15 de septiembre de 2012

¿Ayuda la autoayuda? Primera parte


¿Ayuda la autoayuda? Primera parte
José Antonio Luengo


Si no te gustan los libros de autoayuda no leas esto. No lo leas. No te va a gustar. Habla bien de la autoayuda. De los que escriben para llegar a la gente con ideas, prácticas y, por qué no decirlo, determinadas recetas. Yo no odio los libros de autoayuda. En contra de esa corriente que los abomina y arrincona como si estuvieran afectados por una suerte de peste o enfermedad contagiosa. 


Creo, sinceramente, que cumplen la función que normalmente pretenden. A saber, ayudar a quien los lee a buscar dentro de sí mismos, facilitar la reflexión y la revisión de cómo y por qué hace las cosas, cómo las vive, interioriza y exterioriza, cómo y por qué provocan determinadas consecuencias y, lo que es más importante, de qué manera mejorar, aunque solo sea un poco, la manera de estar y, eso, vivir, responder, comunicarse, relacionarse, adaptarse, mover tu propio mundo… Porque hay mucho poder en cada uno de nosotros. Y muchas, muchas veces, ni lo intuimos. Nos creemos que no podemos, no sabemos, no tenemos…

Los libros de autoayuda, hay de todo, ya lo sé, abonan un terreno normalmente baldío, seco. Alimentan la capacidad para mirar, ordenar, secuenciar, pensar, recapacitar, revivir, definir, y redefinir. Y esto, se mire por donde se mire, está bien. Contribuye. Suma. Negar esa realidad es una necedad. Y entregarse sin más a una visión que hace de nosotros una especie de incompetentes,  dependientes del otro especialista, infravalorando nuestra capacidad de introspección y mejora, es un ejercicio triste y torpe. 

Torpe porque, lo dicho, realmente poseemos la capacidad para ver y cambiar. Estar mejor. Es nuestro derecho y, también, nuestra responsabilidad. Nos puede la inseguridad, la sensación de que no vamos a poder, cierta pereza también. Y la falta de continuidad en nuestros pequeños y siempre loables intentos. Algo parecido a lo que suele ocurrir con las intenciones de adelgazar tras el verano, con las cañas, los vinitos y las paellas… Y las tapas. Y los helados. O con los deseos de aprender, de una vez, algo más de inglés del que fui capaz de aprender en el colegio. Nos puede la… desconfianza en nuestras posibilidades. Y nos sometemos a un contexto de reflexión demasiado común. Bueno, otra vez será, más adelante. Ahora no puedo… Posponer. Una regla demasiado frecuente en nuestra vida.
Es posible cambiar cosas, acondicionar actitudes, rutinas, diseñar normas propias, opciones, maneras de estar, interpretar. Hacer que nuestra vida esté, realmente, bajo nuestro control. Nosotros, a los mandos. Con tranquilidad, sosiego, tolerancia, flexibilidad… Pero a los mandos, nosotros. Dejarnos llevar, sí (a veces es estupendo), pero sabiendo dónde estamos, hacia dónde nos dirigimos, con quién (o no), por qué y para qué.

Es posible mirar hacia dentro, escudriñar nuestros patrones, capturar nuestro corazón, nuestra mirada al exterior. Y hacerla más nuestra. Y, sobre todo, es posible, he de insistir, cambiar. Parece que tenemos miedo a eso, a modificar nuestras cosas, hacer u ver de otra manera, responder con otro marchamo. Pero, para ello, claro, hemos de ser conscientes de que hay cosas que podríamos hacer mejor, y que nos permitirían sentirnos mejor. Con nosotros mismos. Ese es un reto sensacional, fabuloso. Y accesible. En circunstancias normales. 

