16 de agosto de 2012

¡Y un día te llaman papá!

Y un día, pues eso, te llaman papá por primera vez en tu vida. Suele ser en torno a los siete, ocho, nueve meses de vida de ese chiquitín o chiquitina que te ganó el corazón desde el mismo momento en que supiste que estaba creciendo en el interior de su madre. Aún unas células empeñadas en dividirse y duplicarse, con el firme y contumaz objetivo de ir configurando el embrión de un ser humano y, lo que es más importante, un ser que, tiempo después, lucharía por abandonar el espacio en el que tan cálidamente había sido atendido, profundamente desconocedor de lo que tenía por delante, de lo que le tocaba por vivir. Poco consciente de las dificultades que tendía para respirar nada más alumbrar, del ambiente raro al que tendría que acostumbrarse en un medio no acuático. Bueno, pues ese chiquitín, un día, va, te mira y dice "papá". Lo dice como si nada, casi jugando, o mejor, jugando con sus labios, con su voz. Jugando. Siempre jugando. Y te mira, y le miras. Y se te cae la baba.

Y vives una experiencia que, no por esperada, algún día, deja de ser mágica. Una de las experiencias que, probablemente, nunca llegas a olvidar. Te mira, le miras. Y esperas que alguien más lo haya oído, haya percibido ese susurro afectivo, emocional, que, sí o sí, llega a cambiarte la vida. Y es curioso que no llegues a vivir esta experiencia, sentirte el papá de alguien, hasta que ese alguien te lo dice, te llama. Te reclama. él tiene que saber lo que hace, seguro. Tiene que saber que ha llegado el momento, el momento esencial en que cambian las cosas. Todos acaban enterándose de la noticia. Todos los que te rodean. Y los que no también. Todos acaban sabiendo que ya eres oficialmente papá de tu hijo. Él te lo ha dicho. Y él sabe mucho de esas cosas.Y más que sabrá.Y les ves crecer.

Crecen a velocidad endiablada. Buscan, miran, tocan, reclaman, sonríen, ríen. Cualquier cosa les resulta especial. Todo merece la pena si de captar su atención se trata. Y lloran. A veces lloran. Unos más que otros. Aprenden a reconocer las cosas que en esta vida son desagradables. El dolor, la desesperanza, la desilusión, la desatención, la ausencia… Pero crecen. Y lo hacen buscando el razonable equilibrio entre lo que hay y lo que se desea, entre lo que se ofrece y se quiere, entre lo que se necesita y te dan. Crecen, maduran, aprenden a reconocerse como personas. Y a reconocer a otras personas, a sus iguales, a otros importantes en su vida. El movimiento, al principio, como motor esencial, el lenguaje como herramienta para construir y modificar, la inteligencia como combustible imprescindible desde y con el que reedificar el mundo que les rodea. 

Nadie nos enseña a hacerlo. Nadie nos explica cómo acometer la siempre difícil tarea de ser padres, vivir como padres, sentir así, pensar así. El amor incondicional nos inunda y, como por arte de magia, identificamos los qué, los cómo, los para qué, los cuándo, los porqué de lo que hacemos. Nos equivocamos. ¡Vaya si nos equivocamos! Y no siempre nos damos cuenta de que esto pasa. De que nos equivocamos. No suelen ser grandes cosas, pero sí muchas. Lo malo, con toda seguridad, no es el error, sino, más bien, no ser conscientes del mismo y, consiguientemente, no repararlo. No pedir perdón.

Son nuestra vida, representan nuestro corazón, nuestra alma. Nunca se nos van. No se nos irán. Aunque un día levanten el campamento. Aunque deseemos, incluso, que lo hagan. Nunca se nos irán. Están en cada gesto que hacemos, cada palabra que decimos. Nos hacen mejores. Nos hacen crecer. Nos miran siempre, aunque no lo parezca, siempre nos miran, curiosos, inquietos. Deseosos de conocer quiénes somos, por qué somos como somos… Ansiosos, incluso, nunca lo reconocerán, por parecerse a nosotros, por aproximarse al corazón de lo que pensamos, de lo que sentimos. Por eso, tal vez por eso, es tan importante qué hacemos y cómo lo hacemos. Somos un espejo en el que se miran. Aunque ni siquiera sean conscientes de ello. 

Mi padre murió cuando yo contaba diez años. Lloré cuando me lo contaron. Desconsoladamente. Recuerdo el sitio, el momento, quién fue. Y cómo. Y crecí sin él. No es fácil. Pero uno se acostumbra. Se ve llorando a veces. Solo en su habitación. No sabes muy bien por qué. No eres un adulto para ordenar y gestionar, comprender incluso, los pensamientos y emociones que inundan tu corazón y, también, tu mente. Te ves llorar, solo. Y un  día y otro eres protagonista de una nueva reedición. Te levantas, Levantas tu cabeza y sigues. Y, como un queso gruyere, cargado de ausencias cotidianas, acabas construyendo tu personalidad. Con agujeros. Luchando porque esos agujeros tengan, incluso, sentido, sabor. Valor y sentido. Eres un queso diferente. Con agujeros. Pero eres. Y te ayudan los tuyos. Nunca dejas de estar en su pensamiento. Siempre atentos. Siempre cercanos a lo que haces, a lo que empiezas a ser.

Esta  experiencia ha estado ahí siempre, en cada vivencia como hijo. Y también como padre. Sobre todo como padre. Pasados los cincuenta observas la secuencia. Mides tus propios pasos. Revisas el itinerario, las inclemencias vividas, los espacios y los tiempos, las miradas y las palabras. Y los actos. Especialmente estos. Y te das cuenta de que no siempre acertaste. Que no mediste. Que no ajustaste. Pero ves tu corazón ahí. Y lo ves grande, siempre intenso, vivo. Incluso en las ausencias. Incluso en ellas. Nunca se fueron, nunca se irán. Estoy en ellos. Están en mí. Por siempre, para siempre. Y me hacen feliz. Me hace feliz haber estado ahí. Estar ahí. Estar, cuidar, atender, orientar, abrazar, besar. Y volver a abrazar. Todo lo que pueda.


