26 de mayo de 2013

Jugar a las chapas



Jugar a las chapas
José Antonio Luengo

De niño jugué mucho a las chapas. Un juego de amigos. Con mis amigos, reunidos en ese espacio mágico que deleita y abre la mente cuando la vida es una realidad para ser absorbida a borbotones. Eso es la infancia, un  tiempo, y un lugar, en los que el corazón se esponja y vuela. e un sitio a otro, impulsado por la necesidad de jugar, de saltar, de hacer... En compañía, con la alegría de estar con los tuyos, con tiempo por delante, en ese momento en que el ocio o las vacaciones tendían a acunarnos, protegidos de otros mundos, absortos en el disfrute, la alegría compartida, la imaginación, la ilusión por estar y hacer con los otros, en la calle, dejados a un lado los libros, los deberes y otras presiones.

Las chapas, además de un juego que trascendía las calles, barrios, pueblos y ciudades (todos los niños y niñas, viviéramos donde viviéramos, jugábamos a las chapas), supusieron también un contexto de curiosa investigación. Chapas de ciclistas o de futbolistas, chapas rellenas de plomo, adecuadamente aplanado y recortado, o de masilla utilizada en la época en las juntas de los cristales en las ventanas; chapas vestidas, también, de pasta de papel. Trabajadas en su base con un martillo (que alisaba cuidadosamente la superficie para facilitar su desplazamiento), o, simplemente, en bruto; abiertas como una flor, delicadamente, con precisos alicates, o limadas en sus bordes para favorecer un limpio y poco agresivo golpeo con el oportuno dedo; normalmente el corazón. En ocasiones el índice.


Un mundo de artesanía e innovación pensado y vivido para pasar el rato; el rato no, más bien las horas. Para reunirnos, hacer equipos, campeonatos, clasificaciones. Un mundo para la conversación también. Para seguir mejorando, haciendo nuestras las mejoras, los prototipos. Un mundo para estar juntos, en la calle, nuestra calle. La mirada y la voz, las risas y las carreras, como espacio para la relación, y la comunicación. Y para aprender juntos, muchas cosas. 

Hace poco han caído en mis manos unas fotos familiares. En ellas aparezco jugando a las chapas en la compañía de mis hermanos. Los recuerdos de la infancia se nutren con las fotos; de ellas surgen, otra vez, los colores, los olores, las sensaciones, las risas del momento. Un momento único, irrepetible. Cargado de imágenes en paralelo. Y de sonidos, charlas y conversaciones. Las que manteníamos entre nosotros, en la confianza del grupo, con su espontaneidad y complicidad. Con mucha complicidad. O las que manteníamos con nuestra madre, mientras jugábamos en la calle, que avisaba de la hora de entrar en casa o de que el bocadillo estaba listo. ¡Madre mía!, nunca mejor dicho, los bocadillos de tortilla fría que me habré comido mientras sentados, los amigos, charlábamos de nuestras cosas, mil cosas, del último partido jugado, o de la nueva tecnología (para las chapas) que había diseñado alguno de la panda… La sonrisa en nuestra cara, la alegría en grupo, la mirada fresca, las ganas de seguir ahí, con ellos. Las ganas de retrasar, por favor, la orden de vuelta a casa que indefectiblemente iba a llegar antes o después. Sentados en el suelo, o en los bancos; o tumbados en la hierba, mirando al cielo. A veces estrellado. En las noches de verano. Sin tener que levantarse temprano a la mañana siguiente. Con el curso terminado. Con los padres a sus cosas. Y nosotros a lo nuestro. Imaginando, creando juntos, y construyendo, también, los mejores cimientos de nuestro mundo interior. Sin darnos demasiada cuenta. Pero siempre con ellos, con tus amigos. 



Cualquier tiempo pasado no fue mejor. Sinceramente lo creo. Cumplida ya cierta edad, según vamos madurando, es decir, echando años a la espalda, existe una cierta tendencia a repasar lo pasado, a mirar atrás, recapitular a veces o, simplemente, recordar. Lo hacemos con frecuencia. Esta tendencia a pensar en lo recorrido con anterioridad y pensar en lo que vivimos antaño tiene cierta lógica toda vez que los acontecimientos que nos llegan en el presente, los que vivimos en el día a día, lo que nos pasa o les pasa a quien conocemos, son más fácilmente comprensibles si los comparamos con lo que ya ocurrió, lo que sucedió, aquello que situó nuestra experiencia en el mapa que hemos ido trazando mientras vivíamos. Un mapa real, construido poco a poco, expansivo, en ocasiones explosivo, suave y plácido en otras. Cargado también de accidentes, esos que nos permitieron ver salidas y caídas que nunca hubiéramos imaginado. Los caminos que recorrimos, las experiencias que tuvimos, las personas con las que crecimos, los amigos del alma, los conocidos, aquéllos que significaron algo y los que no. El mundo que habitamos, con sus ritmos, cadencias, música, monstruos y salvadores. Con sus demonios y ángeles.