Un día nos encontramos mal. Fatal. Vamos al médico. Nos mira (es un decir en algunas ocasiones). Ausculta. Diagnostica. Abre su aplicación informática. Encuentra la medicación oportuna. Nos aconseja. Explica. Y receta. Pero, en muchos casos,  también orienta. Qué hacer, qué no hacer… A veces ponernos en duda lo que nos dicen. Para ese viaje, no hacen falta alforjas…  Pero ordinariamente escuchamos, y hacemos caso. Y mejoramos. Las recetas sirven. Pero sirve más la explicación, la interpretación de qué está pasando en nuestro interior y por qué ocurre. Y qué podemos hacer para prevenir, y evitar encontrarnos mal en el futuro. Siempre en la medida de nuestras posibilidades, claro, y tocando madera. Es una forma de orientación para la autoayuda. Aprender a hacer las cosas mejor. Pediatras y médicos de familia, de cabecera, suelen desarrollar bien esta tarea. Enseñar, ilustrar, orientar, convencer. De que es posible cuidarnos, atendernos, leer en interpretar nuestras sensaciones. No se trata, claro, de arbitrar caminos para la automedicación. Sí, sin embargo, para el conocimiento, el reconocimiento, la autoevaluación, la mirada razonable sobre cómo atender nuestras necesidades, prevenir, encontrarnos mejor. 

Cuando comparamos estos asuntos con las cosas de la mente, no es infrecuente argumentar que éstas, las cosas de la mente, de nuestra mente, son muy complejas. Y que no se puede frivolizar, banalizar o trivializar con recetillas que, supuesta e hipotéticamente, ilustran sobre cómo mejorar y andar mejor. Ya, puede ser. ¡Cómo si no fueran complejas las cosas del cuerpo! ¡Cómo si la gente fuera descerebrada! La gente, nosotros, todos nosotros, piensa, pensamos, y podemos encontrar, buscar y encontrar. Nuevas perspectivas, formas diferentes de ver y hacer las cosas. A veces basta una frase, un comentario, un titular, y también, por qué no, un libro. En ocasiones es una conversación, con alguien experto, con amigos, o un compañero de trabajo. En fin. Hay explicaciones para todo y todos. Creo que todo es más sencillo de lo que parece. Pero sencillo, en cualquier caso, es comprender que siempre estamos ahí, cerca de ver cosas que no habíamos visto, revisar nuestro reloj interior, nuestros ritmos, pausas, acelerones, explosiones y bajones. Nuestras tristezas y alegrías. Filias y fobias. Si uno quiere, al final puede. Tiene que querer.

Hace unos meses conversábamos un buen amigo y yo sobre uno de los asuntos referente en la educación de los hijos. El paso de éstos por la tan temida adolescencia. Me contaba, preocupado, que su hijo, de 14 años, le hacía echar humo. No había día que no se acostara con la sensación de no saber, no acertar, no entender, no llegar. Le pedí que me contara cosas de su hijo, al que yo conocía poco. Le pedí que mirara hacia atrás, siempre conversando, que intentase definirlo, citar sus aciertos, sus virtudes, lo que hacía bien, aquello que encajara en el perfil soñado que todo padre desea atesorar cuando piensa en sus hijos. No le costó mucho ver la cara positiva del chaval. Sonreía ya. Tal vez esté metiendo yo mismo demasiada presión, dijo. Lo dijo él. Lo pensó él. Recordamos juntos cómo habíamos comentado unos días antes, él y yo, cómo determinadas maneras de trasmitir ideas funcionan cuando se definen con sencillez y claridad, cuando se recuerdan fácilmente. A modo de regla mnemotécnica, cuatro palabras bien hilvanadas no se olvidan nunca. Como no se olvida, por ejemplo, que una buena ensalada, a efectos de salud alimentaria, tiene que tener, al menos, cinco colores, o que, si queremos incorporara determinados nutrientes de calidad en el día a día, es adecuado comer cinco piezas de fruta o verduras diarias. O que es mejor hacer cinco comidas al día, que tres o dos. Unas referencias sencillas, que mucha gente hace suyas, y las incorpora y automatiza. Y, lo noten más o menos, suponen una mejora en los modos en que gestiona sus pautas de alimentación.

