10 de agosto de 2013

La sonrisa, su sonrisa, tu primera sonrisa…


La sonrisa, su sonrisa, tu primera sonrisa…
José Antonio Luengo 


Sonreír es algo humano. Y aprendemos a hacerlo pronto. Mucho antes de lo que pensamos. Nacemos hechos un ovillo, sobresaltados por una fuerza interior que nos impulsa, por primera vez en la vida, a dar un paso. O dar el paso. De la cálida seguridad al desconocido mundo exterior. Ese que surge casi de la nada, pero que, ansioso, ha preparado nuestra llegada. Nuestra contundente y viva entrada. Porque se sale, pero, desde luego, se entra también. Se adentra uno en un espacio otro diferente, lleno de luces, sonidos estridentes, manos, rostros… Y, sobre todo, de miradas. De asombro, ilusión, esperanza, ansiedad. De ganas.

En segundos pasas a las manos de alguien; sostienen tu cuerpecito dolorido, escudriñando cada rincón del mismo, cada poro, casi. Te muestran al mundo, como algo mágico, nacido en otro mundo, uno preparado específicamente para ti. Y naces a este, este que te espera, Espectacular, ostentoso… Aparatoso. Y enseguida, casi enseguida, pasas a formar parte de él, pero, siempre, siempre, o casi, después de acunarte en los brazos de tu madre, quien te ha protegido, alimentado, cuidado, transportado y deseado durante más de nueve meses. Tu madre está ahí, tumbada, sudada, despeinada, doblada aún de dolor. Pero orgullosa, repleta de vida, de lágrimas, de sueños, de emoción y arte. Sí, de arte. Arte de tenerte, de traerte al mundo, de darte la vida. Las vidas. Las que te esperan. Todas ellas en una.

Te acogen y acunan sus brazos, sus manos y, por primera vez, ves su rostro, su mirada. Te come, te comería, te estrujaría… Ella te ha dado la vida. Ahora te ve. Y la ves. Os miráis, por primera vez. Y una conexión cósmica surge. La que alimenta nuestra existencia cada día. Sois, ya, inseparables. Ya se ha producido el milagro. El germen de todos los milagros. Ahora vienen los demás. 

Tu cuerpo te duele, te duele aún respirar, desearías volver adonde estabas, casi. Pero surge tu madre. Su mirada, su voz, su tacto, su olor. Y escuchas, sí, su corazón, el que te acompañó, el que te dio la vida. Ese que te tranquilizaba, ese motor. De tu existencia. Y entonces la vez, por primera vez.

Ves su sonrisa. Sobre todas las cosas, ves su sonrisa. Como en un sueño. En un sueño, que es lo que supone nacer. Su mirada y su sonrisa. Sus ojos, sus pestañas, su boca, sus dientes, su aliento. Pero la ves sonreír y todo está dicho ya. Esto funciona, te dices, tranquilizándote. Esto sí, así se hace. Conectas con su vida, a través de su sonrisa. Es vuestro lenguaje, ese primigenio. Es vuestro, solo vuestro. Te sientes aún aturdido, confundido, pero, la sonrisa, su sonrisa, te atrae. Se trata de la primera seducción. Es atracción, encantamiento, hechizo, lo que sientes. Esto funciona, esto lo entiendo, así sí, te dices.

El mundo es una fiesta a tu alrededor, suele serlo. Pero tú vives, ya, pendiente de su mirada y, especialmente, de su sonrisa. Porque te dice, te cuenta, te habla, de explica, te acuna… Te calma y protege. Te envuelve, en mil sueños. Reparadores. No, no, no me quiten su rostro, gritas. Pero no te entienden. No, no, por favor, no me desconecten, otra vez. No lo hagan. Es ella, lo sé, gritas. Es ella, sí. Ella es la única. La conexión está realizada. Cósmica, estelar. Porque y perteneces al cosmos. Y el código te ha sido mostrado. Es su mirada, y ese gesto, por Dios, ese gesto. ¿Qué es, que tanto me sosiega?¿Qué es, que me da tanta calma? ¿Qué es, que ya casi me dice quién soy yo?

Gritas sin parar. Pero no te entienden. Llora, dicen. Buenos pulmones, dicen. Y vas de un lado a otro, en brazos de otros. Mil maniobras surgen entonces. De unas manos a otras. Y tú gritas, sigues gritando. Quiero verla. Quiero verla otra vez. Por favor, devolvédmela, sigues gritando, implorando. Es un código eterno, que os conectará hasta el fin de los días. Un código, una señal profunda. De identidad mutua. Conjunta, interactiva. De construcción compartida, combinada. 