Para los padres que empiezan,

Es imprescindible “desmontar” el viejo aforismo de que la “calidad suple a la cantidad”. Hablando de la educación de los hijos, esta es una salida técnicamente incorrecta. Podría decirse que cantidad no es calidad, pero sin cantidad no hay calidad. Sin tiempo, la educación se ve afectada.

Educar requiere tiempo. Tiempo y dedicación. Tiempo y ganas. Tiempo y ánimo. Y, lo que es más importante, tiempo y sosiego. Tranquilidad suficiente para acompañar a los hijos, para apoyarles, sonreirles, reñirles y orientarles.

Educar implica tiempo y tranquilidad para hacer cosas juntos, ver la televisión juntos, jugar juntos (también videojugar), navegar juntos por Internet (según las edades, claro). Hay determinadas cosas que, siempre según la edad, nuestros hijos no deben hacer: ver determinados programas de televisión solos, concentrar su tiempo de ocio en una sola actividad o desatender sus responsabilidades de estudio.

Educar lleva consigo ofrecer referencias, señalar límites; afrontar y resolver conflictos... Sin miedo. DECIR NO TAMBIÉN EDUCA! Perdamos el miedo a la confrontación según los intereses y apetencias de nuestros hijos. Afrontémoslos con criterio, con razones y argumentos. Intentemos convencer. Escuchemos sus opiniones. Y después decidamos. Nos vamos a equivocar algunas veces. La mayoría de las veces acertaremos.

No tengamos miedo a pedir perdón a nuestros hijos si nos hemos equivocado, si hemos sido injustos, si nos ha podido la inquietud o el nerviosismo. Ellos nos comprenderán y aprenderán una lección. La de la humildad.

Hablemos con ellos claro, con afecto y cariño. Aunque vayamos a decirles que no a sus demandas. 

Evitemos los gritos, las descalificaciones y las humillaciones. La regla de oro de la educación es generar en nuestros hijos (1) autonomía, (2) responsabilidad, (3) confianza, (4) autoestima y (5) seguridad emocional.

Siempre que sea posible (hemos de intentarlo), y siempre que hablemos de familias con dos progenitores, uno de los dos debería estar en el domicilio familiar en el momento en que los niños salen de la escuela, del colegio, del Instituto. Acompañarles en estos momentos, dar sensación de orden , de criterio, AYUDARLES A GESTIONAR BIEN SU TIEMPO, observar y supervisar sus tareas escolares o iniciarles, si aún son muy pequeños, en la organización de su actividad, crear hábitos que les permitan posteriormente aprovechar bien su tiempo y asumir las responsabilidades que poco a poco van asumiendo.

Es imprescindible nuestra influencia, nuestro modelo. Sobre todo en un mundo marcadamente abierto, en el que cada espacio de experiencia se ha convertido en un poderoso ámbito de aprendizaje, una permanente mirada al exterior, con profundo impacto en el interior de los que crecen. Nunca probablemente la influencia del entorno familiar haya sido tan importante. Y hasta tanto cambien las cosas, hasta tanto se consigan metas que permitan vivir de manera más equilibrada nuestras responsabilidades, todas las que tenemos y nos creamos, tal vez debamos reflexionar un poco y redefinir nuestras prioridades como padres.

Favorecer una visión de la vida no consumista. Mostrar, por el contrario, opciones basadas en valores ligados a la comunicación, al diálogo, a la imaginación, la solidaridad. Nuestros hijos son como esponjas e incorporan rápidamente lo que huelen, ven u oyen en su casa. Planifiquemos los fines de semana para salir siempre que se pueda al campo, visitar alguna exposición, pasear por la ciudad. Evitar en la medida de lo posible las grandes superficies como espacio habitual para pasar las tardes de los sábados o domingos.




1 comentario:

  1. De nuevo una buenísima oportunidad para reflexionar leyendo tus palabras. Y también oportunidad de ir recopilando información para almacenar en el “manual” de los que aún no hemos dado el paso para experimentar todas esas sensaciones y emociones.

    A raíz de tu artículo, y cuando hablas de repasar los actos vividos respecto a los hijos, el intentar identificar cuales fueron mas o menos acertados, invito a todos los que somos “HIJOS” (los afortunados que podemos y han podido tener recuerdos con sus padres), para que reflexionemos e identifiquemos igualmente, que actos han sido igualmente mas o menos acertados con nuestros padres. Evidentemente me refiero a gestos, actos, momentos en los que teníamos un importante grado de madurez, voluntad y responsabilidad. ¿Edad?, no lo se, no pongo límites. Quizás alguien recuerde un gesto nada apropiado con sus padres cuando solo tenía 13 años. O porqué no, con la misma edad, un bonito homenaje que le hiciéramos a nuestra madre por su 40 cumpleaños.
    Esta reflexión me invade con la lectura de tu artículo y tras la oportunidad de ver recientemente la película “El hijo de la novia” (con Ricardo Darín y dirigida por Juan José Campanella, muy recomendable bajo mi punto de vista).

    Todos tenemos la oportunidad de rectificar, de ser GENEROSOS, y sobre todo de hacer algo por los demás, y como no, por nuestros PADRES.

    Busquemos y persigamos un objetivo tan importante como el TIEMPO, en vez de más y más dinero, mas y mas bienes materiales. TIEMPO para nosotros mismos y los nuestros.

    GRACIAS Luengo.

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