8 de julio de 2013

Una vez en la vida


José Antonio Luengo


Al menos una vez en la vida… Hay muchas cosas que tendríamos que vivir, al menos, una vez en la vida. No es para menos. Vivimos sin parar. Ni de noche paramos. La mente sigue y sigue. Con su discurso surrealista, a veces, plomizo. O vívido y evidente en otras ocasiones. Pero elocuente casi siempre. Vivimos sin parar. Desde que nacemos se pone en marcha la maquinaria, dirigida por un cerebro que lucha denodadamente por capturar, comprender, adaptarse e interactuar con todo lo que se le viene encima. El factor sorpresa supone la gasolina de este proceso. Porque todo es nuevo. Una sorpresa que dilata nuestras pupilas. Porque impresiona, sorprende, abre y cultiva la curiosidad. Una mariposa que revolotea a nuestro alrededor se convierte, sin más, en el más preciado tesoro. Se mueve, vuela… Parece incluso que quisiera jugar con nosotros. Pero escapa cuando acercamos la mano. Hasta oímos su risa traviesa. No me pillas, te dice… El sonido de las cosas al caer, las voces de los nuestros, los rostros nuevos, montar en el coche, luces y colores. Sensaciones mil, todas ellas intensas, por desconocidas. Nuevas en nuestro mundo. Durante un tiempo.

Lo nuevo sigue surgiendo. Lo ya visto está ahí, también. Pero no acelera el corazón ya. Deja de hacerlo. Está registrado, inscrito. Reconocido como habitual. La mariposa no nos hace volver la mirada. O lo hacemos de soslayo. Y ella, no lo apreciamos, nos mira triste. Buscará otros ojos, otras miradas, otras mentes ávidas por su movimiento.

Pero, según crecemos, cosas nuevas surgen, experiencias de aquí y allá. Que sobresaltan y catapultan nuestro interés. Porque la vida es mucha vida. El mundo, mucho mundo… La existencia, mucha existencia. Lo apreciamos especialmente cuando el amor, y lo que trae consigo, hace acto de presencia. Ya somos adolescentes, dicen... El amor romántico. Surge de repente, de manera inesperada, brusca en ocasiones. Inunda nuestra vida. De emociones incontrolables. El corazón explota, alimentado por mil mariposas revoloteando. Es como una lección de vida. Dejaste de mirarme, de admirarme. Ahora te inquieto, de otra manera, te dice. El desasosiego anida y captura nuestro interior. Y no podemos quedarnos quietos. Ni dejar de pensar. Deseamos ver, estar, tocar, acompañar. Sin parar. Deseamos que el tiempo corra, vuele; para repetir, para revivir, para zambullirse… Y dejarse ir. Y, cuando estamos, deseamos que el tiempo se pare, que no pasen los segundos, que se detenga la vida, el mundo, que me dejen así, como estoy, a su lado, a su lado. Que no me toquen, que no me digan, que no hablen. Así, así, a su lado. Solo eso, por favor. Y que no se acabe.

Porque cuando se acaba ese momento mágico y extraordinario … Todo parece terminarse. Eso parece, al menos. ¿Será, habrá sido, un sueño? Es que no quiero que esto termine.  Y no paramos de movernos en la cama, inquietos, intranquilos. La desazón nos aturde. El teléfono surge como nexo, como cable, enlace en las ondas. Cuelga tú, no cuelga tú. Pero casi es una condena. Casi quedas peor al dejar de oír su voz. Pero eso era antes, claro. Ahora la condena tiene forma de terminal intergaláctico. Y nombre de escupitajo. Whatsapp[1]. ¿Qué pasa? ¿Qué pasa contigo? En versión de tonto enamorado, ¿cómo estás, cariño…? Todo ello diez segundos después de haber dejado de estar a su lado. Dime, ¿Dónde estás? ¿Qué haces? ¿Me echas de menos? ¡Te echo de menos! ¿Aún me quieres?

El tiempo pasa. El flujo y reflujo hormonal pierde influencia en el normal existir. Y las cosas, aparentemente, pierden intensidad fisiológica. La ebullición va quedando atrás. Y somos presa, progresivamente, del poder de nuestra corteza prefrontal. La función ejecutiva entra en escena. Poco a poco, pero entra. Y con ella, el valor de las reglas, del orden, del criterio, de la conciencia crítica. Se hacen planes, desarrollan programas, se evalúan resultados. Se analiza, se estudia, y se responde, más que reaccionar. Es el momento del establecimiento de metas, de la anticipación, de la autorregulación… La optimización de  procesos cognitivos al servicio de la resolución de situaciones complejas. Es el momento pleno de control atencional, la organización temporal de la conducta, el sentido de la responsabilidad hacia sí mismo y los demás o la capacidad empática. Atrás, pues, quedan (¿deberían quedar?) la inmadurez y la impulsividad, reflejo del poder ejercido por el circuito mesolímbico y de la dopamina en la adolescencia.

