8 de octubre de 2012

LOS ABRAZOS


LOS ABRAZOS
José Antonio Luengo  


    
Abrazar no siempre es fácil, uno tiene que querer. Querer abrazar. Si no quiere, el abrazo no sale, no se abre, no entra, ni sale. Ni, por supuesto, llega. Creemos que llega. Pero no llega. Se pierde en su propia inexistencia. No querer abrazar. Solo simular que se abraza. Un fracaso vital. 

Abrazar requiere idea, propósito, compromiso. Requiere fuerza, vigor, ganas, espíritu, cercanía. Abrazar implica, de alguna manera, querer. No solo querer dar, el abrazo digo. Querer. Querer a quien se abraza. Desearle lo mejor. Desearte, también  a ti, lo mejor. 

Abrazar es darse un poco, prestarse al menos. Física y psicológicamente. No vale el acto físico en exclusividad. Se queda a medias. No encuentra porque en el fondo no busca. Como la mano que se estrecha débil, fofa, el abrazo esquivo, casi mecánico, no es un abrazo, ni siquiera un amago. Es una mentira. Una sencilla mentira. No me interesas, decimos, cuando abrazamos sin abrazar. Me da igual, pensamos, cuando abrazamos sin abrazar.

Hay abrazos de oso, ese que se dan los buenos amigos, o los que, a veces, se dan padres e hijos: Cuando se encuentran, cuando se despiden. Cuando se sienten. Ese que te funde. Emocional, sencillamente. Te transporta, te eleva, te dice y provoca. Escucha y habla. Te quiero, te dice. Te extraño, te dice. Quiero verte pronto, te susurra. No te vayas, te exclama. Hay abrazos de oso, sí. Son acolchados, cálidos, casi de nube. De nube blanca, de recuerdos, de presentes, de risas y dolor, siempre compartidos, de compañía querida, de sosiego esperado, de escucha abierta, de caricia sutil, de entrega y complicidad.

Y hay abrazos de amor. Casi sin beso. Incluso sin besos. Son abrazos para siempre. Cuando uno se abraza así no quiere terminar nunca. Abrazos para toda la vida. Te abrazas y… No sabes cuándo vas a dejar de abrazar, de apretar. Casi sin mirarte, hombro con hombro. Encajados, casi uno. Uno más bien. No quieres irte. No te irías nunca. Nunca. Por Dios, nunca. Que no me muevan, que no se muevan. Ahí, así, siempre. Toda la vida. Solo dejas de abrazar por una razón. Porque no puedes pasar mucho tiempo sin ver su cara, sus ojos, leer su sonrisa, fundirte en ella, en sus pestañas. En su alma, siempre a través de sus ojos. Esos que centellean. Que iluminan la vida, tu vida. Solo esa fuerza sobrenatural te separa un poco, solo un poco. Y tal vez otra. Sentirla, sentirle libre, también. Libre. El abrazo está, aunque no esté. Solo hay que esperar el momento. El momento de volver a dejar de ver, por unos instantes, a veces muchos instantes, su imperecedera mirada.

Hay abrazos que hay que dar. Siempre. No darlos es, un poco, morir un poco.
Y hay otros abrazos, de alegría compartida, aunque momentánea. De celebración de cumpleaños, de navidad, de fiesta de fin de semana... Pero esos, la verdad, son otros abrazos.




1 comentario:

  1. Importante abrazar. A veces me abrazo sola. Suelo hacerlo cuando estoy triste y me siento sola.
    Pero no he abrazado mucho.
    No lo he hecho por timidez,por inseguridad, por defensa, por inconsciencia, por tacaña...
    Me habría gustado tener millones de abrazos en mi vida.
    Con los años he ganado en generosidad y en seguridad y espero tropezarme con gente abrazable,para entregar mi ternura con derroche.
    Mis abrazos memorables: a mi madre, la reina que me guía; a un amigo y compañero q me reconfortó cuando más necesitaba que lo hicieran;,al que amé en algún momento; a mis hijos cuando eran mis hijos y eran ternura...
    Lo importante es que la vida necesita para vivirla con intensidad compartir piel, compartir abrazos, compartir ternura.

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