21 de enero de 2018

Elaborar, revisar o reelaborar planes de convivencia: algunas ideas esenciales

José Antonio Luengo

El plan de convivencia como un faro que guía nuestro proyecto de centro
Innovar en educación es siempre, como en cualquier ámbito, un proceso complejo. No es un proceso lineal, sino, más bien, un itinerario donde acción, evaluación, reflexión y reformulación de lo que hacemos se convierten en pasos muchas veces superpuestos, difícilmente disociables. De hecho, cuando hacemos, sin duda investigamos. Y repensamos lo que hacemos. En muchas ocasiones, por no decir siempre, nuestra manera de hacer configura una manera de planificar; y de revisar los resultados de lo que ponemos en marcha. Y viceversa. Casi nada de lo que hacemos lo hacemos por azar. Siempre existe una justificación, un hecho, un conjunto de hechos. Siempre existen unos resultados, más o menos explícitos, que articulan el modo en que vamos trazando nuestros planes. Y llevándolos a la práctica.

Sin embargo, mejorar nuestros planes de acción en los centros educativos requiere, cada vez más, procesos estables de reflexión sobre la práctica. Y procedimientos para detectar errores y formular propuestas novedosas. Y, en este contexto, es imprescindible dedicar tiempo a pensar juntos. Y analizar lo hecho, volver a ordenar nuestras preocupaciones, formularlas en términos de necesidad. Y definir de modo organizado lo que entre todos entendemos que deben ser los ajustes que necesita nuestra institución. Y sus prácticas. En el marco en el que nos encontramos, lo normal es que tengamos que revisar lo que ya definimos y formulamos hace tiempo. Más o menos. O puede que nos enfrentemos directamente a la elaboración, por vez primera, de un Plan de Convivencia en el centro educativo. En todo caso, parece necesario considerar que, sin perjuicio de los matices diferenciales que son intrínsecos a sendas situaciones, deben tenerse en cuenta algunas ideas esenciales antes de iniciar el proceso que vamos a intentar definir e implementar:
  1. El objetivo de nuestra tarea no tiene por qué ser cambiarlo todo, modificarlo todo. Esta tarea puede enfocarse desde una perspectiva secuencial. Detectar, definir, formular y organizar las necesidades de nuestra organización y marcar un trayecto sabiendo priorizar. Incluso, ir poco a poco. 
  2. Sabemos mucho sobre cómo se consiguen efectos colaterales en áreas que aparentemente no tocamos cuando llevamos a efecto buenos y compartidos planes que en principio parecen afectar exclusivamente a un ámbito. Las conexiones y permeabilidad de los logros son siempre una sorpresa agradable. 
  3. Tener buenas ideas no es suficiente. Hemos de saber formularlas, organizarlas, definir su posible puesta en acción. Valorar su pertinencia, importancia, urgencia. Y compartirlas. Y, por tanto, casi, con seguridad, mejorarlas. Porque lo que pensamos nosotros no tiene por qué ser siempre la mejor opción. Aun siendo adecuada. 
  4. Los procesos de cambio son casi siempre complejos, multifactoriales y no lineales. De hecho, la transversalidad de las ideas, si bien suponen un ingrediente de complejidad, suponen también un seguro de efectividad. La lentitud de algunos procesos puede llegar a ser entendible y justificable. 
  5. El papel de los directivos es crucial. Sin su implicación y compromiso, suele rascarse solo la realidad. 
  6. La innovación tiene un carácter procesual: reflexión sobre lo hecho, dinamización, planificación, diseño, implementación, evaluación y difusión. El cambio y la mejora no son posible si no se trasladan a las estructuras y a la organización. 
  7. Cualquier innovación supone siempre incertidumbre y, seguramente, desasosiegos. Y dudas. ¿Voy hacia el camino adecuado? ¿Servirá de algo todo esto que estamos haciendo? ¿Qué repercusión real tendrá? ¿Conseguiré (conseguiremos) convencer a un número razonable de miembros de la comunidad y del claustro para desarrollar las ideas que van surgiendo? Vencer resistencias desde la argumentación y el convencimiento es imprescindible. Pensar que todo va a cambiar con rapidez y que todos los miembros de la comunidad educativa van a estar de acuerdo con lo pensado puede ser un error. Se necesitan planes evolutivos y flexibles. 
  8. La toma de decisiones combina conocimiento, estrategia, decisiones a corto medio y largo plazo. Y mucha intuición (Fullan, M. 2002). 
  9. El verdadero objetivo debe ser cambiar (a mejor) la cultura de la organización. No llevar a efecto exclusivamente innovaciones aisladas. 
  10. La idea del cambio y la innovación puede orientarse desde modelos que se ajusten verdaderamente a necesidades percibidas, adecuadamente priorizadas y planteadas desde una concepción de acciones manejables, acotadas, apoyadas, adecuadamente seguidas, muy compartidas y, por supuesto, evaluadas. Pocas cosas, bien hechas, compartidas y evaluadas (PBCE). Ese puede ser el origen de muchas cosas excelentes en la comunidad educativa.

