22 de agosto de 2012

La luz al final del tunel

La luz al final del tunel
José Antonio Luengo

Vengo de pegarme una caminata bárbara. Me ha llovido lo que no está en los escritos. La temperatura era sensacional, esa que se ajusta al verdadero ni frío ni calor. La tierra mojada, el campo verde, fresco, abrumador, salvaje en algunos sitios. Algún que otro paisano que te saluda amable, gesto que agradezco especialmente. Aquí la gente, en los pueblos, las aldeas, se sigue salundando. Y te saludan también a ti. Aunque sea la primera vez que te ven. Porque es signo de buena educación, de amabilidad, de afecto, vaya. Así quiero verlo. Aunque sea pura cordialidad, ésta rezuma, para mí, afecto. Tal vez sea por el contraste con la realidad que uno suele pisar y habitar cada día en la ciudad donde vive. 

Los olores, en su sitio, recordando mil sensaciones. Apelando al pasado, haciéndolo presente. La paja y la hierba, humedas, los restos de los animales, poderosos, intensos. Pimientos asándose en la parrilla de un jardín cercano... Las plantas de incienso explotando de olor sagrado al contacto con la lluvia que cala. Los colores, en cada paso, te llaman, te absorben, te meten en su interior. Te transportan más allá. No son los de siempre. Estos están vivos, reclaman salir, ebullecer, saltar entre piedras, hacia las nubes, con ellas. Te tocan, acarician, y te dejan pasar. Contagiado ya de su adictiva sustancia. Verdes, sobre todo verdes, pero rojos, de la tioerra, también, amarillos intensos de las clivias, violetas insalvables de las buganvillas, morados mágicos de las mil, diez mil, cien mil hortensias. Millones de hortensias. A tu paso. Te saludan, te miran, te acompañan con su mirada. Y te dicen hasta luego. Porque saben que volverás. Lo saben.

Al volver, me pongo a escribir, sin saber muy bien a dónde quiero ir. Como cuando he salido a pasear. Y qué más da. Me dejo llevar. Simplemente. Me dejo ir. Pero me sale escribir. Me apetece. Ayer hice una ruta larga, entre bosques, subiendo, bajando. Con el mar al fondo, a veces. Apretado entre árboles enormes y frondosos casi siempre. Apretado, cubierto casi, con escasa luz a mi paso.

Te abres camino sin saber muy bien cuando acabará esta suerte de buscada oscuridad. A un lado y otro del sendero, guerreros de madera impiden que prestes siquiera algo de atención a lo que no es el frente, aquello a lo que te enfrentas, lo que tienes por delante, lo que sabes, o, al menos, intuyes, que te lleva a tu destino. O a algún destino. Tampoco importa en ese momento cuál. El que toque, piensas. El que sea, te dices. Lo importante es verlo. Llegar, estar. Y verlo.

No sé muy bien por qué extraña razón todo lo que se me ocurre al escribir tiene eso que llamamos algún final feliz. Pero es lo que hay. Sale. Y se abandona a su suerte. Pone manos a la obra y no para de dar y dar a la tecla. Como si obedeciera a alguna norma oculta, toma decisiones sobre qué teclas pulsar, en qué orden. Y con qué criterio. Y quién soy yo para decirle que no a este impulso. Anda, vete y sé libre, muchacho.Y de pronto, el impulso se detiene y elige otra foto, también capturada ayer, mientras caminaba. Y elige, claro, una con final feliz. Una que no solo te muestra el camino, sino que, además, te deja ver la luz al final del tunel.

A veces lo ves lejos, muy a lo lejos. A veces, no lo ves. Pero alguien te lo muestra. Orienta tu mirada, señala con el dedo y, zas, allí está. Llegas a verlo, ajeno aún a ti, a tus cicunstancias. Pero, al menos, sabes que está allí. Que existe. A veces no lo ves. Y nadie puede enseñártelo, aunque ellos lo ven, intentan mostrártelo. No lo ves. Porque no puedes verlo en ese momento. En ocasiones, también, porque no quieres verlo. O porque te encuentras tan cansado que no puedes más. Estás a punto de tomar una decisión. Abandonar. Sentarte. Dejarte llevar, pero no hay la luz. Sino hacia la indefensión, el silencio abrasivo, la ausencia en la mirada.

Sea cual sea la situación, lo cierto es que, salvo con la experiencia que todos conocemos y que no tengo ganas de nombrar en estas lineas, siempre hay luz al final del tunel. Siempre. Siempre hay un espacio que te acoge, que te limpia, te asea, te calma, te deja descansar. Te da paz. Tal vez para volver a meterte en mil sendas incontroladas. E incontrolables. Pero ese  momento existe. Tras la tempestad, la calma. No es que siempre haya un final feliz. Menos mal. Sería tremendamente aburrido. La idea es que siempre hay un lugar en el que lo vivido cobra sentido, te curte, te enseña, te muestra. Otros caminos, otros sitios, otras formas de ver e interpretar las cosas. Y tú sabes que es así. Lo has vivido desde que tienes uso de razón. Aunque no hayas procesado la información.

Pasada la noche, llega el día. Y puede que no sea el mejor día. Pero no es noche. Por eso me gusta especialmente la expresión de la luz al final del tunel. Porque habla de la luz. Y de la noche. Y de la noche sabemos todos. Y mucho. Nos oprime cuando estamos preocupados. Asalta nuestros corazones e inflama los miedos. Te arrincona. Parece que nunca se va. No hay manera. Pareces enquistado, sin salida. Y, así, de buenas a primeras, tras un rato de sueño, pequeño incluso, llega el día. Y la opresión deja de ser opresión. Y se torna, por arte de magia, o de la luz, en preocupación. Razonable. Abordable.


La idea, la experiencia, el reto, la prueba, es seguir. Seguir el camino. A un lado y al otro, los estirados soldados que te obligan a moverte, a encadenar una exclusiva línea de pasos hacia quíen sabe dónde. Pero hacia adelante. Un paso tras otro. El dolor desaparecerá. El miedo acabará escondiéndose, extrañado, sin saber si podrá acobardarte otra vez. Pero lo intentará. Pero nosotros, mirando al frente. Paso a paso.

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