30 de agosto de 2016

¿Deben los padres quebrar la intimidad de sus hijos en internet?

José Antonio Luengo

O dicho de otra manera, ¿deben los padres supervisar los que sus hijos hacen en internet? Esta es una pregunta trampa, a mi entender. Y muy general. Porque esconde elementos previos imprescindibles para poder responderla con criterio, argumentos y explicaciones suficientes. Habrá que decir, como casi siempre, depende. La propia palabra vigilar habría que contextualizarla, si no arrinconarla. Hay quien a esto le llama, incluso, violar la intimidad. Vaya por delante que conocer lo que nuestros hijos e hijas hacen en su vida es imprescindible. Y preguntar, mal que les pese muchas veces. Y leer su vida a través de determinados indicadores. Y es inherente al ejercicio de la patria potestad que los padres deben mimar de modo especial. Patria potestad que, según nuestro Código Civil, invoca deberes de trato, cuidado, protección y educación hacia los hijos, imbricados, por supuesto, en derechos tasados para poder llevar a efecto sus responsabilidades siempre en interés de los hijos, de acuerdo con su personalidad, y con respeto a sus derechos, su integridad física y mental. Por lo tanto, plantearse si deben o no los padres saber cómo se comportan sus hijos en internet, a qué contenidos acceden, cuánto y cuándo lo hacen, y, en su caso, con quién lo hace, no tiene mucho sentido. Más bien ninguno. Pero vayamos por partes.



Educar no es cosa fácil
En primer lugar, habría que insistir en una idea básica. Educar requiere tiempo y disposición para estar, dialogar, explicar, orientar. También, claro, para decir no. Muchas veces. Y dejar claro que no basta, nunca debe bastar, pensar que voy a hacer esto a aquello porque yo lo valgo. Educar requiere interés e intención de abonar el terreno para la maduración y la construcción de la personalidad, en compañía y al son, también, de los conflictos, de los malos momentos, de las caídas y recaídas. De los errores, que tanto ayudan a crecer. Y educar, requiere, también, por supuesto, supervisar, revisar, observar, controlar. Pero, en serio, ¿alguien puede dudar de esta responsabilidad? En ningún caso seríamos capaces de ejercer adecuadamente nuestra tarea como padres sin desarrollar adecuadamente ese compromiso, obligación, deber o cometido.

Y estas responsabilidades para educar saludablemente y ayudar a crecer deben llevarse a efecto en el contexto del propio desarrollo de nuestros hijos, de su comportamiento cotidiano, en casa, en la calle, la escuela, con los amigos. Y, por supuesto, en el escenario virtual al que acceden, cada vez a más temprana edad; entre otras cosas, por el descuido, más o menos interesado, con el los adultos les facilitamos el acceso a dispositivos y entornos digitales, no solo antes de tiempo, probablemente, sino también conscientes de que su uso va a adolecer del adecuado control y conocimiento por nuestra parte. El reto para afrontar adecuadamente esta tarea se sitúa claramente en conseguir el equilibrio adecuado y suficiente en la supervisión que facilite afrontar el desarrollo de la autonomía de nuestros hijos. Y que les permita amueblar bien su mente,  encontrar el sugerente y complejo tránsito entre la imposición de normas por parte de los otros (heteronomía) a la capacidad para autogestionar de manera autónoma y razonable los principios esenciales que guían el comportamiento con uno mismo y con los demás. Empezando por nuestro modelo de comportamiento.

El entorno virtual también es vida real
En segundo lugar, es necesario advertir que esta tarea de ayudar a nuestros hijos a leer el mundo, a situarse en él, a comprender el porqué de las cosas y a cuidar lo que hacemos con nuestra vida y cómo nos comportamos con los demás, es especialmente relevante cuando nos referimos al mundo digital, al entorno virtual; a  esa vida, que también es real, en la que se ven inmersos nuestros hijos con o sin nuestro conocimiento, con o sin nuestro consentimiento, con o sin nuestro control y supervisión. Las dificultades que la mayor parte de los padres y madres tenían hace ya unos años para desarrollar esta tarea se asentaban de modo expreso en una suerte de brecha digital que hacía prácticamente imposible a los mayores adentrarse mínimamente en lo que sus hijos, que accedían a dispositivos, aplicaciones y redes con el beneplácito ingenuo de sus padres, hacían, veían, o decían. Este obstáculo ha variado significativamente sus características y parámetros y, hoy en día, en términos generales, los padres y madres de chicos y chicas menores de 12-14 años, por ejemplo, se manejan más o menos, en el mundo digital. Y cuanto más pequeños son sus hijos, más opciones para guiar, orientar y educar adecuadamente en estos asuntos tienen los padres. No tenemos hoy en día demasiadas excusas para supervisar y hacer lo que tenemos que hacer. Que es conocer en qué están nuestros hijos. Y hacerlo con tranquilidad, sin sentimientos de culpa o vergüenza, sin remordimientos. Cuanto más a la cara, con respeto, por supuesto, hablemos de nuestras responsabilidades con ellos, sin gritos ni estridencias, mejor. Preferentemente esto, más que vigilar o espiar sin más.

