9 de agosto de 2012

La enfermedad y la vida


La enfermedad y la vida

José Antonio Luengo

El lunes murió mi amigo Diego. Tuve la oportunidad de conversar con él, ya postrado y tremendamente debilitado, en un par de ocasiones en esta última semana, En su casa. Allí murió también. En su cama. Y conversé con él durante un buen rato. Plenamente conectado con los temas que a borbotones iban surgiendo, Diego no paraba de hablar y expresar sus opiniones, dando detalles, contando sus cosas, su parecer, lo que tenía o no claro. Su voz era tenue, su ritmo cansado. Pero su mente y, especialmente, su corazón, a mil por hora, como siempre. Sonriendo, como siempre. Hasta ilusionado, como siempre. Una enfermedad terrible le ha tenido ocho años entre tratamientos de quimio y radioterapia. Ocho años en los que ha luchado, de forma contundente y positiva contra lo que él llamaba el bicho. Ocho años de idas y venidas de los hospitales, de entradas y salidas de mil y una enfermedades aprovechadas que se hacían hueco sin piedad en su cada vez más debilitado físico. Sin embargo, nunca le vi un mal gesto; nunca le escuché una idea negativa, destructiva. 

Un pulgar hacia arriba, siempre, era el colofón a esos ratos en que nos encontrábamos y hablábamos un rato. Un pulgar hacia arriba fue el último gesto que me dirigió el día antes de morir cuando después e darnos un abrazo y un beso me despedí de él y salí de su habitación con la certeza metida en mi cuerpo de que le quedaba muy poco. Que ya no podía más. Esa tarde, veinticuatro horas antes de que falleciese, me habló de su último viaje. Al sitio en el que vivió y creció siendo niño: Larache (Marruecos). Estuvo unos días allí con su mujer, su hermana y su cuñado, consciente seguro de que le quedaba poco. Volvió a su barrio, al sitio donde jugaba en la calle con sus amigos marroquíes, pasada ya la época del protectorado. Pasó unos días entre nostalgias infrenables y el dolor de comprobar que nada volvería ya. Que todo se acabaría pronto.

Me habló de su viaje, de su infancia, de lo que vivió e interiorizó allí, por aquellas tierras. Y se me partió el corazón escuchándole. Fue la última conversación. El pulgar en alto, su último gesto. 

Nunca se rindió. Esto se dice de muchos enfermos y, seguro, es la gran verdad. En Diego, además, comprobé eso que decía hace unos días en este  blog (Saber perder, saber ganar), que él nunca pensó que estaba perdiendo. Ni una palabra al respecto. Le había tocado vivir así y era, eso, lo que tocaba. Se comprometió, convaleciente, con diferentes actividades de formación. La cocina y sus artes fue una de ellas. Y disfrutó de lo que hacía. Le encantaba pasear con su perro. Y con sus dos nietos. De su hija Sandra. Y hablaba de su otro hijo, Nacho, con devoción. A ambos les conocí siendo niños. Y les he visto, poco a poco, crecer. 

Su actitud positiva ante la vida le dio eso, la vida, mucho más allá de lo que, según sus médicos, la enfermedad había previsto para él. Este es un pequeño, insignificante homenaje a su persona, y a todas las que como él, hacen de su vida en  los peores momentos un ejemplo al que asirse, con toda la fuerza de la que uno es capaz. Saber ganar, saber perder… Saber vivir, esa es la opción. Ah!, se me olvidaba. Le encantaba Gandía. No me hubiera perdonado el olvido. Adiós,  hasta siempre, Por tu sonrisa, modestia, humildad y humanidad, Diego. Brindo por ti.


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