 

Le sugerí, hablando, que intentase incorporar cinco ideas para la mejora. Y que las hiciera suyas. Las amoldase, curtiese, digiriese. Y les diera forma. Así, hablamos de (1) la regla del cuarto de segundo[1] (mejorar las decisiones, cómo afrontar las pequeñas cosas, los aparentes detalles insignificantes…); afrontar las situaciones sabiendo que disponemos de tiempo para elegir la mejor opción de respuesta (responder, no reaccionar sin más, implica tiempo para medir y calibrar. La ciencia nos ilustra que es posible hacerlo, en muy poco tiempo. Esta increíble opción de respuesta en las decisiones es especialmente importante cuando se tiene enfrente (a veces nunca mejor dicho, a un adolescente, sobre todo a tu adolescente). (2) Utilizar el pensamiento lateral[2]. Esta es una idea singularmente eficaz para enfrentarse a situaciones como las que hablamos: tratar con otros en la dificultad. Edward de Bono nos aporta una visión de afrontamiento de los problemas absolutamente original, alimentado por claves de reflexión que ordinariamente utilizamos poco. Es un método revolucionario porque libera nuestra forma de argumentar. Ayuda a las personas a disponer de todos los puntos de vista, lado a lado y en paralelo. Podemos separar los diferentes aspectos del pensamiento en lugar de tratar de hacerlo todo a la vez. Nos permite enfocar las cosas con más perspectivas. La teoría de los seis sombreros (ver cita). Fantástico. (3) Muy relacionada con la anterior idea, hablar en paralelo, no de frente. El adolescente huye del cara a cara. Acepta mejor la conversación desde el lateral. Andar en paralelo, hablar sentado uno al lado del otro. Le ayuda a escapar, en cierta medida, del carácter escudriñador que suelen tener nuestras miradas, cuando hablamos con nuestros hijos en estas edades. Ellos quieren oírnos, nos necesitan (y ellos lo saben), pero necesitan no sentirse medidos constantemente. Ellos nos miran mucho, pero aceptan mejor caminar  en paralelo, sin demasiada presión frontal. Nuestra manera de entrar al conflicto, mayor o menor, es realmente relevante. Más, incluso, en ocasiones, que los propios contenidos de aquéllos. (4) Hablar en yo, mejor que en tú. Se trata de un modo de utilizar el lenguaje, con unas posibilidades extraordinarias. El reto, hablar de cómo te sientes (en yo), no de lo que el otro () ha hecho o ha dejado de hacer en una situación conflictiva. Enviar mensajes, ideas, en primera persona. Mensajes de origen personal,  respetuosos, que expresan sentimientos, opiniones y deseos sin evaluar ni reprochar. Se trata de mensajes facilitadores, habilitadores;  y persuasivos, al contrario que los “mensajes tú” que generan bloqueos en el otro. (5) Conversar, chalar, argumentar, contrastar… No dar consejos. Y escuchar activamente. Escuchar Activamente. Con sensibilidad. Con respeto. La escucha activa significa atender responsablemente y entender la comunicación desde el punto de vista del que habla. Y… 

·        No distraernos[3], porque distraerse es fácil en determinados momentos. La curva de la atención se inicia en un punto muy alto, disminuye a medida que el mensaje continúa y vuelve a ascender hacia el final del mensaje, Hay que tratar de combatir esta tendencia haciendo un esfuerzo especial hacia la mitad del mensaje con objeto de que nuestra atención no decaiga.
·         No interrumpir al que habla.
·         No juzgar.
·         No ofrecer ayuda o soluciones prematuras.
·        No rechazar lo que el otro esté sintiendo, por ejemplo: "no te preocupes, eso no es nada".
·         No contar tu historia cuando el otro necesita hablarte.
·       No auto-compadecerse, ni convertirse en protagonista. Por ejemplo: el otro dice me siento mal y tú respondes y yo también.
·         Evitar el "síndrome del experto": ya tienes las respuestas al problema de la otra persona, antes incluso de que te haya contado la mitad.
  