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1 de enero de 2018

El aprendizaje digital es la clave del buen uso de internet

Las tecnologías y, en concreto, las redes sociales, están cambiando nuestra forma de vivir y relacionarnos. Aparecen nuevos problemas a los que no podemos ser ajenos y tenemos que ser capaces de dar respuesta, también desde los espacios educativos. La octava edición de las “Jornadas: arte, educación y ciudadanía”, que anualmente organizan el Área Educativa de FUHEM y el Círculo de Bellas Artes, se vincularon, en esta ocasión, con el uso positivo de las redes sociales, una cuestión que se ha trabajado a lo largo de todo el curso escolar en todos los colegios de FUHEM.




27 de diciembre de 2017

La necesidad de los programas para la prevención de la depresión en los centros educativos

José Antonio Luengo


Las cifras de la depresión en el mundo suponen un hecho incontestable. Y dramático. Y España no es ajena a esta realidad. Hablamos de  un trastorno mental frecuente, que se caracteriza por la presencia de tristeza, pérdida de interés o placer, sentimientos de culpa o falta de autoestima, trastornos del sueño o del apetito, sensación de cansancio y falta de concentración. Según datos publicados por la OMS, la depresión afecta en el mundo a aproximadamente 300 millones de personas, un 4,4 % de la población mundial. El estudio, presentado en febrero de 2017, sitúa a España con un 5,2%, en torno a 2.400.000 personas afectadas por esta enfermedad.  

Hace solo cinco años, la Asociación Española de Psiquiatría del Niño y del Adolescente alertaba de que casi uno de cada diez adolescentes españoles sufre depresión, un mal que también afectaría a un 2% de los menores entre 6 y 12 años. Datos más recientes no se mueven mucho de lo señalado por los especialistas en 2012. Según los últimos informes y estudios de prevalencia e incidencia, el Trastorno Depresivo Mayor (TDM) tiene una prevalencia del 2% en preadolescentes, sin diferencia de género, y de entre el 4 y el 8% entre adolescentes, siendo más prevalente en mujeres (1:2). El riesgo de depresión se multiplicaría por 2/4 después de la pubertad, sobre todo en mujeres y la incidencia acumulada al llegar a los 18 años podría alcanzar el 20%.

Así las cosas, señalados suficientemente los datos, la sintomatología, han de resaltarse asimismo las profundas relaciones entre este trastorno y otros impactos trágicos, como el suicidio y la discapacidad

Depresión, suicidio y discapacidad

Por un lado, no ha de perderse de vista que el suicidio se relaciona con una gran variedad de trastornos mentales graves y, en el caso de la depresión, el riesgo es 21 veces superior a la población general. La tasa de prevalencia del suicidio en España está en el entorno del 6,5-7 por 100.000 habitantes. Esto significa cerca de 10 muertes por suicidio cada día, la primera causa de muerte no natural. A ello hay que añadir que el suicidio es la tercera causa de muerte en el grupo de edad de entre los 15 a los 29 años, superado sólo por las causas externas de mortalidad y los tumores, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística. En los últimos datos disponibles se pone de manifiesto que 310 niños y jóvenes menores de 30 años se quitaron la vida, lo que supone un 7.77% del total de víctimas del suicidio. 

