12 de septiembre de 2017

El punto de inflexión

José Antonio Luengo

¿Cumplir años le hace a uno estar más sensible con lo que pasa y le pasa en la vida? ¿Le hace estar más atento? ¿Más curioso, tal vez? Pues no lo sé, la verdad. Lo cierto es que transita uno por un momento en que casi cualquier cosa le hace pensar en un buen número de cosas e ideas sobre lo que podría decirse de lo visto o escuchado; de lo leído o vivido. Puede que tenga que ver con la emergencia de cierta suerte de estela, traza, huella  o depósito que van dejando las experiencias que uno vive o vivió… Sin desdeñar las que sabe o conoce de gente cercana, de lo que extrae de una conversación, de una lectura o una película, de algo que le cuentan o percibe casi desde lejos. Creo que sí. Tal vez cumplir años, partiendo ya de un buen número de años[1], te hace merodear en torno a un escenario mental curioso y parlanchín que escruta tu mente, la refresca y, a menudo, la eleva y nutre. La remueve y mueve; a otros planos, desde otras miradas. Diferentes. Y distantes. Divergentes también

Que me perdonen los más jóvenes. Que me perdonen, por favor. Nada más lejos de mi intención que argumentar que para pensar de manera diferente tienes que ponerte a cumplir años como un poseso, casi como si te fuese la vida en ello… Que no, que no es eso. Pienso, no obstante, que ver pasar la vida, superados ya ciertos hitos, ciertos jalones, te hace centrar la atención con más facilidad en el lado lúcido de los hechos, aquel que descubre siempre la mirada secreta de ciertos porqués. Alumbra una especie de lupa que ve con más certeza lo peculiar de cada cosa, de cada escena, de lo que pasa y vemos. Y con más tranquilidad ve también lo relativo que resulta casi todo. Lo cierto, dudoso y falso que hay en cada idea, cada afirmación, en todo hecho, en cada una de las acciones que esculpen nuestra vida y la de quienes están a nuestro lado, más o menos cerca, más o menos integrados, y presentes, en nuestro corazón y mente. Y alma.

Debe ser eso que llaman madurar. Así suena bien. Utilizamos este término para referirnos al proceso que permite crecer, evolucionar, florecer, fructificar…Y se utiliza mucho cuando hablamos de infancia y crecimiento, de desarrollo humano en general. También, y mucho, cuando hablamos de ciertas edades, más avanzadas. Hombres y mujeres maduros. Esos que se encuentran en un estado de casi completa evolución personal, cercanos más bien a que la flor, esa que floreció, acabe por desprenderse poco a poco, cumplida ya su función. O funciones. Bueno, no son incompatibles, ni mucho menos, estas acepciones o lados del concepto.

Así las cosas, no estimo equivocado afirmar que, en edad madura, pongamos desde los cuarenta en adelante (es un suponer), se han visto y experimentado muchas cosas ya. Y la vida, en general, te ha situado, sin perjuicio de los terribles avatares que en ocasiones vuelcan tu existencia, en un estado de cierta estabilidad. Estabilidad de pensamiento, al menos. Vapuleado el espinazo en no pocas ocasiones, curtida el alma por sinsabores, desencuentros, decepciones y tristezas. Pero, y esto es especialmente importante, sazonada también por mil y un momentos mágicos, vividos hace tiempo o hace nada, hoy incluso. Momentos que han iluminado nuestros ojos, han hecho crecer esperanzas, ilusiones y alegrías. Momentos que han granado nuestra vida, la han hecho florecer, pintado y coloreado. Y salpicado de millones de mariposas en el estómago, de sueños diurnos, de sonrisas de corazón abierto. Cuántos buenos momentos. Valdría la pena tenerlos registrados, como quien registra sus posesiones, como quien anota sus movimientos de cuenta corriente. Como quien hace la lista de la compra. Cada día, cada semana…

Y esto, pienso, es algo que debemos, que podemos aprovechar. Antes o después. Antes o después de momentos críticos, esos que te sitúan en cierta encrucijada, en cierto cruce de caminos, de opciones, de perspectivas. Porque la experiencia te debe permitir estar mejor. Y no peor. Porque lo vivido tiene que haberte enseñado. Y tú, claro, debes haber aprendido. A leer las cosas de otra manera, a sopesar, a responder antes que reaccionar sin más.