Tendemos a comparar. Lo actual y lo pasado. Lo que ocurre y pudo ocurrir, años atrás. En nuestra vida, pero no solo. En la vida, en general. Comparamos vivencias, sensaciones, sentimientos, experiencias, ideas, miradas, amores, silencios y alegrías. Comparamos, claro, el dolor con el dolor vivido, la angustia con la ansiedad pasada, la ilusión presente con la ilusión sentida, años atrás. Y comparamos, también, valores. Los que, lo queramos o no,  galvanizan la experiencia y decisiones adoptadas, y explican su sentido y orientación. Comparamos porque hemos vivido, muchos ya mucho; y guardado, almacenado hechos y momentos sustanciales en el proceso. Hechos y momentos que abrieron o cerraron puertas, abrazaron o laminaron ilusiones, intenciones, deseos o  la fuerza que llegamos a sentir en nuestro interior; para ser, crecer, casi volar, del presente al futuro. Para construirnos un futuro.

Pasados los cincuenta corremos el riesgo de comparar demasiado. Y ser, un poco, el abuelo cebolleta que siempre tiene una anécdota para dar comentar lo último que escucha, ve o vive incluso. Batallitas, películas, que pretenden dar respuesta a los porqués de lo que ocurre, a cada cosa nueva digna de ser comentada. Procuro huir como de un nublado de esa pose de  sabelotodo ante las cosas y ante los demás, sobre todo si son más jóvenes que tú; cosa (estar rodeado de gente más joven) que, por otro lado, cada vez se da con más frecuencia. Metidos en este mundo en que la comunicación anida de modo especial en lo virtual y en las pantallas, e inquieto por el escaso valor de la calle como espacio educativo en nuestra organización social, he de reconocer que pensar en las chapas y en cómo jugábamos por aquel entonces me ha hecho pensar en la posibilidad de hacer alguna comparación. Aprovechada, sin duda. Pero no lo voy a hacer. Cada tiempo tiene su momento y cada momento abre la puerta al tiempo. Al tiempo que permite a los seres humanos encontrarse con su propio yo, conocerse, reconocerse. Y estar, ser, construirse día a día. Y ahora parece tocar lo que toca. 

Aún conservo mis chapas. Las de mis últimos tiempos en el suelo, en pantalones con rodilleras… Qué invento las rodilleras. Atrás quedaron otras, de ciclistas, fantásticas. Elaboradas con una tecnología que permitía un deslizamiento suave y preciso… Hace tiempo que no las veo. Les echaré un vistazo un día de estos. Y procuraré recordar. Todo lo que pueda. Y sonreír. Echo de menos tumbarme de noche y mirar las estrellas, con mis amigos. Y charlar. E imaginar el mundo que íbamos a construir juntos. Tengo que volver a hacerlo. Este verano, sin falta.



6 comentarios:

  1. Me has vuelto a emocionar de nuevo, José Antonio. Excelente reflexión que no le falta de absolutamente nada. Y se nota que andamos por la misma edad, porque los recuerdos son similares... ¡Hay que ver lo felices que éramos con tan poco! La verdad es que ahora podemos ser también felices en ciertos momentos, pero creo que esa felicidad no la sentimos del mismo modo que como cuando éramos tan inocentes y sin ninguna preocupación. Se puede ser muy, muy feliz hoy en dia, y eso se lleva desde dentro y le toca a cada uno el esfuerzo de sacarlo afuera. Antes, también vivíamos más integrados en la naturaleza y ahora es el cemento lo que nos rodea, eso también cambia el escenario…. A mi me encanta de vez en cuando, y gracias a tu reflexión, recordar el pasado y lo feliz que fui, para darme cuenta de lo afortunado que soy de las experiencias que he vivido. Y de lo malo, método fácil: sacar lo positivo de ello. Se puede ser feliz todos los días!!! Un saludo, José Antonio, de parte de un fan tuyo.

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    1. Una vez más gracias, amigo anónimo.

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    2. de nada, j.a. y si queremos conocer las reflexiones de un niño sobre el hecho de "madurar", he aqui un video muy simpatico. A disfrutarlo!!!

      http://www.youtube.com/watch?v=brYtzu8aH0c

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  2. En una de las fotos querría identificar a Rexach, Migueli, Neskens (?), Cruyff ("pelotero caro donde los haya")...
    Recuerdos de la "Colonia", el partido de fútbol de los domingos en el campo de atrás (fútbol, mucho fútbol, ¿quizás demasiado?), jugar al escondite, las bicicletas (esas primeras bicis "de carreras"), el quiosco "del manco",...
    ¡Cuánto tiempo...!
    Espero que te vaya bien.

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    1. Recuerdos fantásticos. Pero lástima no saber quién eres!

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    2. "Barre".

      Un saludo.

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