Por otra parte, la depresión está asociada a un nivel significativo de discapacidad, con implicaciones sustanciales en la calidad de vida de quienes sufren el trastorno y en su entorno familiar, laboral y social. Según un estudio de la OMS, las tasas de discapacidad asociadas con la depresión son aún mayores que las producidas por otras enfermedades crónicas como la hipertensión, diabetes, artritis y el dolor de espalda.

La necesidad de actuar ya: los programas de prevención

En cualquier caso, la gravedad de la situación no debería admitir tibiezas ni dudas. Representando un hecho especialmente preocupante las características de la atención en salud mental a la infancia y la adolescencia en nuestro país (no solo cómo y cuánto se trata sino del porcentaje de casos de riesgo que pasan por recibir atención), parece existir suficiente acuerdo entre los especialistas en que la solución no pasa por el tratamiento en salud mental, como fórmula maestra para resolverlo todo, incluido el riesgo del comportamiento suicida entre adolescentes que, en nuestro país, se sitúa entre 1 y 2 por cada 100.000 habitantes. La solución ha de pasar, inexcusablemente, por tomarse en serio el diseño e implementación de programas de prevención de la depresión, especialmente en centros educativos, y, con ello, también en buena medida, de los comportamientos suicidas (de especial interés: Prevención del suicidio, un instrumento para docentes y demás personal institucional, de la OMS). 

La solución no pasa, es evidente, por seguir mirando hacia otro lado y resolver cualquier diatriba con la conocida argumentación del complejo paso por la adolescencia. No es infrecuente que muchas dudas se resuelvan de este modo en entornos no especializados. Este argumento puede entenderse (la adolescencia no es un momento sencillo del desarrollo), pero no es suficiente (solo rasca, a veces imprudentemente, la realidad). No es suficiente, ni mucho menos, para atender (más bien limita significativamente la atención porque banaliza el problema) con la adecuada contundencia que nos muestra la tozuda realidad: niños y adolescentes sin la adecuada atención preventiva de trastornos  del estado del ánimo, de ansiedad y de naturaleza emocional en nuestros centros educativos.

Los centros educativos, hoy, son entornos demasiado susceptibles y permeables a un flujo de influencias en la vida de nuestros niños y adolescentes (muchas de ellas notoriamente nocivas), que no derivan de la relación ordinaria entre personas (de diferente edad y entre pares) y del aprendizaje que lleva miles de años operando como herramienta esencial en la configuración de modos y maneras de interpretar la vida, de responder a sus demandas, y de actuar también en ella, de modo proactivo. El acceso a través de las TIC de niños y adolescentes a una amplia red de influencias nocivas y poderosamente penetrantes, sin control o gestión por parte de los adultos, supone hoy en día, a diferencia de lo que hemos conocido hasta hace muy poco, un espacio de riesgo nada despreciable que puede afectar de modo muy preocupante a sectores vulnerables de la población entre 8 y 15 años y condicionar de manera sensible su salud. De especial interés resulta la investigación Concurrent and Subsequent Associations Between Daily Digital Technology Use and High-Risk Adolescents Mental Health Synptoms (2017).

Contamos con evidencia científica sobre proyectos y programas que funcionan. De especial interés es, sin duda, la revisión de Programas para la prevención de la depresión en niños y adolescentes elaborada por Sánchez-Hernández, Méndez y Garber (2014). En el citado trabajo se resalta la necesidad de invertir en programas de intervención para la prevención de la depresión en adolescentes y jóvenes en general y aumentar las investigaciones en el ámbito español, en particular, dados los efectos positivos a nivel personal y social mostrados por la investigación científica.


