20 de julio de 2014

Amigos...

Amigos…
José Antonio Luengo



Hay amigos y amigos. Amigos de la infancia, de aventuras juveniles; hay amigos que se hacen mientras trabajamos… O mientras practicamos alguna actividad deportiva o lúdica más o menos regularmente… Hay amigos de amigos; que acaban siendo, también amigos. Amigos casi de una noche o de unas vacaciones; experiencias que surgen y unen más de lo uno pudiera imaginar. Momentos difíciles o, por el contrario, especialmente bellos. Que unen de manera insospechada. Hay amigos que, la verdad, sería mejor dejar de sentirlos como tales. Y de verlos. Mantenerlos lejos. Muy lejos. Y amigos en las redes sociales, algunos ya amigos, o no, y otros que quieren serlo o que aceptan nuestra solicitud de contacto y comunicación. Y también, otros más íntimos, de internet. O, mejor, por internet.

Ya sé, ya sé… Algunos de estos amigos no lo son en realidad. O no son lo que parecen. Y, consecuentemente, no deberíamos llamarles como tal. Pero lo hacemos de ordinario. Cuando hablamos, o recordamos, o citamos, o señalamos. Especialmente cuando interesa que nuestro interlocutor sepa que les conocemos. Y que podemos contactar con él. O con ella, vamos. Que tenemos su teléfono. Que, a veces, compartimos cañas o algún vino que otro. Pero sabemos que, realmente, no son amigos nuestros. Y no somos sus amigos. Pero hemos de hacer un ejercicio consciente para trazar esa línea, la fina línea que separa de una manera clara quiénes son y quiénes no son nuestros amigos. Lo curioso del asunto es que no siempre nos salen las cuentas. No nos salen los números. Miramos los dedos de una mano abierta y parece como si una fuerza invisible impidiera que uno a uno fueran levantándose en esa suerte de cuenta de niños que tanta atención concentra. O puede concentrar. Y, claro, en ocasiones, hacemos laxas las categorías. No queda bien, contigo mismo, eso de no llegar a terminar de abrir una mano. Y, casi, acabamos mirando hacia otro lado y terminar el jueguecito a la mayor brevedad. Que no están los tiempos para muchas frustraciones. Ni malos rollos. O tristezas.

Hay amigos de la infancia, decía al principio. Esos que aún sigues viendo, claro. Porque los que viven en las fotos sin que hayas sabido de su vida son otra cosa. O mejor, fueron. Fueron amigos. Pero dejaron de serlo. Incluso, en algunos casos, nos cuesta recordar sus nombres mientras nos vemos junto a ellos con esa ropa, con esas caritas, con esa inocencia. Desconocedores de todo lo que se nos venía encima en la vida. Pero nos gusta verlos; ahí, junto a nosotros mismos, en una instantánea que retrata un momento, un instante irrepetible de nuestra vida. Y sonreímos con dulzura cuando alguien nos señala y recuerda su nombre. En ese momento su vida cobra eso, vida. Y mil anécdotas surgen sin parar. Como si el nombre resucitase del sueño a esos personajes que, seguro, en alguna medida, contribuyeron a que hoy seamos como somos. 




¡Y qué ganas expresamos de volver a verlos! De esas, de las ganas, aparecen, en no pocas ocasiones, emplazamientos e iniciativas que burlando la edad, arrugas y apariencia, acaban por reunir a personas que hace más de treinta años que jugaron juntos. Y que fueron amigos. Muchos, de verdad.

Hay amigos, decía también, que nacen en el trabajo. Y es normal. Muchas horas. Muchas juntos, en situaciones complejas a veces. Rutinarias otras. Divertidas algunas. Comer juntos. Unas cañas tras la jornada. Algún que otro gin-tonic. Cenas de empresa. Comidas, cenas y saraos en Navidad. Y a veces pasa lo que pasa… Los amigos del trabajo tienen fuerza normalmente. Unen los intereses, los asuntos cotidianos, las filias y fobias de cualquier empresa o grupo. Unen las horas juntos, las miradas cómplices, el cigarro que algunos se hacen juntos de vez en cuando. Las críticas unen. Al jefe, a los otros. Y las alianzas con otros. Une la edad y los problemas parecidos. Une escuchar que a otros les pasa como a ti. Une la sonrisa de él o ella. Une conocer a alguien que, definitivamente, te interesa. Te hace aprender. Te ilustras. O te hace reír. Él, o ella, con quien te sientes bien, transportado. A veces mucho.


Surgen los amigos en las fiestas, en el deporte, en los bailes, en las actividades lúdicas que completan nuestra cotidiano y rutinario vivir. Une el baile, el gimnasio, los grupos de senderismo o bicicleta. Unen los patines en el Retiro. 





Y, claro, comentaba también, vienen los amigos de Internet. Están ahí. En situaciones parecidas a las nuestras. Esas que nos impulsan a probar suerte, y ver qué pasa. ¡Y que pase, por favor! Eso está bien. No sé por qué sigue habiendo gente que critica esta forma de hacer amigos. Cada uno los hace como puede y sabe. Y cuando puede y sabe. Solo faltaría. Algunos de estos amigos se convierten, salvadas ciertas probaturas y experiencias, incluso de validación de identidad, rostro e incluso nombre, en medias naranjas. Y ello les colma de felicidad. E insisto, está bien.