Unos meses después me llamó. Quedamos. Cerveza en el café Oriental. Me sonrió como siempre. Nos preguntamos. Los cambios en nuestras vidas, cosas pequeñas, grandes también. Pero me dijo: “La relación entre mi hijo y yo ha cambiado. Para bien. Muchas cosas siguen siendo objeto de atención y conflicto. Pero nos llevamos mejor. Hemos aprendido a hablar más allá del esquema pregunta-respuesta (y de mala gana). Le he pedido perdón muchas veces. Cuando he sentido mi equivocación. Su mirada de perdón me ha cautivado para siempre. El éxito de la autoayuda, después de la lectura, del acto de interiorización de la divulgación ad hoc es, siempre, del receptor. Que hace suya la idea. Y la mejora. Si tiene fe y constancia.

Lo que sigue a partir de aquí representa una experiencia personal. Además de una intención por divulgar cosas de manera sencilla. Construida con unos y otros, leyendo y analizando por aquí y por allá. No podemos olvidar que lo que creemos y pensamos no es sino una construcción compartida, en la que intervienen muchos, a veces sin darnos cuenta, sin percibirlo siquiera. Pero es una experiencia vivida, recorrida, buscada… A veces lenta, pero trabajada. Voy a atreverme a situar en el mapa algunas ideas que ayudan a ordenarse un poco, reconsiderar, posicionarse de otra manera. En este mundo de locos, en el que acabamos moviéndonos, gran parte de tiempo, con rutinas y tics que, suele ser sí o sí, nos dejan insatisfechos y ordinariamente cansados. Sobre todo si vivimos en ciudades grandes, con grandes distancias, con horarios de asustar. Y teniendo que rendir en todo como motos. De gran cilindrada, además.

La autoayuda es un proceso específico y singular de auto-reflexión; un escenario en el que se lleva a efecto una revisión interior, del antes, pero también del aquí y ahora. Una mirada interior que agudiza la posibilidad de tomar mejores decisiones. Más atinadas. Que liquida poco a poco los modos de decisión basada en el viejo esquema de acción-reacción. La solución. Responder. Con sensibilidad pero, también, con perspectiva, sentido común, sentido de la proporción y de la consecuencia. Con responsabilidad. La autoayuda no es simplemente leer. Ni siquiera integrar ideas. Es necesario hacerlas nuestras, adecuarlas a nuestro yo y, por tanto, hacerlas significativas, pertinentes.

El objetivo de estas reflexiones, las de este artículo, aprender a parar. Un poco, al menos. Y estar mejor. Verte con otra perspectiva. Aprender a interpretarte desde fuera. Y, tal vez, priorizar mejor, pensar un poco más en ti. Reconocerte. Limar errores, mandarlos a la papelera en la medida de lo posible. Superar cosas que te han hecho sufrir. Reconciliarte con tu mejor versión. A veces cuesta mucho porque está muy oculta. Está lejos. No la encuentras. Y te sientes fatal. Te miras y piensas, hasta te dices… Buf! Qué mal! Qué mal hoy! Pero ¿qué hago?¿Por qué he hecho lo que he hecho? Y no eres justo contigo. Porque tienes derecho a equivocarte. No te perdonas los errores, te acucian las equivocaciones. Sientes que no llegas, que no captas, que no entras en la gente, que te rodea y escucha. Al menos te oye.

Días malos, temporadas malas. Es posible mejorar, situarnos en un espacio más confortable, con nosotros mismo primero, y también con los demás. Luego, el círculo virtuoso hace el resto.
El objetivo, entonces, limar. Acondicionar. Sin demasiadas pretensiones al principio. Poco a poco. Aproximarse. Con tranquilidad. Sabiendo que si repites, automatizas. Pero sin creer, sin querer, no hay nada que hacer. Es como montar un castillo de arena en pleno levante, en cualquier playa de Cádiz. Adiós al castillo en un santiamén. Eso si has podido construirlo antes.