Porque no podemos perder la oportunidad de habilitar vías y procesos para que los sistemas educativos encuentren la fórmula para desarrollarlos en los centros educativos, con la participación de los profesionales, adecuadamente formados, que se estimen necesarios. En este sentido, sin perjuicio de la intervención de otros profesionales, la figura del psicólogo educativo, inexistente en la actualidad, debe alcanzar un valor singular. 







9 de diciembre de 2017

Promover el buen trato, erradicar la chulería y la arrogancia

"Cuando puedas elegir entre tener la razón o ser amable, elige ser amable..." 

28 de noviembre de 2017

El novio perfecto no existe (en una app)

El Mundo, 26 de noviembre de 2017


Caminamos, a un ritmo difícil de describir, pero, a mi modesto entender, dinámico, hacia un escenario de patrones de comportamiento relacional absolutamente inauditos hasta relativamente hace poco. Es precisamente el contexto de relaciones interpersonales de naturaleza sentimental y/o amoroso en la red uno de los que con más variedad viene  ilustrándonos sobre las amplias y diversas posibilidades de dotar de opciones de contacto, relación y vida a quienes en el denominado mundo analógico, el que encontramos entre las cuatro paredes físicas más o menos amplias y abiertas en que se desarrolla nuestra vida (entorno laboral, nuestra casa, la barra de algunos bares, alguna que otra competición deportiva que practiquemos o  a la que acudamos como espectadores) apenas parecen encontrarlas. O se muestran especialmente negados para la empresa: "no soy capaz, estoy solo y nada me indica que esto vaya o pueda cambiar..." Los portales y aplicaciones para encontrar gente, contactar y ligar tienen un despliegue tan amplio que uno puede llegar a perderse en ese mundo singular de carreteras y espacios de encuentro. Algoritmos que cuadran soluciones, vislumbran caminos, y desbrozan, incluso, caminos aparentemente intransitables...

Pero es que nos dirigimos hacia un mundo, bueno, ya nos encontramos en él, en el que convivimos con cierta facilidad con una paradoja inquietante: la presencia omnipotente de la hiperconectividad, esto es, la posibilidad de estar en todo momento conectado con casi quien deseemos y forme parte de nuestro entorno (o no),  con una evidente falla o grieta en el aprendizaje y desarrollo de procesos sustanciales que desde la noche de los tiempos han engrandecido las relaciones interpersonales (y han sido sustrato esencial de nuestra evolución como especie) y que tienen que ver con el aprendizaje, manejo y gestión de herramientas sociales como mirada, la voz, el tacto y el contacto, el abrazo, la mirada clara y transparente, el cara a cara… Y también con la escucha tranquila, pasear junto a alguien, observar dónde estamos, por dónde transitamos, comentar. Y permanecer en silencio. También eso.

En el terreno de las relaciones sentimentales-amorosas, el hallazgo del noviazgo o relación (se supone que estable) virtual supone un paso más en una secuencia que, a mi modesto entender, multiplica los riesgos de incorporarnos a un escenario oscuro, marcado por lo irreal, lo intangible, inmaterial e incorpóreo.

Pero, según escribo esta última reflexión, no puedo dejar de preguntarme, ¿qué es real y qué irreal? ¿Puedo apelar sin más a este concepto de lo impalpable y asociarlo también sin más a lo irreal? ¿Quién soy yo para identificar lo virtual con la ausencia de realidad? ¿Es que lo imaginario o fantástico es intrínsecamente falso o engañoso? Tengo mis dudas. ¿Quiénes son los usuarios o potenciales usuarios de este tipo de realidades virtuales? E insisto, ¿quién soy yo para tasar de irreal y falaz la experiencia?

