29 de septiembre de 2011

Mis alumnos, mis muy queridos alumnos...

Mis alumnos, mis queridos alumnos
José Antonio Luengo





El pasado lunes, 26 de septiembre de 2011, incié un nuevo curso escolar como profesor asociado en la Universidad Camilo José Cela. Un grupo amplio, sesenta chicas y dos chicos, alumnas y alumnos (solo dos) de Magisterio, provenientes de la titulación de Técnicos Superiores en Educación Infantil, se enfrentaban a la difícil tarea de aguantar, el primer día de clase, dos asignaturas impartidas por un solo profesor durante tres horas y media: el que suscribe. Tres horas y media por delante para iniciar dos asignaturas y una sola cara a la que mirar,  sin perder de vista, seguro, ese atávico sexto sentido del estudiante que le lleva a imaginarse a su profesor en el momento de la calificación final. Es un momento de elaboración de hipótesis sobre qué tipo de profesor es. No ha de hacerse mucho caso a lo majete que pueda parecer. Estos suelen ser los peores, dicen. Desconfía del que te dice que con él lo tienen fácil los alumnos. En el fondo de esa apariencia se teje un singular ardid para entorpecer la mirada y poder asestar la dureza y disciplina con la guardia ya baja... Dicen. El caso es que yo me presenté como un profesor que suspende poco. Malo para el primer día. Pero es la verdad. Suspendo poco. Muy poco. A veces nada. Pero lo mágico del asunto, de este asunto, no está en quién imparte la asignatura y se espera y preocupa por llegar al corazón, y mente, de los alumnos. La magia reside en el propio corazón de los alumnos. Al menos de los que he tenido siempre la suerte de tener entre las cuatro paredes que dibujan las aulas por las que he pasado. Un corazón mágico, una mirada limpia, un enorme poder de interpretación, de empatía, de afecto por las cosas, por la vida, por el interés, por el propio interés por ser mejores cada día. Mis primeras palabras, este día, fueron que estaban ante su profesor, sí, dispuesto a afrontar la tarde, por supuesto. Pero les confesé que no tenía un buen día. Mi ánimo se arrastraba, mecido, casi vapuleado, tal vez tumbado. Cosas personales. Cosas que pasan. Cosas que duelen, cosas que te hacen sufrir. Es lo que hay, les dije. Pero veo vuestras caras, vuestros ojos, os veo sentados, esperanzados, impacientes por captar qué hay detrás de quien nos ha sido asignado. Cómo es, quien es, qué querrá de nosotros... Les miré, me miraron. Tal vez sorprendidos por tan personal revelación. Sonrieron. Y fue el principio de todo lo demás. Mi papel allí, mi responsabilidad, mi amor por la tarea. Les debo la tarde, les debo la noche, les debo avanzar. Su ilusión, su expectativa, su respeto. Ahí estaban, sólidos, vivos. Y me hicieron sonreir, y, con ello, tornaron transparente mi mirada, la exterior, la interior, la que quiero, la que deseo para mí cada dia del año. La honesta, la honrada, la que te permite levantar la cabeza desde el suelo. La que te hace alguien especial en tu propia vida. La que te hace único entre los demás. Pero siempre al servicio de ellos, por ellos. Mil gracias. Vuestro profesor. Durante todo este largo, largo, largo cuatrimestre... Gracias por vuestra mirada. Siempre.


2 comentarios:

  1. Es un placer escuchar esto de la boca de un profesor el primer día de clase, el abrirse a nosotros/as, su sinceridad, su mirada cristalina y la bondad que nos transmite es mucha.Esto no lo hacen todos lo profesores, gracias por seguir animándonos para entrar en tu blog y respetar nuestro tiempo para los/as que no hemos podido meternos el primer día,eres un gran profesional.

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  2. Mil gracias or tus palabras. Es un honor compartir con vosotras las clases. De todo corazón

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