La vida de un ser humano está sembrada de hitos, de jalones que suelen marcar un antes y un después de éstos. Más o menos significativo en tu vida, pero significativos al fin y al cabo. Ejemplos hay muchos, empezando por el propio nacimiento. Y, con él, el primer susto morrocotudo. La vida parece que se nos va. Acostumbrados a vivir en un mundo acuático, la vida se nos presenta en forma de aire a respirar, así a las bravas. Y la sensación de apnea acaba por permitirnos romper a llorar, sobresaltados por la experiencia de lo nuevo y, claro, en principio, amenazador. Vienen mil momentos críticos con posterioridad. Ser capaces de desplazarnos, primero reptando, gateando luego, de forma bípeda al final. La base de sustentación amplia, piernas abiertas, brazos más abiertos aún. La boca abierta, también, y los ojos, claro. Allá vamos. Y también, por supuesto, los primeros golpes, las primeras costaladas. Y el oportuno llanto, de susto, de alarma, de sobresalto inconsolable… Vendrán luego otros, como la primera separación duradera de los brazos de nuestros padres, el nacimiento de un hermano y el sufrimiento de sentirse desplazado, destronado. Vendrán más tarde otros, otros muchos, como tu cuerpo adolescente en plena efervescencia, o el primer amor, el correspondido y el despechado; o salir de tu casa, para siempre; sentir en tu cogote la necesidad de cuadrar ingresos y gastos  por primera vez, la vida en pareja, y, luego, también, la rutina de vivir en pareja… El nacimiento de un hijo, sus primeros pasos, sus brazos abiertos, sus piernas abiertas, sus ojos como platos. Y sus primeras caídas y golpes. Sus enfermedades y los sobresaltos que connlevan. Y también su vida, su pequeña vida a todo ritmo, capturando la existencia a borbotones, absorbiéndola. Y, a veces, desgraciadamente, hitos ligados a la enfermedad, y lo que queda después. La desaparición de los que queremos. La sensación de quedarnos sin suelo, sin raíces.

Momentos que siembran nuestro camino en la existencia. Y que nos cambian. Nos tumban, en ocasiones, nos impulsan en otras. ¿No merece la pena aprender?¿Y estar mejor? No es inteligente volver la vista atrás para encontrar, con más facilidad, el camino que te haga todo más amable? ¿Y sencillo? ¿Intentar, tal vez, estar bien allá donde uno acabe estando? La vida nos coloca ante situaciones que, en su esencia, pueden actuar de motor de cambio y evolución. De cambio hacia espacios más luminosos, y sosegados. La vida nos sitúa, antes o después, ante señales, ante hechos y circunstancias que pueden cambiar tu vida. Que la cambian, de hecho. Puntos de inflexión, podríamos llamarlos. Escenarios de curvatura, experiencias de cambios de rumbo, de dirección, de sentido, a veces.

Puntos de inflexión. Un antes y un después, decimos. A determinada altura de la vida, que puede ser siendo uno joven, que conste, uno se enfrenta o enfrentará, tiene que hacerlo, con un reto singular en la vida. Un punto de inflexión personal, no transferible, aunque sí visible a los demás. Un hito que te permitirá  alcanzar lugares no transitados hasta ese momento o, más bien, perderse en oscuras grutas del destino, del pasado y del propio futuro, ominosas, aburridas, incluso despreciativas. Me refiero a ese momento en que uno se da cuenta de que, coincidiendo con que el paso del tiempo, éste, el tiempo, y las experiencias vividas, le han ido haciendo más conocedor de las claves que mueven muchas cosas, del statu quo de las mismas, de su ir, venir y devenir en el agitado ritmo de la vida. Las cosas mismas van apareciendo más entendibles y, por tanto, más claras ante sus ojos y en su mente. Ese momento, que no es un instante (aunque a veces puede parecer que lo sea) sino, más bien, un proceso, representa, a mi juicio, un momento clave para decidir, de modo consciente, dónde quiere situarse ante y como respuesta a las cosas que ve y vive, que experimenta y siente, con qué mirada, con que opción y perspectiva, con qué actitud. Con qué corazón, también.