Las relaciones interpersonales afectivas y sentimentales llevan ya tiempo transitando el terreno de lo virtual, en escenarios interactivos basados en lo que escribimos, en textos, en imágenes, más o menos explícitas. Y, en ocasiones, sustanciadas de manera más intensa con herramientas y aplicaciones uqe permiten vernos en tiempo real, vernos mutuamente el rostro. Y nuestras reacciones y gestos. Y oír también más o menos distorsionado, hasta el tono de la voz de quien está al otro lado de… ¿la pantalla? ¿Pero solo de la pantalla?

¿Qué es real o irreal cuando imaginamos? ¿O cuando soñamos? ¿Es que dejamos de vivir durante esas experiencias, también vitales? ¿No forma parte de este mundo en el que habitamos la experimentación cada vez más frecuente de lo que no tiene presencia física ante nuestros ojos, pero impresiona también nuestros sentidos? ¿No llega a emocionarnos también? ¿No nos permite tener la impresión de que todo ha sido real? ¿No ha pasado el tiempo y nosotros en él y con él?

Hay personas (tal vez este mundo del que hablamos esté contribuyendo de forma inapelable en ello) con escasas habilidades personales y sociales. Con serias y complejas dificultades para establecer relaciones. Sobre todo, de carácter sentimental. Y viven, probablemente, un panorama desolador, triste, árido. Y muchos, probablemente, han intentado resolver ese desajuste, por expresarlo de alguna manera, desplazando sus esfuerzos a la búsqueda, más o menos esperanzada, de las webs de citas. Personas cada vez más solitarias, con crecientes dificultades para conectar desde el punto de vista sentimental, escondidas tras la pantalla de su portátil, anhelando una luz al final de ese erial en que se ha convertido su vida. Un panorama yermo, baldío… Y, claro, una opción como esta, ligada a la posibilidad de tener contactos con alguien que realmente no existe pero que termina existiendo, es decir, estando, pues no deja de ser una alternativa “entendible”. Y tengo que insistir en una idea antes expresada. ¿Es o no una experiencia real para esa persona recibir mensajes, llamadas y hasta poder tener conversaciones con su chico o chica virtual? Antes diríamos novio o novia… ¿Resulta satisfactoria esta realidad para quien la vive? ¿No la está viviendo en realidad?¿No tendríamos que preguntarles a los usuarios de estas aplicaciones sobre en qué medida les hacen sentirse mejor, más integrados, mejores personas incluso…)

Con absoluta sinceridad, diré que la idea, desde el punto de vista conceptual y de impacto en nuestra maltrecha humanidad, me da una grima tremenda. Me inquieta y produce pena. Y desasosiego. Y me trae a la memoria la película Her (2013): en un futuro cercano, Theodore, un hombre solitario a punto de divorciarse que trabaja en una empresa como escritor de cartas para terceras personas, compra un día un nuevo sistema operativo basado en el modelo de Inteligencia Artificial, diseñado para satisfacer todas las necesidades del usuario. Para su sorpresa, se crea una relación romántica entre él y Samantha, la voz femenina de ese sistema operativo. ¿Hacia dónde vamos? Y ya de paso, ¿dónde estamos?


Pero las cosas son como son, y no obstante, lo dicho, si tuviera que contestar con un o un no a la cuestión de si recomendaría a un amigo o amiga mía emprender una travesía de esta naturaleza, con sinceridad, casi con toda seguridad acabaría contestando, ¿por qué no? Porque he de reiterar esta idea. No solo he de preguntarme quién soy yo para juzgar a quien crea, diseña e incorpora al mercado este tipo de productos, Sino, sobre todo, quién soy yo para dar lecciones de deber ser, y hacer, a quien entiende que necesita de programas y aplicaciones de esta naturaleza para sentirse mejor en su vida. Y sentir una plenitud, sí, plenitud, que nunca ha llegado a encontrar y palpar en su cotidiano hacer y vivir. Porque, hay que insistir, ¿qué es real y qué no? ¿Quién valora? ¿Quién decide?