Pero hay muy buenos amigos. Ésos que hacen que los dedos de la mano se alcen orgullosos. Los que te quieren y se interesan por ti. Los que nos buscan nada. Solo tenerte cerca, quererte, reír contigo. O llorar contigo. Los que enjugan tus lágrimas y se alegran de tus buenos momentos y alegrías. Los que llaman y preguntan por ti. Sin más motivo que ese. Pero, ¿hay motivo más bello? Preguntar por ti ¿Cómo estás? “Quería saber de ti, oír tu voz, saber que estás bien…” Hay amigos a los que hace años que no ves. Y explota el mundo y la vida cuando os veis. Y os cuesta separa vuestros cuerpos cuando os abrazáis. Esta amistad requiere cierto grado de reciprocidad, de equilibrio. De deseo mutuo, de interés mutuo. Y sincero. Se reclaman ambos. Se citan ambos. Se llaman ambos. Y la explosión es grande en la fusión. De ese abrazo. Ya sabes, ese de los que uno piensa que no va a terminarse nunca.

Pero, ojo, hay, también, amigos del alma. Ésos que aparecen en nuestra mente cuando, mirando nuestra mano, observamos encantados que un dedo se mueve. Son, eso, amigos del alma. Y, por tanto, escasísimos. Pero bellos e inexplicables. Son nuestras almas mismas. Almas gemelas. Saben dónde estoy y qué soy. Qué quiero y qué anhelo. Qué rechazo y qué ignoro. Porque, en el fondo, son, casi, nosotros mismos. Mejor incluso. Porque nos ven desde esa barrera que ilumina las dudas. Que aclara lo nublado. Son nosotros sin serlo. Y, claro, son nosotros, pero mejorados. Nos fundiríamos con ellos. A veces, es cierto, incluso nos fundimos. Hombre o mujer, joven o maduro. ¿Y qué? Nos fundimos porque, de hecho, somos casi uno. Siempre están en nuestra mente. Dan luz a nuestras diatribas. Escuchan nuestros desvelos. Tocan nuestro rostro maltratado. Y lo hacen sin si quiera estar a nuestro lado. Esa es la magia de su alma. Mi alma gemela. Nuestra alma gemela. Dan su vida por nosotros. Y nosotros la nuestra por ellos. Suerte de aquellos que noten que un dedo se mueve. Al menos. Voy a decirles ahora mismo, a mis almas gemelas, a quienes forman parte inseparable de mi vida, que les quiero. Que les quiero. Lo voy a hacer ya. Con ellos el abrazo dura siempre. Y te calma el alma.






2 comentarios:

  1. Ay, Jose Antonio! Nos tenías abandonados con estos textos tan increíblemente “enganchantes” que siempre nos mueven lo más íntimo de nosotros mismos. Me has obligado a hacer un repaso de mi vida mientras leía el texto. No sé si me gusta lo que he visto: ¡Cómo vamos cambiando a lo largo de la vida: de amigos, de maneras de pensar, de inquietudes…! Yo, particularmente, no me puedo reconocer en el niño que un día fui. Sin embargo, aunque uno cambia física y mentalmente a la vez que la sociedad, afortunadamente ahí están los amigos, siempre a nuestro lado. Buen punto de referencia. ¡Menos mal! Cuando van surgiendo nuevas amistades, nuevas sensaciones por descubrir se suelen abrir ante nosotros. ¡Es una gozada y más que enriquecedor conocer nuevos amigos! El género humano es el único animal capaz de tener y cultivar amigos, el resto de animales se lo pierde, pobrecitos… ¡Aprovechemos pues esta característica tan humana! José Antonio, gracias por tu texto de hoy. Hasta el siguiente!!!

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  2. Mis saludos a los que se acercan a este tipo de reflexiones que la rutina deja para momentos de soledad o de falta de actividad.

    AMIGOS, que palabra tan enorme; me da pudor, por lo pobre que me siento, ser consciente, de que cuando levanto mi mano para contar los míos, pretendo desplegar mis dedos y ... surgen dudas de si son o no son, para definitivamente sentirme muy pobre en amigos. Con la de años que llevo en esta vida y ... ¡ tan pocos !

    Y el hecho de que pueda ser normal no es consuelo. Denota una postura miserable y huraña de las personas, racaneando en relaciones honestas que puedan derivar en una amistad.

    Tal vez no sea racanería, si no prudencia - exceso de ella - o miedo, saber que el camino hacia la conquista de un amigo supone asumir riesgos de desnudar no tus virtudes, que se ven sin que tú las confieses, y sí tus miedos, tus debilidades, tus inseguridades.

    Yo, nunca he temido reconocer mis aspectos grises cuando se trata de ir a la "caza" de un potencial amigo. La amistad se consigue con honestidad; y esta exige desnudarse y ... esperar a ver que pasa, si cuaja o no cuaja ...

    Gracias, José Antonio, por estimularnos estas reflexiones y otras, por el estilo,que no somos capaces de aprhenderlas con palabras.

    Hasta pronto.

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