Mirar las cosas, apreciarlas, sentir que están ahí. Las cosas, las personas, las situaciones. Están ahí,  surgen y se despliegan. Y las vemos, o escuchamos. O nos las cuentan, o las leemos. Y nuestra mente bulle, se agita. Busca expresarse, juzgar, valorar. En ocasiones prejuzgar. Evaluar. No nos contentamos con analizar. Necesitamos diagnosticar, evaluar, tasar.

Tal vez, solo tal vez, sea preciso parar. Y volver la vista atrás. Y girarla otra vez hacia el objeto de nuestra mirada. Y pensar. Pensar. Esperar. Comprender. Antes de respirar, incluso. Por supuesto, antes de juzgar (si es que hay que juzgar, que lo dudo) Y ser flexible. Flexible en la observación; en la lectura e interpretación de las cosas. De lo que ocurre y por qué ocurre. De lo que surge y por qué surge. La vida vista desde el lado más amable, lejos de la captura de los hechos como si mi juicio sobre ellos fuese imprescindible. Huir, como alma que lleva el diablo, de la actitud gruñona, intolerante,  malhumorada. Sonreír, calmar, calmarse: Dulcificar la óptica, la observación, la mirada crítica. Templar el ánimo. Y dar la mano, Tender la mano. Escuchar antes que hablar. Pedir opinión antes que darla siempre. Templar el tono, también. Y el gesto. Y la postura. Opinar, sí. Claro. Pero con la humildad como alimento, como nutriente básico de de ésta. La humildad que la vida va sembrando en cada experiencia. En silencio. A veces pisoteada, más o menos conscientemente.

El punto de inflexión definitivo. La vida desde el lado más amable y flexible. Y, por tanto, más cercana al momento feliz, espontáneo, afable, casi inocente. Tal vez sea la mejor manera de situarse, de mirar el presente, nuestro presente, lo que nos llega y estimula, incluso lo que  incomoda, lo difícil, lo que no encaja, lo diferente, lo divergente. Alejarse de por vida de lo amargo, de lo que nos consume y genera odio. Éste, el odio, lejos. Muy lejos. La comprensión, cerca muy cerca. El aliento al que se equivoca. Paciencia cuando tardo, cuando me lío, cuando tardan, cuando se lían... La escucha amable, la sonrisa próxima. Lejos los cascarrabias, el enojo fácil, la riña por todo. Muy lejos. Y sensible con tus equivocaciones. Que surgen y van a surgir. Estas van a seguir enseñándote. Que, entre otras cosas, no eres quien crees ser. A pesar de lo que crees conocerte. Que puedes meter la pata de manera insondable. Y que, si es así, si ocurre, vuelve la mirada hacia con quien has sido injusto, a quien no has tratado bien, a quien has faltado al respeto. Y sé lo más humilde que puedas. 

Pero no dejemos de indignarnos, por supuesto, con la la injusticia, con los injustos. Y actuar; eso, ¡siempre!






[1] Porque lo que es cumplir años, sumarlos a las espaldas o espalditas, lo hacen todos, todos los que formamos el aquí y ahora de los vivitos y coleando. Los cumplen los muy pequeños, los pequeños, los adolescentes, los jóvenes y los menos jóvenes. Y no en todos esos momentos de la vida se tienen tantas ansias por contar, recrear, recrearte… Al principio, y luego incluso, toca vivir. E ir formando esa huella.; la que luego te hará pensar, o decir, o escribir, o, simplemente, recordar.

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