12 de septiembre de 2017

Entre paréntesis RNE

Recursos para la elaboración de programas contra el acoso escolar en los centros educativos


El punto de inflexión

José Antonio Luengo

¿Cumplir años le hace a uno estar más sensible con lo que pasa y le pasa en la vida? ¿Le hace estar más atento? ¿Más curioso, tal vez? Pues no lo sé, la verdad. Lo cierto es que transita uno por un momento en que casi cualquier cosa le hace pensar en un buen número de cosas e ideas sobre lo que podría decirse de lo visto o escuchado; de lo leído o vivido. Puede que tenga que ver con la emergencia de cierta suerte de estela, traza, huella  o depósito que van dejando las experiencias que uno vive o vivió… Sin desdeñar las que sabe o conoce de gente cercana, de lo que extrae de una conversación, de una lectura o una película, de algo que le cuentan o percibe casi desde lejos. Creo que sí. Tal vez cumplir años, partiendo ya de un buen número de años[1], te hace merodear en torno a un escenario mental curioso y parlanchín que escruta tu mente, la refresca y, a menudo, la eleva y nutre. La remueve y mueve; a otros planos, desde otras miradas. Diferentes. Y distantes. Divergentes también

Que me perdonen los más jóvenes. Que me perdonen, por favor. Nada más lejos de mi intención que argumentar que para pensar de manera diferente tienes que ponerte a cumplir años como un poseso, casi como si te fuese la vida en ello… Que no, que no es eso. Pienso, no obstante, que ver pasar la vida, superados ya ciertos hitos, ciertos jalones, te hace centrar la atención con más facilidad en el lado lúcido de los hechos, aquel que descubre siempre la mirada secreta de ciertos porqués. Alumbra una especie de lupa que ve con más certeza lo peculiar de cada cosa, de cada escena, de lo que pasa y vemos. Y con más tranquilidad ve también lo relativo que resulta casi todo. Lo cierto, dudoso y falso que hay en cada idea, cada afirmación, en todo hecho, en cada una de las acciones que esculpen nuestra vida y la de quienes están a nuestro lado, más o menos cerca, más o menos integrados, y presentes, en nuestro corazón y mente. Y alma.

Debe ser eso que llaman madurar. Así suena bien. Utilizamos este término para referirnos al proceso que permite crecer, evolucionar, florecer, fructificar…Y se utiliza mucho cuando hablamos de infancia y crecimiento, de desarrollo humano en general. También, y mucho, cuando hablamos de ciertas edades, más avanzadas. Hombres y mujeres maduros. Esos que se encuentran en un estado de casi completa evolución personal, cercanos más bien a que la flor, esa que floreció, acabe por desprenderse poco a poco, cumplida ya su función. O funciones. Bueno, no son incompatibles, ni mucho menos, estas acepciones o lados del concepto.

Así las cosas, no estimo equivocado afirmar que, en edad madura, pongamos desde los cuarenta en adelante (es un suponer), se han visto y experimentado muchas cosas ya. Y la vida, en general, te ha situado, sin perjuicio de los terribles avatares que en ocasiones vuelcan tu existencia, en un estado de cierta estabilidad. Estabilidad de pensamiento, al menos. Vapuleado el espinazo en no pocas ocasiones, curtida el alma por sinsabores, desencuentros, decepciones y tristezas. Pero, y esto es especialmente importante, sazonada también por mil y un momentos mágicos, vividos hace tiempo o hace nada, hoy incluso. Momentos que han iluminado nuestros ojos, han hecho crecer esperanzas, ilusiones y alegrías. Momentos que han granado nuestra vida, la han hecho florecer, pintado y coloreado. Y salpicado de millones de mariposas en el estómago, de sueños diurnos, de sonrisas de corazón abierto. Cuántos buenos momentos. Valdría la pena tenerlos registrados, como quien registra sus posesiones, como quien anota sus movimientos de cuenta corriente. Como quien hace la lista de la compra. Cada día, cada semana…

Y esto, pienso, es algo que debemos, que podemos aprovechar. Antes o después. Antes o después de momentos críticos, esos que te sitúan en cierta encrucijada, en cierto cruce de caminos, de opciones, de perspectivas. Porque la experiencia te debe permitir estar mejor. Y no peor. Porque lo vivido tiene que haberte enseñado. Y tú, claro, debes haber aprendido. A leer las cosas de otra manera, a sopesar, a responder antes que reaccionar sin más.

