18 de noviembre de 2012

El otoño y la vida



El otoño y la vida
José Antonio Luengo
Suele hacernos sentir raros. El otoño nos llega y, a veces, según el donde amanezcamos cada día, se nos va en un  suspiro. Se nos escapa veloz, casi altanero, dejando a su paso sus suaves tintes de vida, su sol, su calor peculiar, caprichos y huidizo. 

Podemos verle, sentirle, cuando lo disfrutamos. Sin alardes. Amanece y da. Da luz, suavidad, colores. Nos apremia, también, a mirar el día, casi nuestra vida, de otra manera. La luz es otra luz, el sol es otro sol. Las nubes son otras, otra la lluvia, otro el paisaje. Incita, en su caminar, insisto, en ocasiones muy corto, desgraciadamente, a estar de otra manera. Con las cosas, con la gente, con nosotros mismos. Azuza, casi nos insta, a mirar más el cielo, más los árboles. Más, incluso, la propia luz del día. Mira!, nos dice, mira!, insiste, no te lo pierdas, corre, ve a buscarla! La luz existe, es esta, no es otra! No pienses en el verano, nunca en el aplastante verano. La luz es ésta, no es otra! No hay otra!

El otoño y su equilibrio. ¿Desconocemos, acaso, que día y noche viven a la par? ¿Que comparten el día hermanados, proporcionados? Día y noche sin distancias. Semejantes. En relevancia, en sabor y olor, en vida y sueño, en luz y oscuridad. No hay distancias… Es el otoño, nuestro otoño. El otoño esperado, mirado casi con lupa, apreciado, abrazado. Los paseos se hacen más paseos en otoño. Es la estación de los paseos. La hojas, arriba aún, en las copas, o abajo ya en el suelo, a nuestros pies, nos hablan, nos miran cariñosas. Es el paseo por excelencia, el del otoño. Con su cielo, con sus árboles, cambiantes algunos, los que cambian el armario, los que se desnudan para nacer más fuertes, los que dejan caer sus flores para descansar y renacer, voluptuosos cual ave fénix. Encendidos de rabia, por crecer, por estar por enseñarnos su vida, su fuerza, su potencia, vigor y coraje. Se esconden, adormilados, para insistir en la vida. Porque eso es lo que hacen los árboles en otoño, insistir en la vida. Sentir la vida, pasar página para renacer, para abrirse, crecer, casi volar. 

Y, mientras, mientras descansan y piensan, en su vida, en sus cosas, que también las tienen, los árboles, esos árboles nos dan su imagen. Sus hojas cayendo, sus colores, sus ocres, rojizos, naranjas o amarillos. Su paz, su mundo interior. Hayas, robles, chopos… Nos miran tranquilos, dejándose llevar, en un  sueño reparador, iluminado y potente. Introspectivo. Las hadas, acompañan su mágico descanso. Cantan su nana e inspiran, felices, porque están donde quieren estar. Convencidas de su destino, las hadas cuidan, cuidan del otoño, y de sus cosas. De sus chaparrones, de su incandescencia, de su sosegado y paradójico vivir. Desprenderse para renacer. Las hadas, en su cantar, cuidan del descanso. Y nos  miran también, impacientes de que comprendamos la lección. Por fin.

El otoño es el momento para pensar, recogerse, abandonar la abundancia perecedera, la luz cegadora, que no cesa, que te ciega, que te embelesa… Con su insistente desequilibrio. Poca noche, mucho día. Calor y calor. Miedo a mirar el sol. Miedo a situarse ante su incandescente mirada. El otoño nos transporta, en su sueño feérico, al país de la mirada interior, del camino interior, de la mirada propia, de la introspección. Te llama desde su silencio, desde su amable y cuidadoso tiempo, desde su mesura y equilibrio, desde su discreción. No chilla, no grita, no hace aspavientos. Desecha, tranquilo el histrión del verano… la exuberancia barroca de su tránsito… Sensible siempre a la vida, el otoño cuida la sensibilidad y la belleza. No se exalta, con corre, desvencijado, no insulta, no juzga, nunca juzga. Apaga la luz, suavemente, con un beso en la mejilla, en la frente, como se despide el día de tu hijo, con amor y delicadeza, con amor para siempre. 

Ese es el otoño. Atenúa la luz… porque busca, anhela, porque quiere pensar. Y precisa el espacio, el clima, la luminosidad adecuadas. Y no distraerse. Las hojas, sus hojas, las hojas de sus árboles, nos indican el camino. Desprenderse. De lo banal, de lo superfluo. De aquello que nos cubrió y dio visibilidad, explícito, pero que deja, o mejor, dará paso a algo mejor. Más fresco. Siempre algo mejor.

Pasear en otoño no es solo pasear. Es transitar en otro espacio.  Con la mente dispuesta, convencida, desprendida. Como las hojas. Es flotar. En el espacio infinito de la belleza. Aquélla que vive, siempre, en nuestro interior. Y que lucha por brotar, abrirse a la vida, hacernos volar. Como las hadas. Más nos valdría aprender del otoño, de sus árboles, de su luz, de sus hojas, de su lluvia, de su introspección, de su deseo por renacer, más tarde, más tarde… Mejor.

1 comentario:

  1. El otoño es por encima de todo muy travieso. Pone a nuestros pies una extensa alfombra de hojas de diferentes tonalidades que nos incita a pasear. Durante nuestro camino, en un alarde infinito de generosidad, obsequia a nuestros ojos con un fascinante escaparate de distintos árboles que día a día nos brindan sus cambios y que caprichosamente al vaivén de sus antojos decide dotar de una luminosidad u otra, depende de cómo se haya levantado ese día, de su estado de ánimo, para cuando ya te ha engatusado totalmente con sus encantos, quitártelo todo, así sin más, como si de un niño pequeño se tratara y dar paso a algo nuevo para él, al invierno. ¡Cómo juega con nosotros!. (YOLANDA MATOS)

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