Unos pasos previos:
  1. Lo difícil no es aceptar cómo es uno sino cómo es el resto de la gente[4]
-       Acepta quién eres tú. No es fácil, lo sé. San Agustín decía “Conócete, acéptate, supérate”. Creo que era muy optimista al pensar que puedan hacerse las tres cosas. Yo siempre me he conformado con conocerme. No es fácil conocerse, saber cuáles son tus gustos…/…, con qué disfrutas. Pero es posible, dedícale tiempo, busca, rebusca, vuelve a buscar y finalmente comenzarás a tener un retrato robot de quién eres.
-       Una vez te conoces, si consigues quererte, viene la parte más complicada. La segunda parte del descubrimiento: conoce al resto de la gente y acéptala como es. Sé que puede parecer un mandamiento religioso pero en realidad se trata simple y llanamente de tener la misma paciencia con los demás que la que has tenido contigo mismo. Aceptar cómo son, aceptar cómo no son, es el inicio para aceptar cómo eres tú y cómo no eres tú.
-       Y de ahí proviene el resto de la frase. Lo difícil no es aceptar cómo eres tú sino cómo son los demás. Ese es el reto. No olvides que, a veces, cuando ya nos conocemos, pensamos que hemos llegado a la meta. Pero la meta está lejos, muy lejos todavía. Cada día conoceremos a más y más gente y tendremos que dedicar todas nuestras fuerzas a entenderlos.

Parecen simplemente palabras, simples observaciones o alertas sobre nuestro día a día. A mí, sin embargo, me parecen una lección. Desde la primera a la última letra. Sobre todo sabiendo quién es el autor. Una lección de humildad. Y de sentido común. Eso de conocerse suena bien. Pero no dedicamos tiempo a pensar, un poco, en nosotros, pero no desde la perspectiva de quien desea saber cómo le ha ido el día simplemente, sino desde la óptica de adentrarse para encontrar los recovecos que nos permitan rescatar partes de nosotros que nos hacen estar mejor, sentirnos mejor. Y dar mil oportunidades a los demás. Mil uno, mil dos. Todos lo merecen, hasta aquéllos a los que en principio, y en final, soportamos poco.

Hay un ejercicio que suelo hacer con frecuencia. En esos momentos de embestida en un transporte público, a las siete y media de la mañana, apretujado más o menos, con la sensación en el cuerpo de ser un poco oveja, procuro hacer el ejercicio explícito de pensar en esa gente con la que me topo. Pensar en sus mejores momentos; los imagino, contentos, con sus hijos, novias o novios, padres, madres o amigos. Les veo (imagino) reír, sonreír, abrazar, querer, llorar, entristecerse, alegrarse… Salgo del Metro y cruzo los pasillos, me cruzo con personas, a sus cosas van. Y sigo. Les veo como me veo a mí. Veo en su interior. Me lo invento, claro. Pero les entiendo, les comprendo. Sus cosas, sus preocupaciones, su dolor, a veces. Me lo invento. Pero creo imágenes mentales cercanas, de aquellos a quien no conozco. Automatizo imágenes agradables de las personas. Cercanas. Y me ayuda a no juzgar, a no prejuzgar, a no opinar a la primera, a dar una y mil oportunidades, a creer más, en los demás.


La cosa adquiere especial relevancia cuando estás con personas conocidas. No es más sencillo pensar, sin más. Existen ideas preconcebidas, experiencias, dimes y diretes, cosas pasadas, agradables y no agradables. Ahí hay que echar el resto. Aceptar cómo son, y ver, siempre, lo mejor que puedan mostrar. Y lo que atesoran y no aparece, a simple vista. Aproximarse desde el afecto, desde la visión positiva, cercana. El mundo nos puede cambiar, en pocos días. Nos cambian los retornos de nuestras acciones, las consecuencias de las mismas, aprendemos a mirar con los ojos abiertos y el corazón pletórico. Y, además, no tienes nada que perder. Solo que ganar. Ganar paz, tranquilidad, sensación de equilibrio, de bondad, incluso. Porque, entre otras cosas, aciertas más, juzgando y valorando menos. Viendo el color, más, en lugar del gris marengo de muchas relaciones.

  1. Ser más paciente cada día te acerca a un estado mejor, más pausado, rico, suelto, alegre.
Esto de la paciencia también da mucho juego. Mucho. Reducir las urgencias, calmar el ánimo, templar… Moderar las cosas. Moderarte, frenar, atenuar. Adiós a lo explosivo, al enfado, hola a las cosas importantes, a lo que verdaderamente importa. Fácil? No, lo sé. Pero hay que empeñarse. Si se quiere estar mejor… con uno mismo. Paciencia, flexibilidad. Paciencia con tus cosas, contigo mismo, con los demás.