La vida de un ser humano está sembrada de hitos, de jalones que suelen marcar un antes y un después de éstos. Más o menos significativo en tu vida, pero significativos al fin y al cabo. Ejemplos hay muchos, empezando por el propio nacimiento. Y, con él, el primer susto morrocotudo. La vida parece que se nos va. Acostumbrados a vivir en un mundo acuático, la vida se nos presenta en forma de aire a respirar, así a las bravas. Y la sensación de apnea acaba por permitirnos romper a llorar, sobresaltados por la experiencia de lo nuevo y, claro, en principio, amenazador. Vienen mil momentos críticos con posterioridad. Ser capaces de desplazarnos, primero reptando, gateando luego, de forma bípeda al final. La base de sustentación amplia, piernas abiertas, brazos más abiertos aún. La boca abierta, también, y los ojos, claro. Allá vamos. Y también, por supuesto, los primeros golpes, las primeras costaladas. Y el oportuno llanto, de susto, de alarma, de sobresalto inconsolable… Vendrán luego otros, como la primera separación duradera de los brazos de nuestros padres, el nacimiento de un hermano y el sufrimiento de sentirse desplazado, destronado. Vendrán más tarde otros, otros muchos, como tu cuerpo adolescente en plena efervescencia, o el primer amor, el correspondido y el despechado; o salir de tu casa, para siempre; sentir en tu cogote la necesidad de cuadrar ingresos y gastos  por primera vez, la vida en pareja, y, luego, también, la rutina de vivir en pareja… El nacimiento de un hijo, sus primeros pasos, sus brazos abiertos, sus piernas abiertas, sus ojos como platos. Y sus primeras caídas y golpes. Sus enfermedades y los sobresaltos que connlevan. Y también su vida, su pequeña vida a todo ritmo, capturando la existencia a borbotones, absorbiéndola. Y, a veces, desgraciadamente, hitos ligados a la enfermedad, y lo que queda después. La desaparición de los que queremos. La sensación de quedarnos sin suelo, sin raíces.

Momentos que siembran nuestro camino en la existencia. Y que nos cambian. Nos tumban, en ocasiones, nos impulsan en otras. ¿No merece la pena aprender?¿Y estar mejor? No es inteligente volver la vista atrás para encontrar, con más facilidad, el camino que te haga todo más amable? ¿Y sencillo? ¿Intentar, tal vez, estar bien allá donde uno acabe estando? La vida nos coloca ante situaciones que, en su esencia, pueden actuar de motor de cambio y evolución. De cambio hacia espacios más luminosos, y sosegados. La vida nos sitúa, antes o después, ante señales, ante hechos y circunstancias que pueden cambiar tu vida. Que la cambian, de hecho. Puntos de inflexión, podríamos llamarlos. Escenarios de curvatura, experiencias de cambios de rumbo, de dirección, de sentido, a veces.

Puntos de inflexión. Un antes y un después, decimos. A determinada altura de la vida, que puede ser siendo uno joven, que conste, uno se enfrenta o enfrentará, tiene que hacerlo, con un reto singular en la vida. Un punto de inflexión personal, no transferible, aunque sí visible a los demás. Un hito que te permitirá  alcanzar lugares no transitados hasta ese momento o, más bien, perderse en oscuras grutas del destino, del pasado y del propio futuro, ominosas, aburridas, incluso despreciativas. Me refiero a ese momento en que uno se da cuenta de que, coincidiendo con que el paso del tiempo, éste, el tiempo, y las experiencias vividas, le han ido haciendo más conocedor de las claves que mueven muchas cosas, del statu quo de las mismas, de su ir, venir y devenir en el agitado ritmo de la vida. Las cosas mismas van apareciendo más entendibles y, por tanto, más claras ante sus ojos y en su mente. Ese momento, que no es un instante (aunque a veces puede parecer que lo sea) sino, más bien, un proceso, representa, a mi juicio, un momento clave para decidir, de modo consciente, dónde quiere situarse ante y como respuesta a las cosas que ve y vive, que experimenta y siente, con qué mirada, con que opción y perspectiva, con qué actitud. Con qué corazón, también.

