia de la vida. Querer y sentirse querido. Cada abrazo, cada beso, cada conversación mantenida. Cada mirada. Cada caricia. Cada gesto de amor, cariño o delicadeza. La  mirada que nos dice: aquí estoy. Y que atesora, en este instante, todo lo que hemos vivido juntos. La imagen definitiva. Un autorretrato inagotable. Las mejores palabras, los días tristes, incluso; mi mano en tu rodilla. O tu rodilla y la mía soldadas. Deseando su contacto siempre; y que el tiempo se detenga. El beso en tu abdomen, en la comisura de tu boca. Curar tu herida. Secar tus lágrimas. Sentir que me comprendías. Escucharte. Escucharme. Quererte. Y enfadarme. Eso también. Calmarte, calmarme. Sonreír en el camino. Golpear con el pié las hojas caídas en otoño. Y hacerlas moverse. A tu alrededor. Cobrando vida otra vez. Y verte ir un día. O irme. O ninguna de estas cosas. Al final todo es lo mismo. Porque el amor fue. Y esa experiencia marca. Te quiero para siempre. La vida me sonríe. Te sonríe. Nos sonríe.


4 de julio de 2017

El fenómeno de la ballena azul y nuestros adolescentes

José Antonio Luengo


El conocido como fenómeno de la ballena azul llegó de manera relevante a los medios de comunicación de nuestro país hace solo unos meses. Alertaba de las situaciones trágicas, ligadas de modo definitivo a suicidios de adolescentes que, al parecer, habían tenido lugar en Rusia, donde supuestamente un joven de 21 años y administrador de algunos grupos en redes sociales, había iniciado esta macabra y siniestra aventura. Un aventura que, también al parecer, se extendió peligrosamente en países sudamericanos como Brasil o Chile. Todo presunto.

Y en muy poco tiempo, casi sin que nos diéramos cuenta, el asunto formaba parte de las conversaciones entre chicos y chicas; en nuestros centros educativos, en sus patios y pasillos, en los recreos y entre clases, Y, por supuesto, en sus conversaciones on line.

Noticias ligadas a la también presunta relación de determinados comportamientos de adolescentes españoles con esta desagraciada aberración vieron la luz también en la reciente primavera. Hechos al parecer acontecidos en Barcelona o Palma de Mallorca. Y hace muy poco, este mes de junio, aparecieron asimismo noticias que ligaban este fenómeno con las conductas de dos adolescentes en localidades de la Comunidad de Madrid. Noticias todas que abundan en lo presunto, en lo supuesto. Ahí lo lanzo.  Y ahí lo dejo… Que corra la información. Sabemos muy poco aún. Pero sí algunas cosas que es necesario considerar, someter a reflexión y, claro, profundizar en ellas.

Entre todos hemos de cuidar especialmente el flujo de influencias que llegan y penetran en la mente y el corazón de nuestros chicos y chicas. Y medir las consecuencias y el impacto de lo que expresamos, mostramos y visibilizamos. La viralidad de este tipo de informaciones tiene efectos indeseables, ligados, por ejemplo, a las búsquedas que se realizan en la red. La necesidad de informar sobre los fenómenos que afectan a nuestra sociedad, a nuestros ritmos y cadencias, al modo en que vivimos, a lo que nos aporta crecimiento y bienestar y a lo que, por el contrario, nos aturde y encenaga, no debería ser cuestionada. Muy al contrario. La información nos permite crecer. Y también prevenir. Desarrollar acciones que den respuestas a los conflictos, a lo inquietante. Y al tejido ominoso y execrable que genera nuestro propio recorrido como colectividad. Porque la información debe ayudar a formar también; especialmente cuando están en juego mimbres del crecimiento de nuestros niños y adolescentes. Y mimar los parámetros de la noticia. Rigor, margen de veracidad, impacto, viralidad, riesgos y expansividad de alarma social… Es necesario, por tanto, mesura y tino. Y análisis profesional riguroso de lo que poco que aún se conoce.

Lo que sabemos, al menos en nuestro país, al respecto de los comportamientos de algunos adolescentes y su posible vinculación con el fenómeno de la ballena azul, es que se trata de situaciones en las que éstos tratan de imitar alguna parte del itinerario de conductas a las que acceden sin control alguno en las informaciones que pueden encontrarse en la red.

Y esto, evidentemente, debe considerarse una señal a tener en cuenta. No es inocente, precisamente. Porque sabemos que existe una horquilla de población adolescente muy vulnerable; y extremadamente sensible a estas desasosegantes novedades. Chicos y chicas expuestos a la influencia silenciosa. Sin que su entorno detecte el efecto mimético. Chicos y chicas con necesidad de ganar notoriedad. Ante sus compañeros. Algunas de las cosas que sabemos sobre sus conductas iniciales o, al menos, sobre lo que dicen que han empezado a hacer o están dispuestos a hacer, hemos llegado a conocerlas por sus propios comentarios en los recreos. Con sus compañeros. Como quien no quiere la cosa. Puede que estos chicos no accedan a grupos de redes sociales que teledirijan sus comportamientos hacia abyectos recorridos y comportamientos. Puede que no conozcan, es lo que parece, a ningún facilitador, guardián o curador, que seduce y luego extorsiona (como parece que puede haber ocurrido en alguno de los casos citados fuera de nuestro país) a nuestro vulnerable adolescente. Pero puede éste se implique, desdichadamente, en un círculo de conductas del que no sepa cómo salir… Hemos de ser conscientes de que nuestros hijos y alumnos viven o pueden vivir una vida secreta en la red. Y no siempre el panorama es neutro.

Y así, las cosas, ¿qué hacemos los adultos? ¿Qué podemos hacer? ¿Decidimos no entrar, por si acaso? ¿Estamos o nos sentimos preparados para hablar y ayudar a reflexionar sobre temas de esta naturaleza? Creo, sinceramente que debemos hacerlo. En casa, con prudencia, con sencillez, sin amenazas. Conversar. Explicar que conocemos, que sabemos. Que no lo sabemos todo. Pero que conocemos lo suficiente. Alejarse de este tipo de escenarios. Sin más. Y que creemos en nuestros hijos. Que confiamos en ellos. Que estamos a su lado. Que deben sentirnos a su lado.

¿Y en los centros educativos? ¿Qué podemos hacer? Este que tratamos en estas líneas representa un contenido muy extendido en las conversaciones de nuestros chicos y chicas. Sin embargo, no soy de la opinión de introducirlo como un tema específico en una de las actividades que desarrollamos en el marco de la acción tutorial. Sino, más bien, incorporarlo en alguna sesión que permita reflexionar sobre las influencias que nuestros adolescentes tienen hoy en día. Incluyendo, por ejemplo, la serie de Netflix, Por trece razones. O en el contexto, más amplio, de profundizar en el fenómeno de los influencers. La idea puede concretarse con el apoyo de los integrantes de los departamentos de orientación. Y detallarse en modo de unidad didáctica en la que demos, incluso, a los propios alumnos el protagonismo para su diseño y desarrollo. 

Es necesario hacerles ver que estamos, que sabemos, que podemos tener opinión, que queremos compartirla. Con respeto y capacidad de observación.



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