No tardarás mucho en volver a verla, y sentirla, cargando tus fuentes, tus propios códigos de vida. Alimentando tu existencia, dotándola de sentido, de seguridad, de afecto, sentimiento y emoción. De calma y sosiego. E escucha y comunicación, de seducción y magia. De confianza. De complicidad. No tardarás mucho, también, en responder con tu mirada, con tu sonrisa. Mucho antes de lo que los demás vamos a ser capaces de percibir. No tardarás mucho en hacer de ella, tu sonrisa, la llave de tu experiencia, la clave para descifrar el mundo. Porque es, ya, el lenguaje de tu alma (Pablo Neruda). El lenguaje total. Todo lo expresa, todo lo explica, todo lo calla, cuando quiere.



Unos días más, poco más de un mes y todos te buscan. Porque buscan tu sonrisa, deseosos de descifrar tu lenguaje. El del alma, Tu alma. Porque la sonrisa es eso, el código que une, nos une. Nos da la fe, casi. Hola, les dices, y ves que se les cae la baba. Tú sabes lo que dicen. Vaya si lo sabes. Qué poco saben de nosotros, te dices mientras miras sus caritas. Tu sonrisa es la llave, el código, la herramienta para poder ser. Uno mismo. Y con los demás.

Es la sonrisa, ese gesto, esa mueca. Que todo lo dice. Que habla, explica, casi clama. Que abre tu corazón. Al mundo. Se sale por tu boca. Con tu aliento. La comisura de tus labios. La maravilla de las maravillas, los primeros pliegues ahí. Pliegues de vida, de darse, de expresarse, de fantasía. La comisura de la boca. Tu sonrisa ahí, casi imperceptible a veces. Tu explicación del mundo. Tu conexión con el mundo, con los ojos, las miradas, las pestañas.

Ahí empieza todo, ahí empezó todo, dices, gritas… Con su mirada. Y su sonrisa. La más bella. La que me ató a su alma, para siempre.


Tengo que sonreír más. Es mi pequeño homenaje de hoy. Su sonrisa y la mía. Conexión cósmica. Inabordable. Inacabable. Para siempre. Tengo que sonreír más. Por mí, por los demás, por los que me acompañan, por los que quiero y no quiero, por los que pasan a mi lado, por los que, incluso, pasan de mí. Pero, insisto, también por mí.




5 comentarios:

  1. José Antonio:
    Tus palabras, su ritmo, la puntuación, la intermitencia de la ausencia de verbos que hacen más presente la acción, crean una incipiente, persistente, tranquilizadora y reparadora sonrisa. Comparto tu emoción. Gracias por recrearla, porque sí, o porque un nuevo ser te lo ha recordado. Disfrútalo y yo estaré haciendote compañía. Por puro placer. !.Por la vida!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Danieeeeeel!, qué bien saber de ti. Gracias amigo. Por la sonrisa, es decir, por la vida!

      Eliminar
  2. Ojalá todos los seres humanos tuviéramos más desarrollada la capacidad de sonreír. Parece que se nos ha olvidado esa característica tan nuestra y que nos distingue precisamente de otras especies. ¿No está de moda, quizás, el dedicar una sonrisa a las personas que nos rodean? ¿O puede que esté mal visto? Miles de problemas se solucionarían con una espontánea y verdadera sonrisa. Menos mal que todavía existen personas como José Antonio y gracias a sus reflexiones tan entrañables que nos regala (no tienen precio), que la vida se nos hace mucho más agradable y le dan otro sentido. Gracias, de nuevo, J.A.!!! ¿Y que decir de lo que supone una madre en la vida de una persona? ¿Hay algo que llegue más profundamente a nuestro interior que el amor desinteresado de una madre? Siempre nos apoyará, seamos como seamos, hagamos lo que hagamos. Es nuestra fan número uno. Si alguien encuentra algo que sustituya o sea superior a ese amor, que me lo cuente...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tengo que sonreír más, amigo. Y pensar en ello más. Un poco más si cabe. Muchísimas gracias otra vez, :)

      Eliminar
  3. Qué bonito José Antonio... me has emocionado. Vaya relato del parto, me hiciste recordar a la inversa lo que sentía yo cuando me alejaban de mis hijos. Un saludo y gracias por la mención en TW. (soy mamatambiensabe)

    ResponderEliminar

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.

Seguidores