Mirar las cosas, apreciarlas, sentir que están ahí. Las cosas, las personas, las situaciones. Están ahí,  surgen y se despliegan. Y las vemos, o escuchamos. O nos las cuentan, o las leemos. Y nuestra mente bulle, se agita. Busca expresarse, juzgar, valorar. En ocasiones prejuzgar. Evaluar. No nos contentamos con analizar. Necesitamos diagnosticar, evaluar, tasar.

Tal vez, solo tal vez, sea preciso parar. Y volver la vista atrás. Y girarla otra vez hacia el objeto de nuestra mirada. Y pensar. Pensar. Esperar. Comprender. Antes de respirar, incluso. Por supuesto, antes de juzgar (si es que hay que juzgar, que lo dudo) Y ser flexible. Flexible en la observación; en la lectura e interpretación de las cosas. De lo que ocurre y por qué ocurre. De lo que surge y por qué surge. La vida vista desde el lado más amable, lejos de la captura de los hechos como si mi juicio sobre ellos fuese imprescindible. Huir, como alma que lleva el diablo, de la actitud gruñona, intolerante,  malhumorada. Sonreír, calmar, calmarse: Dulcificar la óptica, la observación, la mirada crítica. Templar el ánimo. Y dar la mano, Tender la mano. Escuchar antes que hablar. Pedir opinión antes que darla siempre. Templar el tono, también. Y el gesto. Y la postura. Opinar, sí. Claro. Pero con la humildad como alimento, como nutriente básico de de ésta. La humildad que la vida va sembrando en cada experiencia. En silencio. A veces pisoteada, más o menos conscientemente.

El punto de inflexión definitivo. La vida desde el lado más amable y flexible. Y, por tanto, más cercana al momento feliz, espontáneo, afable, casi inocente. Tal vez sea la mejor manera de situarse, de mirar el presente, nuestro presente, lo que nos llega y estimula, incluso lo que  incomoda, lo difícil, lo que no encaja, lo diferente, lo divergente. Alejarse de por vida de lo amargo, de lo que nos consume y genera odio. Éste, el odio, lejos. Muy lejos. La comprensión, cerca muy cerca. El aliento al que se equivoca. Paciencia cuando tardo, cuando me lío, cuando tardan, cuando se lían... La escucha amable, la sonrisa próxima. Lejos los cascarrabias, el enojo fácil, la riña por todo. Muy lejos. Y sensible con tus equivocaciones. Que surgen y van a surgir. Estas van a seguir enseñándote. Que, entre otras cosas, no eres quien crees ser. A pesar de lo que crees conocerte. Que puedes meter la pata de manera insondable. Y que, si es así, si ocurre, vuelve la mirada hacia con quien has sido injusto, a quien no has tratado bien, a quien has faltado al respeto. Y sé lo más humilde que puedas. 

Pero no dejemos de indignarnos, por supuesto, con la la injusticia, con los injustos. Y actuar; eso, ¡siempre!






[1] Porque lo que es cumplir años, sumarlos a las espaldas o espalditas, lo hacen todos, todos los que formamos el aquí y ahora de los vivitos y coleando. Los cumplen los muy pequeños, los pequeños, los adolescentes, los jóvenes y los menos jóvenes. Y no en todos esos momentos de la vida se tienen tantas ansias por contar, recrear, recrearte… Al principio, y luego incluso, toca vivir. E ir formando esa huella.; la que luego te hará pensar, o decir, o escribir, o, simplemente, recordar.

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