La paciencia se entrena. Ahí reside uno de los jalones más importantes en este tránsito. Se entrena en la vida cotidiana, haciendo consciente tu manera de valorar cada cosa que ocurre, le peso que le das, el ritmo que consideras imprescindible en su ejecución y desarrollo, los efectos de lo que haces y de cómo lo haces, de la velocidad con la que lo haces… Ver, interiorizar, escucharte, reconocer los impactos y efectos de tus reacciones, de tu modo de responder a lo que ocurre a tu alrededor y, sobre todo, te influye. Se trata de anotar mentalmente lo que haces, a qué velocidad y sus repercusiones. ¿Ha merecido la pena correr? ¿Nos ha ayudado? Y, especialmente, mirar, revisar, esos momentos en los que hemos dado pausa razonable a lo que teníamos entre manos, la suficiente para intentar hacer sencilla y más coherente la acción. Son cientos, miles, las decisiones que tomamos cada día, cada semana, cada mes... Decisiones en muchos casos imperceptibles. Decisiones que hacen que cada situación vivida sea como es, se desarrolle y cuaje de una determinada manera. Nos hacen predecible. Crean un modo de respuesta al entorno, de integración en y del mismo. Y configuran una forma de estar, de ser, de actuar. Y organizan nuestra vida. Lo realmente notable es que cambian nuestra vida a cada instante. Porque nuestra vida puede discurrir con una u otra orientación en función de lo que decidimos hacer. Miles de gestos, miles de palabras. Miles de acciones simples, sencillas, del día a día, que hacen que seamos como somos. Y que, sí, podamos cambiar lo que no nos gusta, lo que no nos hace crecer, lo que no nos permite disfrutar, lo que dificulta nuestra relación con los demás, lo que nos hace, en ocasiones, insufrible, intratable... Y potenciar lo que nos acerca a nuestro mejor yo. Que afrontemos este reto depende de nosotros. 

Un cuarto de segundo, medio segundo, contar hasta diez... Lo interesante es que nuestro cerebro es libre para elegir. Soy, así, no puedo evitarlo. No es verdad. Puedo hacerlo. Puedo hacer de mí lo que estime que debo ser. Elegir y ampliar nuestras opciones, hacerlas más amables, afectuosas, cercanas a las necesidades de los demás. Ser más cariñoso, más empático, más flexible, más cercano. Todo, en definitiva, puede estar ligado a un cuarto de segundo. Nos puede cambiar la vida. En cada instante, cada momento[5].

La paciencia puede entrenarse, sí; con cosas, situaciones de la vida cotidiana. Es prodigioso cómo comportamiento templados en determinados órdenes de la vida, y la valoración ponderada de sus consecuencias, tiene un efecto de extensión y recorrido en otros ámbitos, seguramente más complejos y controvertidos. El proceso actúa a modo de círculo virtuoso. Una cosa lleva a la otra, en formato red, con consecuencias positivas, inicialmente un poco desordenadas; uno no sabe muy bien por qué  actúa de una determinada manera, pero se siente bien. Funciona. Poco a poco, el comportamiento discurre menos reactivo. La reacción deja paso a la respuesta, tomando verdadera conciencia de su sentido y consecuencias. 

