30 de enero de 2014

Indefensión aprendida

Indefensión aprendida
José Antonio Luengo Latorre



Hace unos días me dieron una referencia en YouTube. Un enlace de los miles y miles que se cuelgan cada día. Sobre mil y una cosas. Hay de todo. Y algunas son de llamar la atención.  El enlace me llevó a un vídeo colgado hace ya tres años. Indefensión aprendida. Así se titula el vídeo. Apenas cinco minutos de lo más ilustrativos. 

Una profesora es capaz de inducir indefensión aprendida a un grupo de alumnos en sólo cinco minutos. Un aula, una profesora. Un grupo de alumnos. Una tarea sencilla. Cinco minutos. Suficientes para vivir en directo lo que, con toda probabilidad, forma parte de un buen número de malas prácticas en nuestra educación. En las aulas que ocupamos junto a nuestros alumnos y alumnas.

El concepto de indefensión aprendida fue acuñado y desarrollado por Martin Seligman, a finales de los 60. Y da cuenta de un estado psicológico y emocional en el que un sujeto llega a creerse incapaz de modificar, mediante su conducta, la situación poco placentera en la que se encuentra. Su lectura de la situación viene a situarle en un triste da-igual-lo-que-haga-que-no-voy-a-conseguir-salir-de-esta…

Seligman desarrolló sus primeros experimentos con animales, tratando de encontrar una clave básica de la conducta de abandono, de irse de la escena, o mejor, quedarse y dejar de hacer, dejar de probar, de intentarlo, cuando lo que hago no tiene ningún efecto positivo. Los resultados de sus experimentos fueron rápidamente aplicados a un buen número de situaciones en las que los seres humanos podemos encontrarnos con cierta frecuencia.

La teoría de indefensión aprendida se ha relacionado habitualmente con trastornos como la depresión clínica y otras enfermedades mentales resultantes de la percepción de incapacidad para controlar las variables y el resultados de una situación. ausencia de control sobre el resultado de una situación. Pero tiene un anclaje clarísimo en otros escenarios; alguno especialmente cercano a todos nosotros en la actualidad como el contexto político en una situación de crisis alarmante e interminable. No es infrecuente sentir, y expresar, eso de que haga lo que haga no puedo salir del agujero en que estoy metido. Millones de personas, de diferentes edades e incluso de entornos sociales diversos, han visto pasar ante sus ojos una especie de tsunami que ha terminado por engullirlos. Después de zarandearlos, de un lado a otro. Golpearlos y tumbarlos. Pisoteados y dejados, inexorablemente, a su suerte. Y así, en muy poco tiempo, han visto sus vidas sumidas en una especie de pozo insondable del que, pues eso, hagan lo que hagan, son incapaces de escapar. Las paredes húmedas, resbaladizas. El ojo de luz, lejos, muy lejos. Allá en lo alto. Donde se asoma gente que habla de aprovechar las oportunidades y de sueños. De esfuerzos y agujeros en el cinturón. En no sé que cinturón, por cierto. O sí lo sé. Para morirse, vaya. Algunos lo hacen.

La derivada de estas situaciones, en el caso de los que tenemos la suerte de no caer en pozos abisales (allá donde no llega la luz del sol, y la tristeza y el dolor arrugan la piel y el alma) es un síndrome también conocido; y fácilmente aplicable a este tipo de circunstancias: el síndrome de virgencita, virgencita, que me quede como estoy… Se trata de un estado, cercano al estado de shock. De conmoción adaptativa. De susto inacabable. Vamos perdiendo opciones, como ciudadanos y sociedad, y viendo cómo se escurren entre nuestros dedos, derechos y condiciones conseguidas tras muchos años de esfuerzo y dedicación. De muchos. Para muchos.

Y ocurre tanto y de forma tan fulminante que llegamos a nuestras casas con la sensación de que cualquier cosa puede pasar. No estamos en ese insondable pozo del dolor inacabable. Tenemos suerte. Mucha. Pero observamos (llevamos observando desde hace algunos años) un inacabable proceso de descomposición de tejidos esenciales en la organización social, desviando nuestro norte del razonable equilibrio social al que siempre hemos de aspirar como sociedad, como ciudadanos.