Poco a poco, la función ejecutiva toma el control. Pero, afortunadamente, no del todo. Porque el amor romántico sigue a su ritmo, disparándose por aquí y por allá. Como un resorte irresistible, el amor romántico acecha en cada esquina, burla los controles de la lógica, se introduce, sinuoso, por cada hueco, imperceptible. Y, a veces, no siempre, estalla, convulso, excitado. Impredecible. A cualquier edad. El amor romántico, afortunadamente, sigue vivo. Y guía, también nuestras vidas. No siempre, precisamente, hacia la felicidad. No siempre. Muchas veces hacia el más triste de los infortunios, de las desesperanzas. Pero una vez brotado, se hace imposible dejar de sentirlo. Imposible aplastarlo. Liquidarlo. Ni todas las fuerzas de nuestro flamante poder ejecutivo puede con él. El amor romántico envuelve, y nos vuelve tarumbas, atolondrados, medio locos. Nos funde en un mar de sentimientos incontrolables. Y confunde el intelecto. Lo hace quebradizo, delicado. No sirven los planes, la anticipación. No valen las certezas. ¿Qué son las certezas? Solo soñar, pensar, querer, amar, desear. Solo queda la emoción por, otra vez, ver, estar, tocar, acompañar. Sin parar. Desear que el tiempo corra, que vuele; para repetir, para revivir, para zambullirse… Y dejarse ir. Dejarse ir. ¿Dónde? ¡Qué más da! Porque lo ejecutivo no funciona. Lo hace, funcionan, la emoción y el sentimiento. Y lo hacen a todo ritmo, intensos, como si nuestra vida dependiera de ello. Tal vez sea así.

Lo emocional domina, otra vez. Afortunadamente lo hace. Incluso en tierra enemiga. Lo ejecutivo amenaza con entrar, con irrumpir, con sus reglas, sus cartabones, sus calibradores. Lo intenta sudoroso, enojado, embravecido. Lo intenta una y otra vez. Y una y otra vez tropieza, cae, se desmorona. Está en territorio hostil para la razón y el control. La atmósfera le asfixia. Y suele rendirse… y esperar mejor ocasión para intervenir.

Una vez en la vida deberíamos poder sentir así. Sentirnos morir de amor. Correspondido o no. Mejor el primero, pero. Sentirse morir. Porque, sentirse morir, por amor, es vivir. Vive. No hay otra. Ama. Y haz que cada experiencia, sin duda, sea única, aunque muera un día. Vive, ama, desea. Esas noches, las miradas, las manos que se tocan, los labios que se acercan y solo, solo, se rozan. El beso en la comisura de los labios, el perfume, suave, taladrando. Perforando todo. Inundando de eternidad el momento. Sentiré calor solo pensando en ti. Y mi corazón latirá otra vez. Vibrará, abrazará cada segundo. Acariciando el momento, aquel momento. Las manos, el tacto, la mirada. El mundo, en ese instante, puede esperar. Porque, ¿qué es el mundo en ese instante? Vosotros dos, uno casi. Casi un alma, casi un cuerpo. La comisura de la boca. Rozada. Casi sin sentir. Ya no se olvidará. No cambies nunca. Mi alma depende de ello. No habrá noche que no estés en mí. Aunque ya no estés. Esa es, o puede ser, el hechizo del amor[2]

La canción que Cole Porter dedicó a su mujer, Linda, representa un bello ejemplo del poder del amor… Sobre todo lo demás.  Un ejemplo. Una vez en la vida, al menos, sentirse así. Todo al final pasa, se acaba, se difumina. Pero el momento, los momentos, nos hacen inmortales. Y eso, solo eso, ya es mágico. Como la propia vida. Una vez en la vida, al menos. Sentir, sentirse así. Dejarlo todo, dejarse ir. Morir un poco cada vez. Para vivir siempre.



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Una canción para llevársela. Contigo


Every Time We Say Goodbye
Cole Porter

Everytime we say goodbye
I die a little
Everytime we say goodbye
I wonder why a little
Why the gods above me
Who must be in the know
Think so little of me
They allow you to go

When you're near
There's such an air
Of spring about it
I can hear a lark somewhere
Begin to sing about it
There's no love song finer
But how strange the change
From major to minor
Everytime we say goodbye

There's no love song finer
But how strange the change
From major to minor
Everytime we say goodbye




[1] A veces esta suerte de comunicación acaba en tortuoso control… Ejemplos no faltan. Y son de rabiosa actualidad.

[2] http://blogluengo.blogspot.com.es/2012/09/existe-el-amor-ocho-razones-para-pensar.html


1 comentario:

  1. me viene a la cabeza un poema de Lope de Vega, que viene a explicar qué pasa dentro de uno cuando se llena de amor:
    Desmayarse, atreverse, estar furioso,
    áspero, tierno, liberal, esquivo,
    alentado, mortal, difunto, vivo,
    leal, traidor, cobarde y animoso;

    no hallar fuera del bien centro y reposo,
    mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
    enojado, valiente, fugitivo,
    satisfecho, ofendido, receloso;

    huir el rostro al claro desengaño,
    beber veneno por licor süave,
    olvidar el provecho, amar el daño;

    creer que un cielo en un infierno cabe,
    dar la vida y el alma a un desengaño;
    esto es amor, quien lo probó lo sabe.

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