Hace poco hablaba a mis alumnos de algunas prácticas orientadas conscientemente a fortalecer el músculo de la paciencia. Como una gimnasia mental, muy activa, que permite ver el otro lado de las cosas con suma sencillez. Nunca me he gustado conduciendo. Nada. Mirar al conductor que te … molesta. Vocear ante alguna circunstancia incómoda, claxon, mala cara… Insatisfacción. Un día pensé, esto se ha acabado. Ese mismo día me gusté todavía menos. Encontré una vía de salida a este entuerto (querer y no poder), leyendo una frase de Sivananda: “ El ser humano siembra un pensamiento y recoge una acción, siembra una acción y recoge un hábito, siembra un hábito y recoge un carácter, siembra un carácter y recoge un destino”. Ya sé, una frase demasiado importante y profunda para relacionarla con mi adicción a cabrearme mientras conducía… Pero, era lo que había. Y me puso a ello. Es lo que tiene la autoayuda. Que te ayuda. Y utilicé un método sencillo. Hacer. Hacer. Y crear un hábito. A partir de ese momento me colocaría siempre en el carril más lento. Aunque tuviera prisa. Y observaría mis reacciones. La capacidad está ahí contigo. Te acompaña. Solo tienes que dejarla salir, saludarla. Amablemente. Miras cómo se comporta quien te acompaña, das paso (al principio sufres como un descosido), levantas el pié del acelerador, esperas, y, al final, coges tu salida. Te esponjas. Lo has conseguido. ¿Has ganado o perdido tiempo? Y qué más da. Has conseguido hacer algo que ni hubieras soñado ayer. Pero lo mejor. No ha pasado nada malo. Al contrario, estás mejor. El puñetero coche no te ha dominado. Y hasta has estado cordial con la gente. Hasta con quién te ha mirado mal. El reto es seguir, y ampliar ese comportamiento, muy consciente al principio, en todas las situaciones asociadas. El mecanismo en red funciona, claro. Asocias el meterte en el coche con una sensación de bienestar porque ya no te controla. El coche no te domina. Las situaciones incómodas resbalan por tu superficie, rascan tu pensamiento y, casi, te hacen cosquillas. Lo miras de soslayo, al coche, y sonríes. La gente circula a tu lado, pero tu consciencia prima, sobre la reacción sin más. Sobre la emotividad. Los estímulos que nos llegan entran directamente en nuestro ser más reflexivo. Y decido. Porque, al final, todo es un proceso de decisión. En un cuatro de segundo. Y me decido por la tranquilidad. El acelerador, y menos el claxon, no me acelera ya. Mueve el coche, no a mí. Insisto, funciona. Somos una red, nuestra mente es una red, supeditada a las prioridades que fijas.

Una amiga me contaba sus particulares trucos. Hacer, con cosas concretas. De tu vida cotidiana. No simplemente desear. Hacer. Sonreíamos mientras me decía cómo mantenía la tapita fina que sueles encontrarte en los botes de crema para la cara cuando desenroscas la tapa del tarro. Solemos tirarla porque es un incordio. Se nos pega en los dedos, se cae al suelo, y, como las tostadas, siempre con la cara sucia en el piso… Un incordio. Yo, decía, la conservo, y experimento el ejercicio de paciencia, unos segundos nada más, que desarrollo mientras intento separarla del tarro, con unas ganas enormes de mandarla al cubo de la basura. Pero la mantengo y, como si estuviera viéndome desde fuera de mí, me observo realizando este ritual. Aguanto. Y no pasa nada. Reíamos también al detallarme otros ejemplos, aparentemente triviales, simples, intrascendentes. Pero que obraban en ella una gimnasia mental para decidir mejor en cualquier momento. Pensar más antes de actuar. Y, por ende, ser más paciente. En todo. Aguantar el cepillado de dientes dos minutos más de lo que sueles tardar, masticar la comida hasta veintitantas veces, antes de tragarla, dar siempre, siempre, paso a otros vehículos, y, especialmente, cuando no iba bien de tiempo… Se vestía despacio, vaya. Porque tenía prisa…

La idea básica, cambiar el registro temporal de tus comportamientos, pero haciendo cosas, no simplemente deseándolo. Ejercicio voluntario y consciente. E intransferible. Cosas sencillas, que inundan nuestra red mental. La riegan. Y crean hábitos.

  1. De manera indiscutible y esencial, estar mejor en la vida requiere una cosa: valorar lo que tienes.
“La felicidad consiste en valorar lo que tienes” (Hellen Keller)
En su libro, La Buena Vida[6], Alex Rovira vincula de manera estrecha la sensación de felicidad con la capacidad para valorar y disfrutar de lo que se tiene, de aquello que uno atesora (y que suelen ser tesoros) y que, con demasiada frecuencia, tiende a no ser demasiado valorado. En la antigua Grecia, nos dice, existía un concepto que, por desgracia, ha caído en desuso con el paso del tiempo: “obnosis”. La obnosis hace referencia a aquello que es obvio y que paradójicamente acaba siendo obviado. Obviamos lo obvio… /… merece la pena abrir los ojos, aquí y ahora, para darnos cuenta de todo cuanto nos rodea y por lo que podemos sentirnos felices y agradecidos: desde el latido de nuestro corazón, la salud de nuestro cuerpo, la buena música de fondo que nos acompaña, la existencia de un ser querido… Cuestiones cotidianas cargadas de valor. 