Y es ahí donde surge el síndrome citado. Como un conjunto de síntomas. Por ello es un síndrome. Síntomas que son poses, argumentos, posiciones ante la vida, miradas al exterior, o a nuestro interior… Interpretaciones. Argumentos. De tertulianos. Del tipo mejor me callo, o paso desapercibido. Mejor no me meto. O, incluso, síntomas aun más paradójicos. Como, por ejemplo, tampoco estamos tan mal, las cosas cambian (en este caso, para mal), tampoco es para tanto. O algunos especialmente crueles, como bueno, para eso está la economía sumergida…

Y el éxtasis del síndrome viene representado por la sensación de que cuando te devuelven la cuarta parte de lo que te han arrancado de las manos… ¡hasta tienes que alegrarte! Virgencita, déjame como estoy… Ese es el escenario. En ese contexto.

Pero el vídeo del que hablaba (que me he ido), tiraba hacia la educación. Hacia lo que trasmitimos, y cómo lo trasmitimos en las aulas. Hacia el complejo mundo de las relaciones entre profesores y alumnos. Al siempre difícil proceso en el que se desarrolla la enseñanza y el aprendizaje.

Llevo tiempo trabajando con alumnos de magisterio. Y resulta apasionante poder trasmitirles, explicarles, debatir con ellos sobre las funciones de los maestros y profesores en el día a día en las aulas, en las escuelas e institutos. Hablar sobre el fenómeno del fracaso escolar, o sobre la influencia del entorno familiar en los resultados escolares. Y sobre los resultados escolares, el éxito y el abandono prematuro. Sobre el absentismo. O mejor, los absentismos. Resulta interesante objetivar con hechos, números, estadísticas y comparaciones.

Y resulta un lujo poder reflexionar sobre el papel del docente en la enseñanza. Y en la educación. Y entiendo un lujo poder poner encima de la mesa la responsabilidad que atesoramos en las distancias cortas. En cada relación, casi en cada mirada. En cómo reaccionamos ante el error. En cómo tratamos el error, la equivocación. En cómo entendemos y trasmitimos la idea del éxito y del fracaso. En cómo abordamos el tropiezo, y la caída. En el valor que damos a las emociones en el proceso. En la necesidad de trasmitir confianza. Y afecto. En nuestro rol como educadores. Sí, también como educadores.

Entre los alumnos, cuando exploramos, con cariño y sensibilidad, no es infrecuente encontrar quien vivió, precisamente, la bofetada del rincón. El rincón de los torpes, de los que no saben, de los que no pueden. Y la crueldad de la profecía autocumplida. Y con ella, el puente de plata hacia ninguna parte. Camino del pelotón de los que nunca llegarán. Y ese alumno se atreve. Y lo cuenta en clase. Y expresa lo que vivió, lo que lloró. La sensación de no poder, de no saber, de no ser nada. Hasta que otro profesor, o profesora, supo mirar con otra perspectiva. Y ver así el nudo de las posibilidades. Hecho un ovillo. Triste y olvidado. Y sustentarlas en la confianza, en el apoyo, en el elogio, en la escucha, en el abrazo, en el apretón de manos, en la sonrisa cómplice. Y lo cuentan. A sus compañeros. Y a veces lloran. Y tras las palabras viene el silencio. Vuelven a su sitio en la clase. Y se sienten que debían decirlo. Contarlo. Ahora quieren ser maestros. O maestras. Esos días uno vuelve a casa con la sensación de haber contribuido, un poco. A que entiendan parte de lo que van a tener que estar pendientes. Muy pendientes.

El vídeo merece la pena. Cinco minutos. En ese tiempo somos capaces de trasmitir a nuestros alumnos que hagan lo que hagan va a servir de poco. Enseñar que-no-vas-a-poder no es, precisamente, algo inhabitual. Pensar en ello es imprescindible. Por nuestros alumnos y alumnas. Por nuestra profesión. Por la sociedad de la que formamos parte.







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