Qué y cómo hacer, depende de algunas cosas
En tercer lugar, es necesario señalar que el cómo afrontamos la labor de la supervisión debe depender de variables específicas: (1) Por un lado, la edad de nuestro hijo o hija. No hace falta insistir mucho. Pocas dudas, a mi entender, a la supervisión y el control, incluso a escondidas a veces, del comportamiento de nuestros hijos menores de 12-14 años. Lo preferible, en cualquier caso, es el diálogo y las negociaciones y acuerdos previos. Vamos a hacer esto y, preferiblemente, lo vamos a hacer juntos, según lo pactado. Hablar en estos tramos de edad de intromisión en la intimidad me parece una exageración. Toda vez que la responsabilidad que tenemos de educar y educar bien requiere control y supervisión. Pasada esta edad, entre los 14 y los 16 años, tendríamos que recoger los frutos de una manera de estar con nuestros hijos, de la claridad con la que hemos hablado con ellos sobre el conocimiento que debemos tener de sus actividades. El derecho a la intimidad, como la autonomía de nuestros hijos, debe ir creciendo progresivamente. Y es cierto, parece razonable, que en estas edades hemos de ser más sutiles; pero utilizando sin cortapisas el diálogo y la argumentación franca. Y el equilibrio que debe existir. Entre el respeto que tenemos a su intimidad e creciente autonomía y la necesidad de seguir cuidando su desarrollo. En todas las facetas de su vida. Nuestros hijos tienen el derecho a ir creciendo en autonomía, en la expresión de sus opiniones, determinadas decisiones… Y también en intimidad, incluido, lógicamente, el derecho creciente a relacionarse con amigos o compañeros sin el control permanente, a cada paso y experiencia, de sus padres. Y a mantener sus conversaciones, hablar de sus cosas, ver desarrollarse sus aficiones, gustos e intereses individuales. Y hemos de entender también como padres que estos procesos son imprescindibles en un crecimiento sano. (2) Por otro lado, el cómo desarrollemos esta tarea de supervisión-control dependerá también de las características personales y los hábitos de cada niño o niña y del entorno en que se desenvuelve. Habrá casos en que la tarea de control sea imprescindible y explícita, y otros en los que pueda llevarse a efecto mucho más ténuemente. La experiencia nos muestra, sin lugar a dudas, que existen situaciones que requieren estar encima, con toda la prudencia, pero estar encima. Y especialmente, claro, en situaciones en las que se haya detectado alguna situación de riesgo. En estos casos, el balance entre intimidad y supervisión debe inclinarse claramente hacia esta última. (3) Y también dependerá de nuestras propias características personales como padres o madres; de nuestra singularidad. Del conocimiento, mayor o menor, que tenemos de los escenarios del mundo digital, de nuestro propio modelo de comportamiento en el mismo, de la importancia que hayamos dado al diálogo en el cotidiano ser, estar y hacer con nuestros hijos desde pequeños. De cómo hemos orientado su acceso a este mundo, de cómo nos movemos nosotros en él y cómo ven nuestros hijos que hacemos.



Todo esto no es tarea fácil. Pero sí necesaria. Mirar para otro lado es una irresponsabilidad. Entre otras cosas, que puede acarrear responsabilidades no pequeñas tasadas desde el punto de vista jurídico. Y un riesgo. Asentarse en el espionaje, creo, también. El reto, educar en y desde el diálogo, la confianza y la mirada transparente. Sin miedo.

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