Claro, empecemos por decir que es obvio lo que acabamos de leer. Es obvio que solemos obviar lo obvio. ¿Podemos construir, sin embargo, algo a partir de esta obviedad? Solemos darnos cuenta de lo que tenemos, o teníamos, cuando lo perdemos, cuando se esfuma, cuando se escapa, cuando ya no está. Sabemos que, en efecto, la gente que se siente feliz valora especialmente lo que atesora. Piensa en ello, le dedica tiempo,  valora su realidad, cuida su crecimiento. Y, muy importante,  lo hace consciente cada día. Lo incorpora mentalmente. Toma esa decisión. Pensar en ello. Y reflexionar, si es preciso (suele serlo), sobre cómo cultivarlo, hacerlo más explícito si cabe, mejorarlo. Podemos hacer equilibrios conceptuales para cargar contra la relevancia de esta idea. Pero estamos hablando, lo sabemos, desde la noche de los tiempos, de una condición indispensable  en el bienestar más explícito del ser humano. 

Solemos decir, no nos referimos exclusivamente a grandes cosas, a posesiones materiales, a grandes afectos… Podemos perfectamente hablar de las pequeñas cosas del día a día, de los pequeños detalles, a veces insignificantes… Yo prefiero hablar de ambas realidades; entre las que no siempre hay una gran distancia. Lo pequeño y lo menos pequeño, y el detalle… El detalle, que puede convertirse en la magia de un día, la ternura no prevista, el temblor del alma, y del cuerpo. Vital. El detalle simple. ¿Quién dice que es simple? ¿Por qué es simple? El detalle que regalas aun compañero tras un viaje. Poca cosa. ¿Para quién? Eso de las líneas rojas no funciona muy bien en estos asuntos. Del alma. Y del pensamiento. De cada uno. Cada día. Según estás, según qué necesitas, qué te hace vibrar.

Este verano, un día, me di un homenaje. No pensaba, ni mucho menos, que iba a representar nada especial. Pero así fue. Cogí una bici, en el valle de Liendo, cerca de Laredo. Me calcé los auriculares y me di a la fuga. Entre árboles, prados, con las montañas alrededor. Una hora dando pedales, parando para hacer algunas fotos. La música, la que tú eliges, sonando. En fin. Había mucho que no me sentía tan bien solo. Tranquilo. Haciendo algo trivial. Cada día lo traigo a mi mente. Lo hago consciente. Consciente, explícitamente. Hay que aprovechar la inercia, la energía que se acumula en tales experiencias. Porque dura y dura. Mucho.

Hacer explícito lo pequeño y grande, traerlo, conducirlo a nuestro espacio consciente, recrearlo, revivirlo. Instalarlo. Convertir estas situaciones en referentes. Estables.









[1] http://blogluengo.blogspot.com.es/2012/08/mejores-decisiones-la-regla-del-cuarto_5907.html
[2] http://ciam.ucol.mx/directorios/5443/Todos/Edward%20de%20Bono%20-%206%20sombreros%20para%20pensar.pdf
[3] http://www.psicologia-online.com/monografias/5/comunicacion_eficaz.shtml
[4] Tomado de “El mundo amarillo”, de Albert Espinosa. Págs. 92-94. Ed. Debolsillo, Barcelona, 2008
[5] http://blogluengo.blogspot.com.es/#!/2012/08/mejores-decisiones-la-regla-del-cuarto_5907.html
[6] La Buena Vida, págs. 49-51. Alex Rovira Celma. Aguilar, Madrid 2008

1 comentario:

  1. gracias por compartir
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